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Análisis
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GLOBALIZAR
LA RIQUEZA
Justicia Social en la era de la Globalización |
Este
es un ensayo, largamente esbozado, sobre por qué, a
pesar de que la riqueza económica en el mundo ha aumentado
a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial, aquélla
se ha reconcentrado consistentemente en una porción
cada vez más pequeña de la población,
y ha generado una tendencia de más de 20 años
de polarización económica, al aumentar los índices
de pobreza tanto en el Primer Mundo como en el Mundo en Desarrollo.
Sin ambages, el ensayo afirma que la pobreza en el mundo se
está exacerbando porque los dados están cargados
en favor de quienes detentan el poder político y económico.
Esto no es ninguna novedad, pero hoy en día existe
un acuerdo concreto en los centros de poder de las metrópolis
mundiales y de su periferia para expandir esta estructura
mediante la globalización del capitalismo mundial bajo
lo que se ha denominado "el consenso de Washington";
que no es otra cosa más que la institucionalización
a ultranza de un capitalismo neoliberal anglosajón,
en beneficio de las empresas transnacionales y sus asociados.
El problema es que el acuerdo ha sido impuesto y no elegido
por las sociedades civiles. Su imposición está
anclada en una gran campaña de desinformación
dirigida a convencer a la mayoría de que la libertad
de comercio y de inversión no puede más que
reforzar la libertad
social y el nivel de vida de todos los participantes. Esto
es posible porque los promotores de este "consenso"
están insertados en todas las estructuras que se han
ido construyendo para lograr la libertad, la justicia y el
bienestar de la sociedades capitalistas, al establecerse una
verdadera democracia y una sociedad civil abierta. Por lo
que, socavando estas estructuras, se han logrado colocar en
puntos claves donde manejan los hilos políticos de
las naciones en exclusivo beneficio de grupo, que no busca
otra cosa más que hacerse del mayor poder económico
a costa de la explotación racional de las mayorías.
El sistema económico actual ha sido impuesto en contra
de la voluntad de la mayor parte de las sociedades civiles
nacionales, porque las estructuras democráticas donde
supuestamente se asientan, han sido corrompidas o simplemente
nunca han llegado a consolidarse. Esto ha sido posible porque
las grandes mayorías han sido tan desinformadas y manipuladas,
a través de una propaganda incesante, que las ha llevado
a un profundo nivel de aturdimiento y de enajenación
que las incapacita para emitir elementos de juicio y de cuestionamiento.
Como resultado, estas mayorías, en gran medida, bajo
las condiciones actuales de rápido empobrecimiento,
sólo actúan por actos reflejos buscando sobrevivir.
El
enfoque del ensayo, sin embargo, no se aboca a ser un mero
documento de acusación de la globalización neoliberal,
tan denunciada casi universalmente en lo que va del año,
sino a proponer soluciones muy específicas para detener
la tendencia negativa que predomina. El ensayo, al enfocarse
en los elementos concretos que exacerban la brecha entre ricos
y pobres, presenta con claridad la adecuada solución.
Además, en su proposición, el ensayo argumenta
que ésta es la única solución real y
definitiva, sine qua non, cualquier otra medida, representaría
sólo un mitigador del sufrimiento de las mayorías,
pues las estructuras que generan pobreza no serían
desmanteladas. Finalmente, el ensayo concretiza su argumento
presentando acciones específicas para parar de lleno
la injusticia social sobre todo en países como el nuestro,
que no dejan de seguir en vías de desarrollo, porque
existe la voluntad de que esto permanezca como el status quo,
porque beneficia a una oligarquía mundial.
Parte
I. Marco de Referencia Ético
- Consideraciones
Políticas y Económicas.
