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APERTURA
DEMOCRATICA Y ECONOMICA |
¿Es
la Privatización de Empresas Benéfica Para la
Sociedad Civil?
Las
privatizaciones deben realizarse asegurando su beneficio para
la sociedad pues son parte del patrimonio social. Bajo el actual
contexto de la globalización en México esto es imposible,
porque ésta opera en beneficio de las transnacionales.
Antes debe alcanzarse una sociedad abierta y democrática
para asegurar que las privatizaciones beneficien a la sociedad
en su conjunto.
En la edición de Nexos de junio de 1999, el Señor
Luis Rubio presenta su punto de vista sobre la privatización
de empresas estatales bajo la luz de una economía abierta;
y propone que la sociedad civil en México debe apoyar las
privatizaciones cuando sean llevadas a cabo correctamente y en
una economía abierta. Además, asevera que una economía
abierta, es el mejor sendero hacia "lo que realmente importa":
crecimiento, empleo y niveles de vida. Sin embargo, el Sr. Rubio
se olvida del concepto más importante. Lo que realmente
importa, por encima de todo, es una democracia abierta; porque
la ruina como proyecto de nación en que México actualmente
se debate, no es más que producto de un sistema antidemocrático.
Pues antes de que tuviésemos una economía cerrada,
tuvimos una sociedad cerrada. Y como el Sr. Rubio afirma, es verdad
que ahora tenemos una economía semi-cerrada, pero eso es
porque tenemos una sociedad semi-cerrada. El famoso ex-especulador
del mercado mundial de valores, el Señor George Soros,
dedica ahora la mayor parte de su tiempo a promover el concepto
de una sociedad abierta y la define como un ideal de sociedad
alcanzable, falible, pero siempre abierta a mejorarse, donde los
extremos no pueden existir y las respuestas definitivas no tienen
cabida. Yo simplemente llamo a esto una sociedad realmente democrática,
sin ambages. Aquella donde nadie es dueño de la verdad
última, pero en la que juntos podemos acercarnos a nuestros
ideales sin resignarnos al conflicto. Es entonces, bajo este prisma
que debemos mirar las cuestiones de la economía abierta
y las privatizaciones en el más amplio contexto de la economía
global.
Las
Privatizaciones en la Era de la Globalización.
Las
privatizaciones son parte del proceso de liberalización
del mercado hacia el paradigma económico neoclásico
de laissez faire, y son llevadas acabo con la participación
de corporaciones globales como los principales actores. Esta situación
hace muy poco probable que aumente el bienestar general de la
población. Esto es importante y no se puede soslayar cuando
se trata de desincorporar, por pequeña e insignificante
que sea, una empresa que forma parte del patrimonio nacional,
creada o adquirida con fondos de los contribuyentes, independientemente
de la ineficacia y corrupción con que se haya manejado
previamente. En la cultura actual de negocios, la rentabilidad
se sustenta en costos operativos eficientes, de los cuales el
más maleable es el costo laboral. Por lo que la reducción
general de la planta de empleados y obreros es una estrategia
de negocios de primera opción para cortar costos de operación
de manera inmediata; ya que el objeto último, en esta era
de cultura empresarial salvaje y global, es aumentar al máximo
el precio de la acción pasando todo lo demás a ser
irrelevante. Esto se debe a que los directores de empresa son
hoy en día evaluados, y recompensados, por los accionistas,
en función de qué tanto aumentan el precio de la
acción. Es aquí en donde se centra toda la energía
hacia la eficiencia. Nada más es importante, la avaricia
pura es el único valor. Los altos ejecutivos, en consecuencia,
al exigirles los accionistas las máximas cotizaciones accionarias,
no tienen ningún miramiento con los trabajadores. Así,
las privatizaciones exitosas, generalmente con sólo reducir
el costo laboral, generan riqueza. Pero, desde una perspectiva
económica, éstas no generan una demanda agregada.
