SEGURIDAD
NACIONAL Y RELACIONES
EXTERIORES EN EL MEXICO DE FIN DE SIGLO |
México
se acerca al fin de siglo, y los paradigmas que determinaron
sus relaciones exteriores y la seguridad nacional se están
transformando notablemente.
De
la geopolítica a la geoeconomía
La
forma cómo el proceso de transición política,
que se dirige de un gobierno autoritario civil, cuyo eje fue
el control del Partido Revolucionario Institucional (PRI) desde
1929, a un sistema político democrático multipartidista,
se ha acelerado en los años noventa. El paradigma de
la revolución mexicana, que se sostuvo en un nacionalismo
y en un modelo autárquico de desarrollo encontró
sus límites. Los procesos de globalización y regionalización
obligan a México a insertarse en el sistema internacional.
El desafío se da para el nacionalismo, que históricamente
fue el eje de la cohesión nacional, y para esquemas de
política exterior que se basaron durante mucho tiempo
en el no alineamiento y un tercermundismo muy acentuado.
Las
contradicciones saltan a la vista. Uno de los principales elementos
del discurso de la diplomacia mexicana fue un notable antiimperialismo,
que se acompañó de la promoción de formas
de latinoamericanismo, iberoamericanismo, etcétera. La
realidad de la reinsersión de la economía mexicana
dirige a sus sectores más dinámicos hacia Estados
Unidos Unidos y Canadá. América Latina queda sólo
como un remanente del discurso diplomático. El comercio
es el que marca la pauta: en 1970 México destinaba el
10 por ciento del total de sus exportaciones hacia América
Latina, e importaba el 3 por ciento; en 1995 sólo se
exporta hacia América Latina el 5.1 por ciento y se importa
el 2.2 por ciento. Por el contrario, con Estados Unidos las
exportaciones de México se dirigen en 1995 en 83.4 por
ciento, y las importaciones provienen de ese país en
un 74.3 por ciento.
Si
México responde a sus tendencias económicas, el
comercio determina que el discurso latinoamericanista mexicano
sea sólo una ficción doctrinaria, sin vínculos
con la realidad de la geoeconomía. En ese aspecto la
vigencia del Tratado de Libre Comercio, lo deseen o no las élites
políticas mexicanas, está transformando la tradicional
diplomacia.
La
defensa y la seguridad nacional. Otro desafío al nacionalismo.
Las
doctrinas de defensa de México se sostienen en la autarquía.
Las fuerzas armadas sólo pueden salir del territorio
mediante declaración de guerra, y ésta, según
la constitución, sólo se puede dar si el territorio
o los intereses mexicanos son atacados. Sólo durante
la segunda guerra mundial México participó en
el esfuerzo aliado, después de que barcos petroleros
fueron atacados por submarinos alemanes. México tiene
tres doctrinas de defensa y planes de guerra: DN1 (contra un
agresor externo); DN2 (contra un agresor interno); y DN3 (para
apoyar a la población en casos de desastres provocados
por la naturaleza). Por ello, México no puede contribuir
a la seguridad internacional con fuerzas de mantenimiento de
paz, ni puede, como lo han hecho frecuentemente muchos países
latinoamericanos, respaldar esfuerzos de países cuando
hay elementos que alteran y ponen en peligro la seguridad internacional
(como la guerra del golfo Pérsico).
En
América Latina, México se ha opuesto sistemáticamente
a la intervención militar foránea para dirimir
conflictos internos. No apoyó a Estados Unidos cuando
se dio el alineamiento para aislar a Cuba en los sesenta; criticó
la invasión militar en República Dominicana en
1965 (encabezada militarmente por Brasil); impidió que
se creara una fuerza militar para evitar que los sandinistas
arribaran al poder en 1979; y criticó toda la política
de "contención del comunismo" en Centroamérica
durante los ochenta. México formuló planteamientos
diplomáticos que se basaron en la negociación
de los conflictos en Centroamérica, principalmente en
El Salvador y Guatemala, como la creación del Grupo de
Contadora y el respaldo a la ONU como instancia de mediación.