Globalización
y Justicia Social
La
globalización neoliberal, definida por sus idólatras,
es un proceso a través del cual los postulados de
la teoría económica del neoliberalismo, dónde
todo recae en las libres fuerzas del mercado y del comercio
internacional abierto, genera la distribución más
eficiente de los recursos y, por lo tanto, alcanza el mejor
nivel de bienestar. Pero esto es cierto sólo desde
el ángulo de las corporaciones; pues desde una perspectiva
de justicia social, no alcanza absolutamente nada en términos
de distribución de la riqueza. Al contrario, aunque
puede acrecentar el nivel de riqueza de la economía,
el neoliberalismo reconcentra esta riqueza en menos manos,
haciendo a los ricos más ricos y a los pobres aún
más pobres. En el proceso de transición de
una economía cerrada a una abierta, la mayoría
de los países han permanecido varados durante muchos
años, y muchos han empeorado sus estadísticas
per capita de ingreso. Por eso, está claro que la
globalización de las economías del mundo no
ha beneficiado a nadie exceptuando a esos pocos privilegiados
miembros de los centros de poder tanto públicos y
privados como locales y globales. Por encima de todo, ha
beneficiado a las corporaciones transnacionales o TNLs y
a los gobiernos que las apoyan y protegen, tanto en sus
países de origen como en los países huéspedes,
quienes han implementado los cambios necesarios para que
éstas prosperen al máximo. Como dice Jo Marie
Griesgraber, Directora del proyecto "Repensando Bretton
Woods", del Center of Concern, una ONG comprometida
con la justicia social, de la Sociedad de Jesús en
Washington: Hay algo intrínsecamente malo con el
sistema financiero que resulta en, y perpetúa, las
siguientes obscenidades:1
*
En 1998 las 225 personas más ricas del mundo tienen
ahora una riqueza combinada de un billón de dólares
(doce ceros). Esto es igual al ingreso combinado de los
2,500 millones de personas de menor ingreso en el mundo.
*
La riqueza de los tres individuos más ricos del mundo,
excede actualmente el PIB combinado de los 48 países
menos desarrollados.
El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD)
reportó en 1996 que cien países están
en peores condiciones que hace quince años.
Hace tres décadas, la gente en los países
desarrollados estaban 30 veces mejor que en esos países
donde habita el 20% más pobre de la población
mundial. Para 1998 esa brecha se ha ensanchado 82 veces.
(según el Upstream Journal, Montreal Justice and
Peace Commission, June/July, 1999, p.15)
Griesgraber
denuncia además, que en la junta del G7 el
grupo de las siete mayores economías capitalistas
en Colonia, Alemania, en junio pasado, se le adjudicaron
al Foro de Estabilidad Financiera, recién creado
en la primavera por el comité ejecutivo del FMI,
nuevas responsabilidades. Este foro, formado por los ministros
de hacienda, los directores de las bancas centrales del
G7, los directores de los organismos que fijan las normas
de contabilidad, seguros, banca y bolsa, y por los directores
del FMI y del Banco Mundial, se reúne ahora semestralmente
para revisar y recomendar cambios al sistema financiero
global. Lo más cuestionable es que estas reuniones
se hacen en secreto, no se emiten minutas accesibles al
exterior y no se le rinden cuentas a nadie, en total violación
de las normas internacionales. Además, dice Griesgraber,
El acuerdo actual de los pocos ricos asegurando en secreto
la continuación de una distribución de poder
y de recursos de forma inequitativa, es una realidad que
deberá ser confrontada y cambiada. Esto no es una
posición resultado de la demencia de unos locos obsesionados
con alucinaciones de conspiraciones, sino un objetivo real
desde una perspectiva de justicia social.2
A
pesar de esto, los apologistas de la globalización
han presentado sus puntos de vista como un paradigma y como
un dogma, ya que argumentan que no hay otro camino para
alcanzar el mayor nivel de riqueza más que a través
del paradigma neoliberal, supuestamente, de laissez faire
(de dejar hacer). Para eso tratan de apoyarse en teorías
económicas como si fuesen postulados indisputables,
al afirmar que es un paradigma científico y, por
lo tanto, que no puede ser cuestionado. La teoría
económica neoliberal, supuestamente le endilga su
raíces a la teoría económica clásica
a partir de la filosofía económica de Adam
Smith. Esto en realidad es falso, pues los postulados de
Smith han sido conscientemente tergiversados. Al igual que
él, se argumenta que sólo los mercados
eficientes y competitivos pueden alcanzar el equilibrio
entre la oferta y la demanda y, por lo tanto, conseguir
la mejor asignación de los recursos; pero se omite
decir que el principal objetivo de este filósofo-economista
era lograr "el bienestar general de todos los rangos
de la sociedad,"3
y que, además, esto debería hacerse mediante
cientos de miles de pequeños empresarios y no mediante
enormes empresas monopólicas que antecedieron al
liberalismo económico durante el mercantilismo. Además,
para Smith, quien era el jefe de la cátedra de Filosofía
Moral de la Universidad de Glasgow, la economía liberal
no era el fin sino el vehículo para lograr el bienestar
de toda la sociedad. Sin embargo, esta tergiversación,
con pleno conocimiento de causa, ha sido la posición
de quienes han apoyado al paradigma neoliberal durante los
últimos veinticinco años. Pero conforme el
tiempo confirma que los pobres se empobrecen aún
más, que las clases medias se reducen en muchas economías,
incluyendo las de los países más ricos, que
los países de Europa Oriental están luchando
por salir a flote, que Rusia se está derrumbando
y que los países del sudoeste asiático y de
Iberoamérica sufren dramáticas recesiones
cíclicas, ha surgido un gran debate.