Como resultado, en una privatización, generalmente, no
hay aumento en el bienestar de la población, no hay aumento
en el nivel de vida y sí hay un claro decremento en el
bienestar de aquellos que pierden sus empleos. Esto es todavía
más evidente respecto al Tercer Mundo. Porque el raciocinio
estratégico y la primera motivación para invertir,
es lograr mayores utilidades en el plan global de negocios vía
costos laborales del Tercer Mundo, que son dramáticamente
más bajos en comparación con el Primer Mundo. A
pesar de esto, es incuestionable que permanecer como una economía
cerrada difícilmente generaría más bienestar
para la sociedad. Pero el punto nodal es encontrar un sendero
donde la privatización beneficie a todos. Por lo que, antes
de embarcarse en una privatización total, debe asegurarse
que ésta, como decía el paradigma original de Adam
Smith, se convierta en la mejor vía para asegurar el "bienestar
de todos los rangos de la sociedad".
La
Responsabilidad de Gobiernos Democráticos.
Por
otro lado, debemos tener claro que los gobiernos democráticos
tienen como primera responsabilidad, precisamente, procurar el
bien común. Por lo que hay un conflicto intrínseco
entre la democracia y las corporaciones. Esto es en extremo importante,
porque a pesar de que sus objetivos van en dirección opuesta,
ambas partes se necesitan mutuamente para la consecución
de sus metas. Las transnacionales necesitan ganar participación
en el mercado global y asegurar aquellos factores de producción
que residen en cada nación; y cada nación necesita
inversión directa con el objeto de lograr un nivel aceptable
de justicia social. Dada esa necesidad mutua, la única
forma de eliminar este conflicto y de reconciliar ambos intereses
es alcanzando un balance mediante una política macroeconómica.
Dos Visiones Distintas.
Esto
se intentó al iniciar la posguerra a través del
paradigma de John Maynard Keynes, basado en el concepto de la
intervención del gobierno en la economía a través
del gasto público para mantener la demanda agregada, el
Estado de Bienestar y el pleno empleo, durante épocas de
recesión. Así, bajo este paradigma, hubo treinta
años de gran desarrollo económico, con un incremento
sostenido en los niveles de vida. Después, por razones
geopolíticas militaristas estadounidenses y por la negativa
del G7 ­las siete economías más grandes,
a la aceptación de términos de comercio equitativos
con el Tercer Mundo, se generaron el disparo de los déficits
presupuestales, las dos crisis petroleras y el abandono de la
disciplina requerida por el Keynesianismo, provocándose,
así, una prolongada recesión generalizada. Aunado
a esto, la combinación de decisiones de gestión
económica incompetentes y de altos niveles de corrupción,
vulneraron de manera terminal la estrategia de desarrollo de buena
parte del Tercer Mundo: La industrialización vía
sustitución de importaciones, sumiéndolo en una
profunda recesión. Pero fue particularmente la negativa
estadounidense a detener sus aventuras militares, lo que generó
un exceso de liquidez y una nueva enfermedad financiera: La inflación.
Así, por la decisión política de no observar
la disciplina financiera, el Keynesianismo llegó a su fin
y se giró 180º a un segundo paradigma monetarista
propuesto por el economista Milton Freidman, apoyado por Reagan
y Thatcher: El paradigma económico neoclásico o
"Neoliberalismo". Éste se basa en el manejo de la demanda
agregada a través de un enfoque económico de oferta
mediante la disminución de los impuestos, especialmente
en los estratos altos de ingresos, el control del circulante y
la baja de las tasas de interés. Esta visión hace
también hincapié en regresar a la praxis económica
clásica que implica la reducción de la intervención
económica del gobierno al mínimo posible, abandonando
la responsabilidad, inherente a gobiernos democráticos,
de asegurar el bienestar de todos los rangos de la sociedad. El
bienestar de la sociedad, cínicamente se argumenta, es
mejor atendido por la libertad de los individuos para buscar su
propio interés, individualmente, bajo lo que se llama la
"mano invisible". Así, el Neoliberalismo generó
la privatización sin ninguna responsabilidad social y se
inició una fuerte oligopolización de industrias
mediante fusiones y adquisiciones de todo tipo de empresas que
no se ha detenido. Así mismo, la asistencia del Banco Mundial
y el FMI fue condicionada a la adopción del paradigma neoliberal,
también conocido como el Consenso de Washington; no como
una opción, sino sistemáticamente impuesta en todos
los gobiernos prestatarios sin importar lo que ellos o sus sociedades
civiles opinen. Este es el verdadero y siniestro rostro del neoliberalismo;
nada, absolutamente nada que ver con conceptos de libertad y democracia.
