El cine será más fecundo en la medida en que
empuje
al espectador hacia una más profunda
comprensión
de la realidad y, consecuentemente,
en
la medida en que lo que ayude a vivir más
activamente,
en la medida que lo incite a dejar
de
ser un mero espectador ante la realidad.
Tomás Gutiérrez Alea
Dialéctica del espectador
¿Cine
y política... mexicana? ¿Será posible que el espectador
común, aquel que habitualmente asiste a los grandes complejos
de exhibición cinematográfica, que entusiasta espera formado
en una larga fila el estreno de alguna película hollywoodense
en cuyo titulo aparezcan palabras tales como "salvaje",
"furia", "medianoche", "impacto", "mortal", "profundo",
entre otras cosas (con sus respectivas combinaciones),
y que está convencido de que el mejor parámetro para saber
si una película es buena o mala lo determina la "Entrega
de los Oscares", cambie alguna ocasión de parecer frente
a la taquilla y decida ingresar a una sala donde se exhibe
una película mexicana que no conforme con serlo, además
trata un tema político? Seguramente no, por varias razones.
A continuación enumero las que considero fundamentales
y que forman parte del objeto a analizar en el presente
texto:
a) en México, salvo contadísimas
excepciones (que confirman la regla), no se produce lo
que podría llamarse cine político. Es más, casi no se
produce cine, punto;
b) en caso de producirse
"cine político", la censura no permitiría su exhibición
masiva;
c) en caso de un "lapsus
brutus" en los organismos encargados de la censura (caso
sumamente hipotético), a los exhibidores y distribuidores
no les interesaría en lo más mínimo, como sucede en general
con todo el cine mexicano, mantener por más de dos semanas
en cartelera a una cinta cuyo presupuesto total, de entrada,
es veinte veces menor al promedio de lo que un solo actor
estadounidense de renombre, gana por película;
d) en caso de que los distribuidores
y/o exhibidores, en un súbito ataque de patriotismo y
espíritu nacionalista (cualquier cosa que signifique eso),
decidiesen "aguantar" un tiempo razonable para que la
película compense la casi siempre inexistente campaña
publicitaria, y logre el eco necesario para atraer a un
número mayor de espectadores, éstos últimos en su mayor
parte no estarían dispuestos a cambiar, por ejemplo, a
Silvester Stallone rompiendo récord Guiness de vietnamitas
miopes y estúpidos muertos por segundo, por una soberbia
actuación de María Rojo (¿quién más?) en el papel de "la
Paca".
Como dije anteriormente, podría mencionar muchas razones
más, pero con estas me basta y sobra para encontrar un
especial interés por analizar parte de este fenómeno ‹‹con
las limitaciones de tiempo espacio que este formato impreso
conlleva‹‹ y tratar de vislumbrar alguna salida posible,
partiendo del hecho de que, atendiendo al momento histórico
actual, "es justa y necesaria" la producción de un "cine
político" de manufactura nacional.
Tendría entonces que empezar por definir cuál es la acepción
que vamos a adoptar para entender lo que es el "cine político".
En este caso, quiero apegarme a la idea de que "cine político"
es toda aquella producción cinematográfica en cuyo contenido
se encuentra implícita o explícitamente una intencionalidad
del autor (o autores) por fortalecer el sentido crítico
del espectador y así lograr que éste se cuestione sobre
la realidad que lo circunda, promoviendo así una actitud
menos pasiva en los individuos y, por ende, más participativa
de los procesos político-sociales que transforman a la
sociedad. En este sentido, podríamos entonces encontrar
una bifurcación en los caminos sobre los cuales se desarrollaría
esta propuesta: la descripción de los hechos en sí, con
la mayor objetividad posible (sabiendo de antemano que
siempre existe un alto grado de "manipulación" de la realidad
en el fenómeno cinematográfico); o un alto grado de "militancia"
que genere un discurso parcial, que forma parte de los
acontecimientos sobre los cuales emite un juicio, y que
busca como meta final, la adición de nuevos miembros a
su causa.
En mi experiencia como guionista y director de televisión
(un escenario eminentemente comercial), pero con una vasta
trayectoria en el campo de la producción de vídeo ficción
alternativo originado desde el universo de las Organizaciones
No Gubernamentales (un escenario esencialmente militante),
puedo asegurar que el espectador común, aquel "no convencido
políticamente", ese al que Bertolt Brecht llamaría "el
analfabeto político", no está interesado en salir de la
comodidad y seguridad de su hogar, pagar un boleto, comprar
una bolsa enorme de palomitas y un refresco tan grande
como el precio pagado por toda la travesía, para ingresar
a una sala donde lejos de ver una película que lo entretenga
(dando por sentado que lo que busca en una película es
precisamente eso: entretenimiento), reciba a cambio un
aburrido panfleto adoctrinante, que está además mal hecho
(técnicamente hablando), y que ni siquiera muestra alguna
chica con los atributos físicos de Sharon Stone o Demi
Moore, que nos permita refugiarnos en lo buena que está
la protagonista, a pesar de lo mala que es la película.