Los
Peligros de la Globalización
Es
muy irónico, sin embargo, que en este debate, algunas
de las personas que se han beneficiado al máximo
de este proceso, como George Soros, se hayan convertido
en críticos inusitados de la globalización.
Soros, el famoso especulador de bolsa, quién ganó
un millardo de libras en un día especulando con ella,
inició una crítica seria sobre el deterioro
endémico de las condiciones económicas mundiales
cuando en 1997 publicó un artículo titulado
"La Amenaza del Capitalismo" en la revista Atlantic
Monthly4 (más
recientemente publicó "La Crisis del Capitalismo
Global" dónde expande su debate). Soros ve inherente
al paradigma neoliberal una amenaza a lo que él define
como una sociedad abierta.5
Su crítica básica es que, en nombre de la
teoría económica neoliberal, como una ciencia
irrefutable, la esencia de la sociedad abierta que se basa
en libertad, democracia, valores sociales y el estado de
derecho, se ve amenazada al reducir a la sociedad a individuos
que se comportan exclusivamente en función de valores
monetarios. (Estás calificando a la sociedad abierta)
Los
peligros de desvirtuar los valores humanistas por estos
valores monetarios nos parece a muchos ciudadanos comunes
y corrientes harto evidente y comienza a influir en grado
importante en la opinión pública y esto está
trascendiendo también en las altas esferas del conocimiento.
En los círculos académicos, personajes como
el profesor Amartya Sen, Maestre del Trinity College en
Cambridge, Inglaterra, quien es el economista más
prominente en el estudio de las economía de la desigualdad
y el bienestar, ganó el premio Nobel en 1998. Este
hecho muestra un dramático contraste con el premio
en economía de 1997, otorgado a dos economistas por
sus supuestas contribuciones que inspiraron en parte las
modernas teorías de equilibrio aplica-das por la
recientemente quebrada corredora de fondos debido a su excesiva
especulación: Long-Term Capital Management. Esta
corredora se especializaba en manejar las carteras de inversiones
de grandes millonarios bajo estrategias de alto riesgo (hedge
funds). Estas estrategias estaban basadas en las mismas
teorías de eficiencia de mercado que dan forma al
actual neoli-beralismo. Pero como la teoría, que
no ciencia irrefutable, provocó un problema sistémico
que hubiese provocado pérdidas de muchos millardos,
tuvo que ser rescatada por el banco de la reserva estadounidense.
Y como comenta Soros, el mero hecho de la intervención
de la reserva federal para eliminar un problema sistémico,
es clara prueba de que la teoría económica
no tiene nada de ciencia irrefutable y sí todo de
mera teoría de una ciencia social. Así, después
de que en 1997 se premió a la especulación,
en 1998 el desastre económico y el rápido
ahondamiento de la pobreza tomaron el escenario central.
El
cambio tan diametral en el enfoque de quienes otorgan el
Nobel de Economía, es un signo inequívoco
de la preeminencia que ha tomado en el debate sobre desarrollo
económico la dramática situación de
la justicia social en el mundo. Tan es así, que el
debate ya es inevitable en las más altas esferas
de poder político-económico. ¿ Cómo
podrían evitarlo si el problema, muy a su pesar,
les está estallando en la cara? Desde 1998 Bill Clinton
y Tony Blair intentaron apaciguar los ánimos con
un pequeño subterfugio que han denominado la Tercera
Vía, que a estos tiempos vista, está claro
que no era más que un argucia para disfrazar al neoliberalismo
en piel de cordero. Al argumentar que la Tercera Vía
es un balance entre las necesidades de eficiencia de mercado
y las consideraciones de bienestar social, han intentado
calmar los crecientes reclamos que vienen de todos los sectores.
Pero al comprobarse que no se ha dado un paso atrás
en las medidas neoliberales de desmantelamiento de las redes
sociales de los estados y de la privatización y oligopolización
a ultranza, sus palabras han sonado totalmente huecas. El
Foro de Economía Mundial de Davos, Suiza, donde se
reúnen los capitanes de las principales transnacionales,
nombraron a su reunión de principios de año
"Globalidad Responsable" pero, como era de esperarse,
no ha pasado de ser una reunión de cínicos.
