Análisis

¡LUCES...CAMARA...ACCIÓN!

La búsqueda de espacios para el cine político mexicano
Rafael Lara Ruiz* Julio 27 / 1998


El cine será más fecundo en la medida en que
empuje al espectador hacia una más profunda
comprensión de la realidad y, consecuentemente,
en la medida en que lo que ayude a vivir más
activamente, en la medida que lo incite a dejar
de ser un mero espectador ante la realidad.

Tomás Gutiérrez Alea

Dialéctica del espectador

¿Cine y política... mexicana? ¿Será posible que el espectador común, aquel que habitualmente asiste a los grandes complejos de exhibición cinematográfica, que entusiasta espera formado en una larga fila el estreno de alguna película hollywoodense en cuyo titulo aparezcan palabras tales como "salvaje", "furia", "medianoche", "impacto", "mortal", "profundo", entre otras cosas (con sus respectivas combinaciones), y que está convencido de que el mejor parámetro para saber si una película es buena o mala lo determina la "Entrega de los Oscares", cambie alguna ocasión de parecer frente a la taquilla y decida ingresar a una sala donde se exhibe una película mexicana que no conforme con serlo, además trata un tema político? Seguramente no, por varias razones. A continuación enumero las que considero fundamentales y que forman parte del objeto a analizar en el presente texto:

a) en México, salvo contadísimas excepciones (que confirman la regla), no se produce lo que podría llamarse cine político. Es más, casi no se produce cine, punto;

b) en caso de producirse "cine político", la censura no permitiría su exhibición masiva;

c) en caso de un "lapsus brutus" en los organismos encargados de la censura (caso sumamente hipotético), a los exhibidores y distribuidores no les interesaría en lo más mínimo, como sucede en general con todo el cine mexicano, mantener por más de dos semanas en cartelera a una cinta cuyo presupuesto total, de entrada, es veinte veces menor al promedio de lo que un solo actor estadounidense de renombre, gana por película;

d) en caso de que los distribuidores y/o exhibidores, en un súbito ataque de patriotismo y espíritu nacionalista (cualquier cosa que signifique eso), decidiesen "aguantar" un tiempo razonable para que la película compense la casi siempre inexistente campaña publicitaria, y logre el eco necesario para atraer a un número mayor de espectadores, éstos últimos en su mayor parte no estarían dispuestos a cambiar, por ejemplo, a Silvester Stallone rompiendo récord Guiness de vietnamitas miopes y estúpidos muertos por segundo, por una soberbia actuación de María Rojo (¿quién más?) en el papel de "la Paca".

Como dije anteriormente, podría mencionar muchas razones más, pero con estas me basta y sobra para encontrar un especial interés por analizar parte de este fenómeno ‹‹con las limitaciones de tiempo espacio que este formato impreso conlleva‹‹ y tratar de vislumbrar alguna salida posible, partiendo del hecho de que, atendiendo al momento histórico actual, "es justa y necesaria" la producción de un "cine político" de manufactura nacional.

Tendría entonces que empezar por definir cuál es la acepción que vamos a adoptar para entender lo que es el "cine político". En este caso, quiero apegarme a la idea de que "cine político" es toda aquella producción cinematográfica en cuyo contenido se encuentra implícita o explícitamente una intencionalidad del autor (o autores) por fortalecer el sentido crítico del espectador y así lograr que éste se cuestione sobre la realidad que lo circunda, promoviendo así una actitud menos pasiva en los individuos y, por ende, más participativa de los procesos político-sociales que transforman a la sociedad. En este sentido, podríamos entonces encontrar una bifurcación en los caminos sobre los cuales se desarrollaría esta propuesta: la descripción de los hechos en sí, con la mayor objetividad posible (sabiendo de antemano que siempre existe un alto grado de "manipulación" de la realidad en el fenómeno cinematográfico); o un alto grado de "militancia" que genere un discurso parcial, que forma parte de los acontecimientos sobre los cuales emite un juicio, y que busca como meta final, la adición de nuevos miembros a su causa.

En mi experiencia como guionista y director de televisión (un escenario eminentemente comercial), pero con una vasta trayectoria en el campo de la producción de vídeo ficción alternativo originado desde el universo de las Organizaciones No Gubernamentales (un escenario esencialmente militante), puedo asegurar que el espectador común, aquel "no convencido políticamente", ese al que Bertolt Brecht llamaría "el analfabeto político", no está interesado en salir de la comodidad y seguridad de su hogar, pagar un boleto, comprar una bolsa enorme de palomitas y un refresco tan grande como el precio pagado por toda la travesía, para ingresar a una sala donde lejos de ver una película que lo entretenga (dando por sentado que lo que busca en una película es precisamente eso: entretenimiento), reciba a cambio un aburrido panfleto adoctrinante, que está además mal hecho (técnicamente hablando), y que ni siquiera muestra alguna chica con los atributos físicos de Sharon Stone o Demi Moore, que nos permita refugiarnos en lo buena que está la protagonista, a pesar de lo mala que es la película.

