Análisis

Democracia protegida

Democracia sin pobreza: los límites del neoliberalismo
Mario Edgar López Ramírez / Marzo 29 1999

En el centro de las discusiones sobre la relación entre pobreza y democracia se encuentra la búsqueda de un modelo social alternativo que substituya al actual esquema económico definido como neoliberal, ya que este último ha sido diseñado para favorecer, de forma privilegiada, a los poderosos actores que mantienen y que son capaces de hacer valer sus intereses en las escalas globales.

Los actores privilegiados del neoliberalismo sustentan una estructura de concentración de la riqueza de la cual se favorecen. Se trata, por un lado, de aquellas potencias hegemónicas e incluso de las llamadas naciones medias cuyos planes estratégicos se construyen bajo una lógica geopolítica, la cual consiste fundamentalmente en la integración subordinada, formal o informal, de amplias zonas de influencia periférica; por el otro, de las corporaciones productivas y financieras transnacionales, quienes razonan sus objetivos en torno a la monopolización de los principales circuitos comerciales que les permiten la acumulación de los beneficios económicos. De ahí que toda discusión en torno a la posibilidad de construir democracias sin pobreza, pasa necesariamente por la crítica al status quo económico y, por extensión, político que ha establecido el esquema neoliberal.

Pobreza y democracia

Existen dos vertientes teóricas desde las cuales puede explicarse el concepto de pobreza: la primera es la que condiciona su manejo conceptual a un tratamiento numérico, es decir, interpreta a la pobreza únicamente como una variable estadística y, por tanto, como un factor despersonalizado en otras palabras, despolitizado que puede impactar negativamente a la racionalidad que domina la economía. Para la concepción numérica, la pobreza adquiere valor real sólo en la medida en que provoca disfuncionalidades dentro del sistema económico. Lo anterior supone que cuestiones como el desempleo y la contracción de los mercados pueden ser manejadas de forma eficiente por el orden sistémico general, incluso a largos plazos, gracias a que la centralización regional de los capitales mantiene en equilibrio a la oferta y a la demanda mundiales.

Partiendo de la visión numérica, las estrategias de combate a la pobreza adquieren diferentes intensidades, dependiendo de la forma en que la masa estadística desequilibre y ponga en peligro a la estructura de distribución desigual de privilegios. Los programas asistencialistas para la supervivencia de los pobres en extremo, así como las políticas de educación, salud y vivienda pública, que suponen un manejo instrumental de la pobreza a favor de las clases políticas y de los mercados financieros, se inscriben dentro de una visión numérica de la pobreza.

La otra forma de interpretar la pobreza es subordinando la visión estadística al acento sobre los actores, en otras palabras, situando a los pobres como actores políticos. Esta concepción supone que pobre no es solamente quien no puede satisfacer sus necesidades básicas, sino aquél al que se le masifica y se le excluye de la toma de decisiones públicas, acentuando con ello su condición de marginado. La pobreza vista desde los actores es también la descripción del sometimiento de los individuos o de los grupos a los imaginarios que el poder les impone y que reproduce sobre ellos en forma de discursos legitimadores. El combate a la pobreza desarrollado por esta postura plantea que la estrategia consiste, principalmente, en la recuperación de los capitales simbólicos y políticos que forman el sentido del derecho de los ciudadanos. La participación consciente de los pobres en los procesos democráticos es en realidad el ejercicio de sus derechos políticos; la mejora de sus condiciones de vida responde a la validez de una serie de derechos sociales, económicos e incluso comunitarios que deben traducirse en políticas públicas, en la lógica de un Estado que obedece a las reglas de un pacto social.

De las dos formas de interpretar la pobreza, el neoliberalismo elige la conceptualización numérica, con las consecuencias políticas que esto significa. Pero va aún más allá: la teoría económica neoliberal plantea la existencia de una "tasa natural de desempleo" como parte de las variables numéricas de su estructura de poder. A diferencia del liberalismo keynesiano, el cual reconocía en el desempleo una disfuncionalidad del sistema económico y fijaba que la meta del Estado benefactor era, precisamente, el alcance del pleno empleo, el neoliberalismo deprime el mercado de trabajo que es la principal fuente de ingreso de los individuos en las economías modernas debido al gran avance tecnológico sobre el que las gigantescas compañías transnacionales, beneficiarias privadas del modelo, están sostenidas. El neoliberalismo no sólo está en contra de la intervención gubernamental que favorezca el empleo regulando al mercado, sino que al plantear la existencia de esta tasa natural de desempleo reconoce que alcanzar el pleno empleo es imposible y la pobreza es parte "natural" o integra del modelo. La pobreza tiene para los neoliberales una condición de perpetuidad, ante la cual la respuesta gubernamental cuando mucho puede llegar a ser el asistencialismo, ya que, superando incluso la instrumentalidad propia de la visión numérica, promueve la privatización de todas las funciones públicas del Estado como la educación y la salud.

Por lo anterior, el neoliberalismo se ha transformado en la actualidad en un verdadero discurso ideológico, desde el cual la élite receptora de los beneficios justifica la marginación económica de las grandes mayorías, utilizando al libre mercado como su principal razón epistemológica, a la vez que deslegitima todo cuestionamiento político respecto de los impactos excluyentes que el sistema de acumulación produce. La promesa de la recuperación a largo plazo que los neoliberales sostienen de cara a las grandes mayorías excluidas, es la teoría del goteo o del rebalse, según la cual, si se permite que los más ricos concentren aún más los beneficios económicos, llegará un momento en que ya sea porque consideran que sus "necesidades" están satisfechas, ya sea por su ambición de mayores beneficios, fomentarán el desarrollo industrial, invertirán en nuevos negocios y así crearan empleos. La condición clave para que lleguen los nuevos empleos por medio del goteo es permitir la acumulación y esperar pacientemente el rebalse. La paciencia se asume, entonces, como una actitud política. En ese sentido, la dinámica democrática del neoliberalismo se transforma únicamente en una herramienta electoral, implementada para manejar, a favor de los mercados, los niveles de conflictividad social. De ahí que el principal objetivo de los ejercicios democráticos que se promueven desde esta ideología, sea garantizar la definición más utilitaria de la gobernabilidad, es decir, la capacidad de ejercer el gobierno y encuadrar a los gobernados, con el fin de cumplir las metas que la clase política esgrime como razones de Estado a favor de los mercados.

El tipo de democracia que produce el neoliberalismo es una democracia que, paradójicamente, desarticula la verdadera discusión política, al proteger al modelo económico de todo cuestionamiento alternativo. Esta democracia protegida es dirigida al más puro estilo conservador, donde el bien común se equipara con el orden que la sociedad mantenga frente a la voluntad de los mercados financieros, a fin de garantizar la estabilidad de estos últimos. Para entender el poder que los mercados mantienen sobre la vida democrática actual, basta con observar la forma en que las decisiones económicas de las grandes compañías transnacionales se traducen en un voto virtual de apoyo o repudio a las políticas nacionales; y así también verificar el nivel de influencia que los organismos económicos internacionales como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial y las potencias hegemónicas agrupadas principalmente en el Grupo de los 8 tienen sobre los proyectos de nación de los países periféricos. Ante el poderío de estos "senados de las escalas globales", el orden moderno del Estado está en crisis y habrá que hacer coincidir al pueblo con el proyecto y no al proyecto con el pueblo. De no darse dicha coincidencia, la represión autoritaria que permita de nueva cuenta el orden social será justificada por las fuerzas del mercado.