Como resultado, veinte años después del arribo del
paradigma neoliberal, contrariamente al pensamiento convencional,
la justicia social se ha movido en la dirección opuesta,
exacerbándose el nivel de concentración de la riqueza
en los quintiles más altos, en todas las economías
capitalistas. Los reportes: Situación Laboral de EEUU 98-99
del Economic Policy Institute en Washington, y los Indicadores
de Desarrollo 1998 del Banco Mundial, muestran tendencias de empeoramiento
en la distribución de la riqueza en Estados Unidos e Inglaterra,
mucho más acentuadas que en el resto del Primer Mundo.
Más impactante aún es el hecho de que la peor distribución
ocurre en Estados Unidos, por mucho; siendo que su vena de capitalismo
es la menos regulada y la más salvaje.
Un
retorno al absolutismo.
En suma, el mundo se ha mudado de un Keynesianismo
humano, hacia un nuevo ethos: el paradigma neoliberal, reminiscente
de la era de los monopolios mercantilistas de los siglos XVI,
XVII y XVIII y del ethos de la Revolución Industrial, producto
de una versión perversa del liberalismo: el Darwinismo
Social y La Supervivencia del más Apto. El verdadero liberalismo:
la filosofía liberal británica y la ilustración
de los enciclopedistas y Fisiócratas franceses fue una
reacción a los monopolios mercantiles, pues su objeto era
encontrar la mejor forma de lograr el bienestar de todos los rangos
de la sociedad. Esto incluye, especialmente, a Adam Smith y a
John Stuart Mill, en contra de lo que pueda pensarse, quienes
sentían un especial desprecio por los monopolios y pensaban
en la figura de empresarios como cientos de miles de pequeños
empresarios. Así, provistos de este marco de referencia,
la única forma de abordar el dilema de las privatizaciones,
en el actual contexto de la corporación global, es mediante
la redistribución de la riqueza bajo una lógica
de negocios. Por consiguiente, bajo este enfoque de negocios,
las corporaciones deben ver la redistribución de la riqueza
como una inversión a largo plazo, pues para sostener el
crecimiento en el precio de la acción requieren un mercado
siempre en expansión. Actualmente, con consumidores que
están perdiendo continuamente poder de compra vía
inflación y aumentos en las eficiencias logrados principalmente
al reducir los salarios reales, las perspectivas a largo plazo
se ven muy negras. Porque al mantener los salarios deprimidos
y reducir las plantillas, se está deprimiendo al conjunto
de la demanda agregada. Por eso, la única forma de sostener
su crecimiento es reinvirtiendo en su mercado, aumentando sueldos
y salarios, no como un costo sino como una inversión a
largo plazo. Esto es un argumento de negocios perfectamente justificable,
pero también existe una lógica económica
en congruencia con el Consenso de Washington: los aumentos de
sueldos y salarios no crean ningún déficit cuando
se financian con inversión privada. Se trata de mover liquidez
de un bolsillo a otro. La diferencia es que, mientras hoy en día
esta liquidez puede mantenerse varada con los accionistas en su
toma de dividendos o con las corporaciones, con los trabajadores
con seguridad sería consumida conforme aumentasen su calidad
de vida, recirculándola al mercado. Por encima de esto,
existe un legítimo principio de democracia y justicia social
que debe ser una demanda. ¿Por qué deben los trabajadores
de las transnacionales en el Tercer Mundo ganar, en general, una
décima parte o menos de lo que éstas pagan a sus
trabajadores en el Primer Mundo por hacer exactamente el mismo
trabajo con el mismo nivel de calidad? Ya que bajo la economía
global, los productos de una empresa son vendidos generalmente
al mismo precio en todas partes, ¿por qué las transnacionales
deben de obtener enormes ganancias en el Tercer Mundo a costa
de sus trabajadores? ¿Por qué deben éstos subsidiar
a sus mucho mejor pagadas contrapartes del Primer Mundo? Es una
demanda muy legitima. Si los obreros de Ford en Michigan ganan
$18 dólares/hora y en Hermosillo, Sonora ganan $1.50 dólares/hora,
ambos haciendo exactamente el mismo trabajo en el ensamble de
un vehículo que va a ser exportado y vendido al mismo precio,
¿por qué no puede Ford pagar a sus trabajadores en
Hermosillo, digamos, una tercera parte de lo que paga en Michigan