Las razones que sustentarían la anterior reflexión darían cauce a otro texto de similar amplitud al presente, por lo que no es mi intención profundizar en el tema, y sí centrarme en la otra propuesta que encuentro mucho más viable: la del cine que describa la realidad con una alta dosis de ficción y una sólida estructura dramática, que nos sumerja como espectadores comunes y corrientes en una historia interesante, entretenida, pero cuyo contenido no sea del todo ajeno y que, por si fuera poco, forme parte de nuestra vida cotidiana.

Quiero tomar como ejemplo de mi reflexión a la película "JFK" de Oliver Stone. Por los antecedentes que generosamente nos aporta la historia universal contemporánea, apoyada por el marketing propio de la película, sabemos que la trama principal de ésta se desarrolla en los acontecimientos que se gestaron en torno a un suceso político que sacudió a la más poderosa nación norteamericana: el asesinato de John Fitzgerald Kennedy. Al ver la película, nos enteramos de todas las pesquisas que desenvuelve el guión alrededor de la tesis fundamental de la película: el entonces presidente de los Estados Unidos fue asesinado bajo la sombra de un complot perpetrado desde los más altos niveles del propio gobierno. ¿Nos podría sonar familiar la historia a nosotros como mexicanos? En efecto, si hacemos un paralelismo de este argumento con los hechos políticos de mayor relevancia que han ocurrido en nuestro país en el ultimo lustro, estoy seguro que salvo uno o dos despistados, todos conectaríamos con la misma película, cuyo guión bien podría comenzar de la siguiente manera:

Fade in a

Ext. Calle de una colonia popular/día.

BLANCO Y NEGRO. El candidato presidencial, Luis Donaldo Colosio, camina entre la multitud asistente a un acto proselitista, abriéndose paso escoltado por su férreo equipo de seguridad. En un momento determinado, mientras Luis Donaldo saluda a la gente, un individuo se avienta hacia los pies del candidato y mientras él se detiene y reacciona ante el hecho, una pistola se desliza entre los cuerpos cercanos a Luis Donaldo, posicionandose en su cien y activando el mortal proyectil. El candidato cae al suelo con la cabeza destrozada, al tiempo que un fotógrafo de la prensa toma una fotografía...

Tengo la certeza de que un inicio de película así, situaría al espectador ante una historia que vale la pena contarse, y que vale la pena ver, ¿por qué no? ¿Por qué interesarnos en la muerte de un presidente extranjero acaecida hace más de 30 años, y no conmovernos (como sucedió en la vida real) con la oscura y aún no esclarecida muerte de un candidato a la presidencia de nuestro propio país?

Las respuestas son múltiples, y de ellas genero dos ideas que definen el centro de mi disertación:

a) no se generan en México (hasta donde yo he tenido contacto) este tipo de historias;

b) no se generan, entre muchas otras razones, porque no hay productores dispuestos a invertir grandes cantidades de dinero en una película destinada a permanecer "enlatada" varios años por obra y gracia de la censura gubernamental, como les sucedió a películas como "La sombra del caudillo" o "Rojo amanecer", que fueron exhibidas, una cuando su oportunidad determinada por el momento histórico se había desvanecido, y otra, bajo concesiones de edición que mutilaban toda referencia al ejercito en la matanza de Tlatelolco.

En la medida en que podamos establecer una cadena que comience con nosotros los creadores cuando volteemos los ojos hacia nuestra realidad y nos dejemos ya de "adaptar" literatura clásica, y que generemos sólidos guiones cuya premisa dramática y adecuada estructura sostengan una película sin necesidad de grandes presupuestos y efectos especiales, continuando con productores con visión que sepan que podemos encontrar historias interesantes que garanticen la comercialidad de las paliduchas (¿a quién no le gustaría ver una película sobre los primeros días de la guerrilla zapatista en Chiapas, por ejemplo?), con directores talentosos (que los tenemos, sobre todo en las generaciones jóvenes) que narren adecuadamente la historia, con distribuidores que apoyen más al cine mexicano, y que termine con el espectador que compra un boleto y sale satisfecho de la función, entonces, podremos pensar que un cine con estas características es posible de gestar en nuestro país.

Sin embargo, no debemos olvidar el elemento de la censura, que desgraciadamente y a pesar de lo que digan las autoridades federales, parece no tener fin. En ese sentido, es responsabilidad de las fuerzas democratizadoras del país ya en funciones de gobierno (léanse candidatos electos pertenecientes a partidos de oposición al PRI), establecer las bases para la apertura de espacios que permitan ventilar este tipo de temas. El avance en los terrenos televisivos, si bien no es suficiente y continúa recibiendo reveses, es notable. Sabemos que el mango del sartén sigue teniéndolo el gobierno federal, pero los tiempos cambian, la transición se avizora y debemos prepararnos para enfrentarla. Debemos comenzar a escribir el nuevo guión de la película: ¿acaso tendrá un happy end?