Al contrario de su retórica, hemos visto todo este
año una pertinaz insistencia en terminar de implantar
las estructuras necesarias para establecer un medio ambiente
económico idóneo para la operación
de las transnacionales. Y a pesar de las primeras derrotas,
los Estados Unidos continúan tratando de implantar
el Acuerdo Multilateral sobre Inversiones o MAI (por sus
siglas en inglés) que pretende dar una protección
inusitada, tanto a las inversiones directas como a las especulativas,
en detrimento de las economías domésticas,
al eliminar cualquier control al movimiento de inversiones
e imponer una protección total para las regalías,
licencias y otros derechos de sus empresas y marcas. El
acuerdo fue derrotado en la Organización para la
Cooperación Económica y el Desarrollo, OCED,
en buena parte, gracias a la presión de las ONGs,
pero ahora intentan implantarlo en la próxima reunión
de la Organización Mundial de Comercio, OMC, en Seattle
en el mes de noviembre.
Otra
clara evidencia del creciente clamor en contra de la globalización
neoliberal ha sido la actitud insegura, ante el irrefrenable
crecimiento de las críticas, por parte de las instituciones
encargadas de implantar el llamado "Consenso de Washington,"
es decir, el paradigma neoliberal. Estos organismos, los
llamados instituciones de Bretton Woods o por sus siglas
en inglés (BWIs), por el lugar de reunión
dónde se crearon en 1944: El FMI y el Banco Mundial,
han parecido capitular y contradecirse, debatiéndose
en la zozobra. Las llamadas BWIs han comenzado a hablar
de responsabilidad social y del énfasis en el combate
a la pobreza criticando mutuamente su desempeño al
respecto. El Banco Mundial acusa al FMI de recetar la "medicina"
errónea para llevar la salud económica a países
en desarrollo y a países ex-comunistas. Paradójicamente,
el economista en jefe del Banco Mundial, Joseph Stiglitz,
es el principal crítico del FMI y, según la
revista The Economist, el presidente del banco, James Wolfensohn,
comparte su opinión. Además, se dice que,
mientras que en la superficie la crítica yace estrictamente
en la esfera de gestión económica, en lo sutil,
las críticas incluyen la manipulación de estas
instituciones con fines geopolíticos, principalmente
de Estados Unidos. Concretamente, se les acusa de dejarse
controlar por los intereses estadounidenses, como en el
caso de la supuesta ayuda masiva a México en 1994,6
que no se hubiese dado sino por una decisión de rescatar
las pérdidas de los especuladores estadounidenses
que ahora seguiremos pagando los mexicanos durante los próximos
decenios. La decisión justa, legal y apropiada hubiese
sido que los inversionistas estadounidenses asumieran el
riesgo de su especulación perdiendo lo que habían
invertido y que ya no era recuperable en bolsa. En cambio,
se movilizó a la reserva federal estadounidense y
al FMI para organizar créditos suficientes para apalancar
a sus inversionistas con cargo a México. Sin embargo,
a pesar de las crecientes críticas a las BWIs, del
reconocimiento del fracaso de sus gestiones y de la creciente
autocrítica, no se ve en el horizonte ningún
cambio de fondo en su filosofía económica,
que sigue siendo estrictamente la receta neoliberal: economía
abierta, libre flujo de capitales, desmantelamiento del
estado de bienestar, protección total para los inversionistas
y sus marcas, mas no así para las sociedades civiles
anfitrionas y sus fuerzas de trabajo. Naturalmente, si estas
criticas y discordias, en parte reales y en parte mera retórica,
vienen de los centros de poder que promueven el laissez
faire, en el polo opuesto, tanto en los países pobres
como en los ricos, dónde la gran mayoría no
se ha beneficiado, es en donde se encuentra la oposición
más fuerte y auténtica a la actual globalización.
Injusticia
social impuesta por métodos no democráticos.
La
oposición a la globalización se centra en
dos factores principales. Primero, es crecientemente evidente
que el paradigma no ha cumplido con las expectativas ofrecidas
por quienes lo promueven y está generando tremendas
iniquidades tanto en los países ricos como en aquellos
en desarrollo. Además de que hay una creciente abundancia
de estudios muy serios que dan testimonio de estas tendencias,
los simples indicadores económicos de muchos países
ricos, empezando por Estados Unidos e Inglaterra, dan clara
fe del deterioro social; no se diga de los resultados en
los países del Tercer Mundo dónde esto es
dramáticamente evidente. En consecuencia, está
ahora claro que el paradigma neoliberal es inherentemente
injusto, porque ha sido pensado en beneficio exclusivo de
quienes lo gestaron: Los centros de poder económico
y político.
