En
el centro de las discusiones sobre la relación entre pobreza
y democracia se encuentra la búsqueda de un modelo social
alternativo que substituya al actual esquema económico
definido como neoliberal, ya que este último ha sido diseñado
para favorecer, de forma privilegiada, a los poderosos
actores que mantienen y que son capaces de hacer valer
sus intereses en las escalas globales.
Los actores privilegiados del neoliberalismo sustentan
una estructura de concentración de la riqueza de la cual
se favorecen. Se trata, por un lado, de aquellas potencias
hegemónicas e incluso de las llamadas naciones medias
cuyos planes estratégicos se construyen bajo una lógica
geopolítica, la cual consiste fundamentalmente en la integración
subordinada, formal o informal, de amplias zonas de influencia
periférica; por el otro, de las corporaciones productivas
y financieras transnacionales, quienes razonan sus objetivos
en torno a la monopolización de los principales circuitos
comerciales que les permiten la acumulación de los beneficios
económicos. De ahí que toda discusión en torno a la posibilidad
de construir democracias sin pobreza, pasa necesariamente
por la crítica al status quo económico y, por extensión,
político que ha establecido el esquema neoliberal.
Pobreza y democracia
Existen dos vertientes teóricas desde las cuales puede
explicarse el concepto de pobreza: la primera es la que
condiciona su manejo conceptual a un tratamiento numérico,
es decir, interpreta a la pobreza únicamente como una
variable estadística y, por tanto, como un factor despersonalizado
en otras palabras, despolitizado que puede impactar negativamente
a la racionalidad que domina la economía. Para la concepción
numérica, la pobreza adquiere valor real sólo en la medida
en que provoca disfuncionalidades dentro del sistema económico.
Lo anterior supone que cuestiones como el desempleo y
la contracción de los mercados pueden ser manejadas de
forma eficiente por el orden sistémico general, incluso
a largos plazos, gracias a que la centralización regional
de los capitales mantiene en equilibrio a la oferta y
a la demanda mundiales.
Partiendo de la visión numérica, las estrategias de combate
a la pobreza adquieren diferentes intensidades, dependiendo
de la forma en que la masa estadística desequilibre y
ponga en peligro a la estructura de distribución desigual
de privilegios. Los programas asistencialistas para la
supervivencia de los pobres en extremo, así como las políticas
de educación, salud y vivienda pública, que suponen un
manejo instrumental de la pobreza a favor de las clases
políticas y de los mercados financieros, se inscriben
dentro de una visión numérica de la pobreza.
La otra forma de interpretar la pobreza es subordinando
la visión estadística al acento sobre los actores, en
otras palabras, situando a los pobres como actores políticos.
Esta concepción supone que pobre no es solamente quien
no puede satisfacer sus necesidades básicas, sino aquél
al que se le masifica y se le excluye de la toma de decisiones
públicas, acentuando con ello su condición de marginado.
La pobreza vista desde los actores es también la descripción
del sometimiento de los individuos o de los grupos a los
imaginarios que el poder les impone y que reproduce sobre
ellos en forma de discursos legitimadores. El combate
a la pobreza desarrollado por esta postura plantea que
la estrategia consiste, principalmente, en la recuperación
de los capitales simbólicos y políticos que forman el
sentido del derecho de los ciudadanos. La participación
consciente de los pobres en los procesos democráticos
es en realidad el ejercicio de sus derechos políticos;
la mejora de sus condiciones de vida responde a la validez
de una serie de derechos sociales, económicos e incluso
comunitarios que deben traducirse en políticas públicas,
en la lógica de un Estado que obedece a las reglas de
un pacto social.