En éste sentido México tuvo una diplomacia y una
geopolítica de distensión. La base fueron las
doctrinas de política exterior de no alineamiento y autodeterminación.
Sin
embargo, el TLC norteamericano presenta desafíos a la
diplomacia y la seguridad nacional de México. La integración
económica con Estados Unidos y Canadá presentan
como tendencia que cuando un país cambia sus coordenadas
de sus relaciones con el exterior, también en el nivel
de la seguridad tiene que presentarse un proceso de cooperación
e integración (modelo europeo y recientemente en el cono
sur). Así, en el pensamiento estratégico de Estados
Unidos, se menciona que no hay coherencia en materia de seguridad
en Norteamérica, por la resistencia del "nacionalismo"
mexicano. Para Estados Unidos, la interdependencia, que deriva
en mayor integración, debe conducir a esfuerzos multinacionales
en materia política y defensa: "En Norteamérica
es imposible separar los asuntos domésticos de Canadá,
México y los Estados Unidos. Todos los conflictos nacionales
lleva a los decisores políticos a negociarlos como problemas
regionales, debido a que todos tienen un impacto transfronterizo".
(National Defense University Strategic Assesment 1997,
Washington, 1997, p. 70).
Agendas
de fin de siglo
El
problema es que a fin de siglo los conceptos de "seguridad
nacional", tanto en Estados Unidos como en México,
dejan de ser vigentes, para convertirse, en México, en
"bi-nacional" o "norteamericano". O sea,
desaparece poco a poco la frontera por las repercusiones transnacionales
de los conflictos. Además, se disuelven los viejos enemigos
a la seguridad nacional (comunismo) y aparecen el narcotráfico,
el crimen organizado, el terrorismo, los conflictos étnicos,
etcétera, como los riesgos emergentes.
México
tiene dos agendas de seguridad nacional: la interna y la externa,
sin embargo, los nuevos conflictos internos tienen evidentes
repercusiones externas e impactan notablemente en la diplomacia.
Por ejemplo, la crisis de Chiapas lleva al gobierno de México
a considerar la negociación con la guerrilla (EZLN) tanto
por cuestión de política interna, como por las
presiones internacionales. Incluso nuevos actores de la arena
internacional ejercen gran influencia, como los organismos no-gubernamentales.
Incluso
la democratización del país se interpreta en Estados
Unidos como un asunto de seguridad, por el potencial de ingobernabilidad
e "incertidumbre" del cambio político mexicano.
De igual manera, la debilidad de las estructuras económicas
mexicanas se ven en Washington como un problema de seguridad
para Estados Unidos: "El principal, asunto para Estados
Unidos en México es la incapacidad del gobierno para
reformarse a sí mismo y lograr una estabilidad política
y económica" (Strategic Assesment 1997, p.
72). Incluso, se agrega que una vez firmado el Tratado de Libre
Comercio, hasta la corrupción se transforma en peligro
a la seguridad porque impediría que se expandiera la
vigencia de la ley y la legitimidad y credibilidad del gobierno
mexicano.
El
principal problema de seguridad en los noventa es el del narcotráfico.
Durante la segunda guerra, Estados Unidos promovió el
cultivo de mariguana y opio en los campos mexicanos. Eras plantas
medicinales para evitar el dolor de los soldados. Después,
cuando se desmovilizaron los millones de soldados de Estados
Unidos, se generó una demanda permanente de esos productos.
Hubo un boom económico en el campo mexicano. En los años
cincuenta se declararon ilegales los cultivos, pero la demanda
en Estados Unidos y la capacidad productiva en México
permanecieron. Hasta los setenta no fue problema de seguridad.
A
fines de los setenta ingresa a la escena la cocaína,
y su gran poder destructivo y corruptor de líderes políticos,
comandantes militares, funcionarios de aduanas, etcétera.
La generación de campesinos y empresarios vinculados
a los carteles, es lo que lo convierte en problema de seguridad.