El
segundo factor de oposición yace en el hecho de que
este proceso no ha sido implementado de forma democrática.
Al contrario, éste ha sido impuesto por los centros
de poder en sus economías y en la periferia. Por
principio de cuentas, la globalización es intrínsecamente
antidemocrática porque su sólo significado
práctico va en contra de los conceptos de diversidad
de opciones y de una toma de decisiones consensuada. La
globalización neoliberal, por paradójico que
sea, es la "comunización" de un paradigma
que nada tiene que ver con la libertad de elegir en una
democracia, pues no admite el disentimiento. Paradójico
también porque su principal impulsor desde los templos
de la academia estadounidense, el economista Milton Friedman,
lo intentó justificar escribiendo un libro dirigido
al lector medio titulado precisamente "Libertad de
Elegir," que lo único que muestra es una consistencia
en la tergiversación consciente de los valores de
libertad y democracia. Así, globalizar significa
imponer una visión con una agenda de intereses que
premeditadamente asigna la función que jugará
cada país y su población, bajo unas reglas
diseñadas para beneficio de quienes las pretenden
imponer. La globalización neoliberal significa imponer
un concepto, una idea, un sistema, tangible o intangible,
de manera uniforme y en todas partes, sin importar lo que
sus recipientes opinen.
Tan
es así, que los gobiernos de los países periféricos
se han plegado a sus demandas sin discutir. Esto es fácilmente
explicable al entender que la democracia ha sido totalmente
traicionada. Ante una posición tan contundente de
las metrópolis capitalistas, apoyada por todo tipo
de instrumentos de coerción, la actitud de los gobiernos
de la mayoría de las pomposamente llamadas "economías
emergentes" no han hecho más que aceptar y,
en muchos casos, abrazar con gusto el neoliberalismo, porque
su primer objetivo es mantenerse en el poder. De esta forma,
al obtener su legitimación al apoyar la agenda económica
global del G7, los grupos en el poder de la periferia pueden
prescindir de buscar obtener la legitimación de sus
sociedades civiles mediante un proceso realmente democrático
y de competencia. El caso de México es al respecto
harto elocuente.
En
la mayoría de los países, la globalización
nunca ha sido presentada como un concepto económico
y mucho menos ha sido explicada. Jamás hemos visto
la fotografía completa. Si en México nos hemos
enterado de esta realidad, es porque, ante el constante
deterioro socioeconómico, la sociedad civil encabezada
por algunos investigadores sociales e intelectuales, por
las denuncias de las ONGs y por algunos partidos políticos,
nos hemos ido gradualmente informando y tomando conciencia.
Simultáneamente, ante tal avalancha de insatisfacciones
en todo el mundo, las críticas y las acciones de
todos los actores sociales nos han permitido ver que esto
es un problema mundial y estamos viendo como la prensa extranjera,
la prensa local y el internet le dedican una amplia cobertura.
Esta toma de conciencia ha sido gradual porque, en la mayoría
de los casos, los gobiernos simplemente han implementado
las medidas necesarias para este proceso, mientras que las
explicaciones sólo han sido sobre aspectos aislados
y fuera de contexto sin ninguna alusión al escenario
principal de la economía global y sus implicaciones
sociales. En México y en las otras "economías
emergentes," ha sido un esfuerzo conjunto de los centros
de poder mundial utilizar al FMI y al Banco Mundial para
imponer el Neoliberalismo. Por eso, desde hace años
estos organismos se han convertido en los villanos de los
países en desarrollo y se les ha acusado de abandonar
sus funciones originales de estabilidad monetaria para el
FMI, y de desarrollo económico para el Banco Mundial.
Se les acusa, con justa razón, de que han condicionado
sus funciones a la aceptación del paradigma neoliberal
por parte de los países en necesidad de financiamiento.
EL FMI, en particular, ha sido fuertemente criticado por
sujetarse a los intereses hegemónicos imperialistas
de los Estados Unidos para empujar la liberalización
de los mercados mundiales donde sus transnacionales obtienen
amplias ventajas competitivas. Por supuesto, esto no libera
de culpa a los gobiernos prestatarios, pues en la mayoría
de los casos, el caos económico en que metieron a
sus países se debió a la falta de capacidad
de gestión, a una gran negligencia y a una voraz
corrupción. Esto explica porqué para gobiernos
que detentan las oligarquías locales aglutinadas
en partidos como el PRI, es mucho más inteligente
aliarse a Estados Unidos y sus intereses hegemónicos,
en lugar de defender a sus sociedades civiles. De hacerlo,
primero tendrían que afrontar las consecuencias de
negarse a aceptar el condicionamiento de los organismos
del "Consenso de Washington", defender su economía
ante el ostracismo financiero y aguantar los ataques desestabilizadores
de los perjudicados: los Estados Unidos y sus transnacionales
y la clase empresarial local; quienes les retirarían
su apoyo y los obligarían a jugar un juego electoral
abierto, donde los agraviados buscarían manipular
los procesos en favor de quienes sí se plegaran a
sus intereses.