Las razones que sustentarían la anterior reflexión darían
cauce a otro texto de similar amplitud al presente, por
lo que no es mi intención profundizar en el tema, y sí
centrarme en la otra propuesta que encuentro mucho más
viable: la del cine que describa la realidad con una alta
dosis de ficción y una sólida estructura dramática, que
nos sumerja como espectadores comunes y corrientes en
una historia interesante, entretenida, pero cuyo contenido
no sea del todo ajeno y que, por si fuera poco, forme
parte de nuestra vida cotidiana.
Quiero tomar como ejemplo de mi reflexión a la película
"JFK" de Oliver Stone. Por los antecedentes que generosamente
nos aporta la historia universal contemporánea, apoyada
por el marketing propio de la película, sabemos que la
trama principal de ésta se desarrolla en los acontecimientos
que se gestaron en torno a un suceso político que sacudió
a la más poderosa nación norteamericana: el asesinato
de John Fitzgerald Kennedy. Al ver la película, nos enteramos
de todas las pesquisas que desenvuelve el guión alrededor
de la tesis fundamental de la película: el entonces presidente
de los Estados Unidos fue asesinado bajo la sombra de
un complot perpetrado desde los más altos niveles del
propio gobierno. ¿Nos podría sonar familiar la historia
a nosotros como mexicanos? En efecto, si hacemos un paralelismo
de este argumento con los hechos políticos de mayor relevancia
que han ocurrido en nuestro país en el ultimo lustro,
estoy seguro que salvo uno o dos despistados, todos conectaríamos
con la misma película, cuyo guión bien podría comenzar
de la siguiente manera:
Fade in a
Ext. Calle de una colonia popular/día.
BLANCO Y NEGRO. El candidato presidencial, Luis Donaldo
Colosio, camina entre la multitud asistente a un acto
proselitista, abriéndose paso escoltado por su férreo
equipo de seguridad. En un momento determinado, mientras
Luis Donaldo saluda a la gente, un individuo se avienta
hacia los pies del candidato y mientras él se detiene
y reacciona ante el hecho, una pistola se desliza entre
los cuerpos cercanos a Luis Donaldo, posicionandose en
su cien y activando el mortal proyectil. El candidato
cae al suelo con la cabeza destrozada, al tiempo que un
fotógrafo de la prensa toma una fotografía...
Tengo la certeza de que un inicio de película así, situaría
al espectador ante una historia que vale la pena contarse,
y que vale la pena ver, ¿por qué no? ¿Por qué interesarnos
en la muerte de un presidente extranjero acaecida hace
más de 30 años, y no conmovernos (como sucedió en la vida
real) con la oscura y aún no esclarecida muerte de un
candidato a la presidencia de nuestro propio país?
Las respuestas son múltiples, y de ellas genero dos ideas
que definen el centro de mi disertación:
a) no se generan en México
(hasta donde yo he tenido contacto) este tipo de historias;
b) no se generan, entre muchas
otras razones, porque no hay productores dispuestos a
invertir grandes cantidades de dinero en una película
destinada a permanecer "enlatada" varios años por obra
y gracia de la censura gubernamental, como les sucedió
a películas como "La sombra del caudillo" o "Rojo amanecer",
que fueron exhibidas, una cuando su oportunidad determinada
por el momento histórico se había desvanecido, y otra,
bajo concesiones de edición que mutilaban toda referencia
al ejercito en la matanza de Tlatelolco.
En la medida en que podamos establecer una cadena que
comience con nosotros los creadores cuando volteemos los
ojos hacia nuestra realidad y nos dejemos ya de "adaptar"
literatura clásica, y que generemos sólidos guiones cuya
premisa dramática y adecuada estructura sostengan una
película sin necesidad de grandes presupuestos y efectos
especiales, continuando con productores con visión que
sepan que podemos encontrar historias interesantes que
garanticen la comercialidad de las paliduchas (¿a quién
no le gustaría ver una película sobre los primeros días
de la guerrilla zapatista en Chiapas, por ejemplo?), con
directores talentosos (que los tenemos, sobre todo en
las generaciones jóvenes) que narren adecuadamente la
historia, con distribuidores que apoyen más al cine mexicano,
y que termine con el espectador que compra un boleto y
sale satisfecho de la función, entonces, podremos pensar
que un cine con estas características es posible de gestar
en nuestro país.
Sin embargo, no debemos olvidar el elemento de la censura,
que desgraciadamente y a pesar de lo que digan las autoridades
federales, parece no tener fin. En ese sentido, es responsabilidad
de las fuerzas democratizadoras del país ya en funciones
de gobierno (léanse candidatos electos pertenecientes
a partidos de oposición al PRI), establecer las bases
para la apertura de espacios que permitan ventilar este
tipo de temas. El avance en los terrenos televisivos,
si bien no es suficiente y continúa recibiendo reveses,
es notable. Sabemos que el mango del sartén sigue teniéndolo
el gobierno federal, pero los tiempos cambian, la transición
se avizora y debemos prepararnos para enfrentarla. Debemos
comenzar a escribir el nuevo guión de la película: ¿acaso
tendrá un happy end?