Rápidamente fue un conflicto transnacional, debido a
que los empresarios colombianos de la cocaína controlaron
los circuitos de comercialización, creando loa grupos
criminales más ricos y poderosos del mundo, a la par
de las mafias chinas, japonesas e italianas. México fue
un trampolín ideal para el comercio y el lavado de dinero.
En
los ochenta fue clasificado el narcotráfico dentro del
llamado "conflicto de baja intensidad" por los estrategas
del Pentágono, y comenzó la presión de
Estados Unidos a México para el desmantelamiento de las
mafias. La DEA inicia sus actividades, incluso violando sus
agentes las leyes mexicanas.
En
los noventa, la presión lleva a buscar que las fuerzas
armadas sean las que combatan a los carteles. El problema es
que se duda de la eficiencia de las fuerzas armadas (pues la
guerra hay que hacerla en los sistemas financieros, industriales
y comerciales que colaboran en el lavado de las ganancias; en
el nivel del consumo -en el propio territorio de Estados Unidos-;
corrompe oficiales de gobierno en todos los niveles, siendo
el más peligroso el militar; etcétera). Esta guerra
se ha convertido en uno de los principales elementos de la seguridad
"norteamericana".
Han
aparecido conflictos de la postguerra fría (como la guerrilla
de Chiapas). El impacto del neoliberalismo y el desmantelamiento
del Estado ha generado masas de seres humanos "disfuncionales",
que buscan sobrevivir en el subempleo, la economía informal,
las actividades criminales y también emigran a Estados
Unidos buscando sobrevivir.
También
emerge la "seguridad pública" como problema
de viabilidad de convivencia ciudadana y seguridad nacional,
y se ha involucrado al ejército sin éxito para
combatir el delito. Se observa una gran incapacidad del gobierno
mexicano para combatir el poder del crimen organizado e impedir
la corrupción que se genera por la asociación
entre funcionarios y delincuentes.
El
neoliberalismo y la seguridad nacional.
La
privatización de la economía y la apertura de
fronteras favorecen el crecimiento de los problemas de seguridad
nacional. No se observa un éxito en la reconversión
industrial y el flujo de inversión para que México
participe con éxito de la globalización -nuestra
ventaja comparativa sigue siendo el salario bajo, o sea, la
pobreza del 70 por ciento de la población es la ventaja
comparativa de México en el mundo integrado-. Esto genera
masas de mexicanos disfuncionales que sólo pueden sobrevivir
en el mercado informal realizando actividades ilegales y superando
su condición de inadaptación a la nueva economía
mediante su participación en el narcotráfico,
o realizando actividades criminales.
La
crisis de Chiapas es otra muestra de la disfuncionalidad del
cambio estratégico mexicano. Para sectores completos
de mexicanos, los indígenas, su insersión a la
nueva economía es prácticamente imposible, y al
quedar desmantelado el "estado populista" desaparecen
los vínculos políticos de sumisión. Esta
exclusión estructural fue uno de los factores que provoca
que busquen su sobrevivencia a través de la rebeldía
armada.
En
síntesis, la transición a la economía de
mercado y el sistema político que la respalda, la democracia,
encuentra gran cantidad de relaciones inconexas y excluyentes
que generan ingobernabilidad, emergencia de grupos criminales,
narcotráfico. El reto es como el Estado se reacomoda
-y reforma- para hacer frente a todos estos nuevos desafíos.
Para
concluir, es claro que se ha producido una tensión entre
las bases tradicionales de la política exterior, la defensa
y la seguridad nacional de México, con las condiciones
cambiantes de apertura de fronteras e integración económica
(y política) de Norteamérica, y con los cambios
internos que se producen por éste cambio estructural.
Por ello, crecen las vulnerabilidades nacionales a pesar del
Tratado de Libre Comercio, la economía de mercado y la
democracia.
Dado
que la historia no puede dar marcha atrás y el viejo
modelo nacionalista, autoritario y semiautárquico llegó
a su fin, la gran pregunta es cómo hacer que en las nuevas
condiciones se revitalice la nación, se reforme el Estado
y las estructuras sociales se adapten exitosamente al fin de
siglo.