Un
conflicto de intereses
A
pesar de las críticas, los promotores del "Consenso
de Washington" insisten en que el libre comercio y
la completa desregulación y apertura económica
en todas partes, es el único camino a un sistema
económico eficiente. Pero, ¿qué quieren
decir con eficiente? Eficiente en el contexto neoclásico
neoliberal quiere decir que la ley de la oferta y la demanda
fija las compensaciones de los factores de la producción
de una forma totalmente libre, precisamente en función
de la disponibilidad de esa oferta y esa demanda. Esto implica
que las rentas de los dueños del capital así
como los costos de quienes proporcionan el trabajo se rigen
de acuerdo a esas demandas y disponibilidades. Sin embargo,
lo que no dicen es que las reglas para determinar los costos
laborales y las rentas de los dueños del capital
no se aplican de la misma forma en el Primer Mundo que en
el Tercer Mundo. Es decir, en el Primer Mundo, debido a
la consolidación de la democracia y de sus logros
alcanzados específicamente en materia laboral, los
costos de mano de obra han llegado al nivel de lo que Marx
llamaba salarios éticos y que hoy en día en
Estados Unidos se les denomina como salarios dignos (living
wages). Esto es, salarios que permiten a los trabajadores
proveer a su familia con las necesidades básicas:
vivienda con equipamiento moderno y construcción
legal, electricidad, agua potable, drenaje, gas, ropa, alimentos
y acceso a educación y servicios de salud eficientes
y confiables. En el Mundo en Desarrollo, en cambio, los
salarios son los mismos salarios de miseria que existían
durante la revolución industrial en Inglaterra o
la llamada "Edad Dorada" (Gilded Age) en Estados
Unidos, antes de las victorias sociales que generó
la democracia, y que no proveen la capacidad de cubrir las
necesidades mínimas del individuo. Los dados por
tanto están cargados en favor de los países
del Primer Mundo con la intención ex profeso de mantener
el orden establecido en la distribución internacional
del trabajo de la también llamada "nueva economía",
que los beneficia unilateralmente. Esta es la verdadera
razón de su insistente dogmatismo sobre los caminos
hacia el desarrollo económico. El Consenso de Washington,
en su contexto más amplio, es el mote dado a la agenda
neoliberal para un orden económico global, con los
BWIs como sus principales vehículos de ejecución.
Y se le llama de Washington porque el principal beneficiario
es, por supuesto, Estados Unidos y porque ésta es
la sede de los BWIs.
Es
importante también entender que el neoliberalismo
económico es, por lógica, un paradigma netamente
anglosajón a partir del predominio económico
inglés, primero, y, después, estadounidense.
Desde el surgimiento del imperio inglés, posterior
al surgimiento de la filosofía liberal inglesa de
las plumas de Hume y Locke, la filosofía económica
inglesa ha tenido gran influencia en el desarrollo del capitalismo
mundial. El liberalismo económico que inició
su gran impulso con Adam Smith en Escocia con su famosísima
"Investigaciones Sobre la Naturaleza y las Causas de
la Riqueza de las Naciones" en 1776, y con el enciclopedismo
francés, con sus "Fisiócratas" autollamados
"economistas", creadores de la "Tableau Economique",
quienes eran contemporáneos y amigos de Smith, buscaba
liberar a sus sociedades del absolutismo ilustrado, que
en términos económicos se ejercía a
través del llamado mercantilismo. Este mercantilismo
estaba constituido por los monopolios que las monarquías
y aristocracias explotaban en sociedad. Estas eran las famosas
compañías de especies tales como las compañías
francesas e inglesas de la India Oriental. Por eso, el verdadero
sentido de liberalismo original era terminar con los monopolios
e impulsar el crecimiento económico a través
de la libertad de decenas de miles de pequeños empresarios
para buscar individualmente su propio interés. La
filosofía inglesa de David Hume, impulsora del individualismo,
tuvo gran influencia tanto en Smith como en Quesney y sus
"Fisiócratas" franceses y, posteriormente,
en David Ricardo, Jeremy Bentham y su utilitarianismo y,
por supuesto, en John Stuart Mill ,para el desarrollo de
la filosofía económica liberal clásica.