y continuar gozando por un buen tiempo una enorme ventaja comparativa
en costo de mano de obra? Cierto que homologar salarios en forma
abrupta es imposible. Pero conforme las transnacionales mejoren
gradualmente sus compensaciones salariales en el Tercer Mundo,
la demanda agregada para sus productos también se incrementará
y las empresas domésticas también tendrán
que mantenerse competitivas en el mercado de trabajo. Homologar
salarios tomará al menos una generación. Pero esto
es tanto una necesidad de justicia social, como una necesidad
de negocios, como una necesidad de interés nacional para
gobiernos democráticos, con el objeto de establecer un
ritmo de progreso real y sostenible. Porque, actualmente, la prosperidad
en el mundo es coto casi exclusivo de las transnacionales. Esta
cuestión, de aumentar salarios para sostener el crecimiento
de la economía vía el crecimiento de la demanda
agregada, a pesar de su impecable lógica de negocios, es
un asunto de gran polémica, porque el capitalismo neoliberal
de la competencia feroz, está dominado por un visión
predominantemente cortoplacista, porque el pivote central es el
mercado especulatorio de valores que se rige por expectativas
inmediatas. Pero, felizmente, la economía no se rige sola;
por más que se hable de un mundo global de mercados abiertos,
ésta es parte de una gran sombrilla político-social.
Es cierto que en este aspecto, en lo político-social, los
gobiernos traicionaron hace mucho el bien común vendiéndose
a los centros de poder global y que existe una decisión
consciente y coordinada para mantener este status quo. También
es cierto que, tal y como en los tiempos coloniales de la era
mercantilista, hay una asociación entre las transnacionales,
sus gobiernos matrices, los gobiernos anfitriones y su élites
oligárquicas para mantener el "orden establecido". Pero,
a pesar de estos contubernios, no existe ninguna lógica
en absoluto defendible para que la eficiencia del mercado esté
por encima de la justicia social. No existe defensa alguna para
que las vidas de seis mil millones de seres humanos se rijan por
un sistema de mercado que tiene como fin último el beneficio
de una minoría. Por eso, lo que debemos tener claro es
que la única razón por la que los poderosos han
impuesto el imperio del mercado sobre la mayoría de la
sociedad civil en todo el mundo es porque la democracia no está
funcionando. Y por consiguiente es ahí, en el establecimiento
de una verdadera democracia, sin ambages, la única posibilidad
de cambiar estas reglas por otras en beneficio de todos. Finalizo,
entonces, retomando la cuestión original. Las privatizaciones
no harán nada para la sociedad civil si no se establecen
acuerdos de inversión a largo plazo, que obliguen a la
homologación gradual de los salarios de las corporaciones
adquirientes, utilizando como referencia los salarios que pagan
en sus operaciones del Primer Mundo. Si las transnacionales generan
buenas utilidades en sus casas matrices pagando salarios mucho
más altos, ciertamente pueden hacer lo mismo en el mundo
en desarrollo. Pero hasta que México alcance una sociedad
abierta y democrática, no podemos aspirar a esa meta. Así
que, entonces, con respecto a los argumentos del Sr. Rubio en
favor de las privatizaciones ejecutadas profesional e inteligentemente,
considero que no es el momento adecuado para que ellas beneficien
a México, que generen buenos empleos y que aumenten sustancialmente
los niveles de vida de sus trabajadores. Antes, la sociedad civil
mexicana debe movilizarse y exigir un ethos de sociedad abierta
y democrática. Si estamos integrándonos a una economía
global, debemos integrarnos a una sociedad global. Si los centros
de poder exigen un mercado global abierto, debemos exigir una
sociedad global abierta y democrática. Por encima de todo,
debemos de tener muy claro que la economía es un instrumento
para atender a la sociedad y no al revés. Pero si olvidamos
esto y no nos movilizamos, México estará mucho peor
que en el terrible momento actual. A fin de cuentas, cada sociedad
tiene el gobierno que se merece y aspirar a una sociedad mejor,
con un gobierno digno, es enteramente asunto nuestro, no así
del gobierno ni de las transnacionales.
©
Alvaro de Regil Castilla, Agosto 1999.
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