De las dos formas de interpretar la pobreza, el neoliberalismo
elige la conceptualización numérica, con las consecuencias
políticas que esto significa. Pero va aún más allá: la
teoría económica neoliberal plantea la existencia de una
"tasa natural de desempleo" como parte de las variables
numéricas de su estructura de poder. A diferencia del
liberalismo keynesiano, el cual reconocía en el desempleo
una disfuncionalidad del sistema económico y fijaba que
la meta del Estado benefactor era, precisamente, el alcance
del pleno empleo, el neoliberalismo deprime el mercado
de trabajo que es la principal fuente de ingreso de los
individuos en las economías modernas debido al gran avance
tecnológico sobre el que las gigantescas compañías transnacionales,
beneficiarias privadas del modelo, están sostenidas. El
neoliberalismo no sólo está en contra de la intervención
gubernamental que favorezca el empleo regulando al mercado,
sino que al plantear la existencia de esta tasa natural
de desempleo reconoce que alcanzar el pleno empleo es
imposible y la pobreza es parte "natural" o integra del
modelo. La pobreza tiene para los neoliberales una condición
de perpetuidad, ante la cual la respuesta gubernamental
cuando mucho puede llegar a ser el asistencialismo, ya
que, superando incluso la instrumentalidad propia de la
visión numérica, promueve la privatización de todas las
funciones públicas del Estado como la educación y la salud.
Por lo anterior, el neoliberalismo se ha transformado
en la actualidad en un verdadero discurso ideológico,
desde el cual la élite receptora de los beneficios justifica
la marginación económica de las grandes mayorías, utilizando
al libre mercado como su principal razón epistemológica,
a la vez que deslegitima todo cuestionamiento político
respecto de los impactos excluyentes que el sistema de
acumulación produce. La promesa de la recuperación a largo
plazo que los neoliberales sostienen de cara a las grandes
mayorías excluidas, es la teoría del goteo o del rebalse,
según la cual, si se permite que los más ricos concentren
aún más los beneficios económicos, llegará un momento
en que ya sea porque consideran que sus "necesidades"
están satisfechas, ya sea por su ambición de mayores beneficios,
fomentarán el desarrollo industrial, invertirán en nuevos
negocios y así crearan empleos. La condición clave para
que lleguen los nuevos empleos por medio del goteo es
permitir la acumulación y esperar pacientemente el rebalse.
La paciencia se asume, entonces, como una actitud política.
En ese sentido, la dinámica democrática del neoliberalismo
se transforma únicamente en una herramienta electoral,
implementada para manejar, a favor de los mercados, los
niveles de conflictividad social. De ahí que el principal
objetivo de los ejercicios democráticos que se promueven
desde esta ideología, sea garantizar la definición más
utilitaria de la gobernabilidad, es decir, la capacidad
de ejercer el gobierno y encuadrar a los gobernados, con
el fin de cumplir las metas que la clase política esgrime
como razones de Estado a favor de los mercados.
El tipo de democracia que produce el neoliberalismo es
una democracia que, paradójicamente, desarticula la verdadera
discusión política, al proteger al modelo económico de
todo cuestionamiento alternativo. Esta democracia protegida
es dirigida al más puro estilo conservador, donde el bien
común se equipara con el orden que la sociedad mantenga
frente a la voluntad de los mercados financieros, a fin
de garantizar la estabilidad de estos últimos. Para entender
el poder que los mercados mantienen sobre la vida democrática
actual, basta con observar la forma en que las decisiones
económicas de las grandes compañías transnacionales se
traducen en un voto virtual de apoyo o repudio a las políticas
nacionales; y así también verificar el nivel de influencia
que los organismos económicos internacionales como el
Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial y las
potencias hegemónicas agrupadas principalmente en el Grupo
de los 8 tienen sobre los proyectos de nación de los países
periféricos. Ante el poderío de estos "senados de las
escalas globales", el orden moderno del Estado está en
crisis y habrá que hacer coincidir al pueblo con el proyecto
y no al proyecto con el pueblo. De no darse dicha coincidencia,
la represión autoritaria que permita de nueva cuenta el
orden social será justificada por las fuerzas del mercado.