El aspecto más importante de sus ideas, era el hilo
conductor que los unía, sobre todo a Smith y a Stuart
Mill, hacia la búsqueda del bien común. Sin
embargo, a pesar de esta importante influencia, el verdadero
capitalismo inglés se convirtió, en su praxis,
en la explotación macabra del hombre por el hombre,
tan bien descrita en las fábricas textileras de la
prosa dickensiana, donde el surgimiento de las grandes fabricas
de la revolución industrial iban paulatinamente reduciendo
el espacio del pequeño empresario. No fue hasta las
grandes revueltas de 1848 y de la aprobación de las
Leyes de Pobres que las cosas empezaron a mejorar. Sin embargo,
al tiempo que el imperio inglés llegaba a su cúspide
en la era victoriana, el imperio estadounidense surgía
en forma embrionaria con la formación de los grandes
trusts monopólicos y salvajes. Estos trusts fueron,
a la postre, a partir de la guerra con España en
1898, los precursores de las grandes transnacionales y del
nuevo imperialismo anglosajón que hoy vivimos. El
hilo conductor de éste, es el trastocamiento del
liberalismo original por la filosofía del "Darwinismo
Social", de la supervivencia del más apto, impulsada
por los ingleses Herbert Spencer y Walter Bagehot, éste
último, editor por largos años de la revista
The Economist. La gran diferencia es que, mientras con Adam
Smith y los clásicos se buscaba liberal al individuo
como prerequisito para el bien común, en el segundo
se busca el individualismo exacerbado para conseguir el
propio beneficio a expensas de los demás, como resultado
de la lucha por la supervivencia del más apto. Esta
es la filosofía capitalista que reinó en Inglaterra
hasta la Primera Guerra Mundial y en Estados Unidos hasta
la llegada de la Gran Depresión, cuando Franklin
Roosevelt instituyó el Estado de Bienestar como una
responsabilidad inherente a los gobiernos democráticos,
bajo una filosofía económica keynesiana, del
también inglés: John Maynard Keynes. A partir
de la Segunda Guerra Mundial, el paradigma económico
keynesiano, con los gobiernos como agentes responsables
de intervenir en la economía para eliminar los excesos
del capitalismo y balancear la economía en favor
del bien común mediante un estrategia económica
de demanda, dominó durante treinta años de
posguerra. Pero a partir de que Nixon separó al dólar
del patrón oro, en 1971, debido a los crecientes
déficits y presiones inflacionarias generadas por
la guerra de Vietnam y a las alzas del precio del petróleo
como represalia tercermundista a un sistema económico
(el de Bretton Woods) hecho en beneficio de los productos
manufacturados del Primer Mundo y en detrimento de los productos
primarios del Tercer Mundo, se generó una recesión
que terminó con el keynesianismo y dio entrada al
monetarismo neoliberal. Así, exceptuando treinta
años de posguerra donde se dio énfasis a la
reconstrucción de Europa y Japón y a la recuperación
de sus mercados y de la demanda agregada, hemos vuelto a
un ethos de liberalismo trastocado, hecho a imagen y semejanza
del darwinismo social de antaño, de la filosofía
anglosajona del indivi-dualismo exacerbado y del dominio
del más fuerte en términos de oligopolios
transnacionales en detrimento de la pequeña y mediana
empresa, que en todo el mundo capitalista ha sido la principal
generadora de empleos. Hago énfasis en el hecho de
que hoy en día se vive un capitalismo bajo una concepción
anglosajona del mundo, para hacer ver que esa concepción,
basada en la ley del más fuerte, de quien vence sujetando
o destruyendo a la mayoría, no puede beneficiar más
que a unos pocos porque esa es su cualidad natural. Esos
pocos, son sus diseñadores y sus principales socios,
el grupo de los siete: EEUU, Inglaterra, Canadá,
Japón, Alemania, Francia e Italia y el resto de los
países europeos con democracias maduras y economías
desarrolladas. De esta forma, el actual paradigma anglosajón
"darwinista", para diferenciarlo del también
paradigma anglosajón keynesiano, con responsabilidad
social, es el descendiente directo del mercantilismo absolutista
y de las empresas dickensianas de la revolución industrial
y de los trusts estadounidense de fines del XIX; y está
diseñado para forjar sus fortu-nas, en una parte
muy importante, extrayendo la riqueza de los países
periféricos de forma totalmente explotadora y amoral.
Cabe
entonces preguntarse si no existe un gran conflicto de intereses
entre la agenda neoliberal, hegemónica, diseñada
para beneficio principal de las transnacionales anglosajonas
y los intereses de las sociedades civiles del mundo periférico.
¿Es, realmente, un sistema de economía eficiente,
tan importante para estas sociedades periféricas
como lo es para los centro de poder económico mundial?
Evidentemente no lo es, porque, primeramente, existe una
brecha abismal en el nivel de desarrollo social y democrático
entre el centro y la periferia; y, por consiguiente, los
términos de eficiencia, para esta última están
basados en la asignación de un costo laboral insultantemente
injusto en contraste con los costos adjudicables al factor
laboral en el Primer Mundo. Pero, por encima de esto, debemos
considerar que el objetivo de la economía global
neoliberal de alcanzar la máxima eficiencia se mueve
en dirección opuesta a los objetivos de justicia
social tanto en las potencias económicas como en
la periferia. Porque la búsqueda de la máxima
eficiencia siempre se alcanza, en primera instancia, eliminando
empleo mediante el recorte de personal para aumentar utilidades
y, secundariamente, mediante el desarrollo tecnológico
y la reingeniería de procesos. Por eso existe un
gran conflicto de intereses. La globalización que
abre los mercados de consumo, de mano de obra y de recursos
naturales al libre comercio y la inversión, es un
ethos ideal para la prosperidad de las TNLs. En este ethos
éstas pueden escoger los mercados y los ambientes
económicos para la inversión sin ningún
tipo de corresponsabilidad. En el momento que no les satisfaga
la política fiscal o las demandas salariales se pueden
mudar a otro ambiente más "amigable". En
teoría económica, el capital, la mano de obra
y las materias primas son los factores de la producción.
Pero en el neoliberalismo la mano de obra, es decir: nuestros
congéneres seres humanos, son reducidos al valor
de un producto primario. Yo considero que esto es inmoral.
Pues no se pueden reducir a simples fórmulas la suerte
de miles de millones de personas que son convertidas en
sujetos de una visión basada en un colección
de principios que erigen a la acumulación de riqueza
como su valor central. Esta visión se desentiende
de la necesidad de la solidaridad humana y afirma que el
camino correcto es aquel en el que los individuos se hacen
responsables de sí mismos y cuidan, individualmente,
de su propio interés. Pero el argumento del individualismo
abre el camino para que las corporaciones alcancen la máxima
eficiencia al asegurar el costo más bajo de mano
de obra bajo términos de explotación infrahumana.
Lo más incongruente de todo esto es que las corporaciones
no son individuos, sino organismos que creen tener el derecho
de conducirse bajo circunstancias de privilegio frente a
los individuos. Los individuos deben ser individualistas
y rechazar la solidaridad pero ellas sí pueden actuar
como colectividades todo poderosas. Este es el motivo real
detrás de la presión que los centros de poder
ejercen en la periferia para la apertura de los mercados,
a la vez que muestra la lógica racional oculta detrás
del neoliberalismo económico. Las TNLs sólo
alcanzan la eficiencia máxima a expensas de la justicia
social. Por lo que, para cada sociedad civil, el permitir
o no que se alcance esta meta a expensas de la justicia
social, se convierte en una cuestión de ética
social y de voluntad política.
Como
Ocurre la Explotación
La
globalización la imponen, como ya se ha dicho anteriormente,
los centros de poder a través de las instituciones
de Bretton Woods, sobre las cuales Estados Unidos tiene
completo control. Esta imposición es posible debido
a la combinación de efectos que en el desarrollo
económico ha tenido la corrupción institucionalizada,
la negligencia e incapacidad en la gestión y el capitalismo
entre "amigotes", que priva en muchos países
en desarrollo, dentro de los cuales México, por supuesto,
se disputa el estrellato. Esta combinación ha llevado
a muchos países a tener a sus economías postradas
en la bancarrota y en la necesidad de endeudamiento para
apalancarlas muy por encima de sus capacidades, lo que impide
que puedan resistir la imposición de condicionamientos
en los financiamientos, a la aceptación del paradigma
neoliberal.
La
consecuente apertura, además de desaparecer a una
buena parte de su base industrial doméstica, perpetúa
la situación de pobreza de la clase trabajadora,
ya que el principal motivo para la inversión extranjera
directa es eficientar su operación global vía
el aseguramiento de los costos laborales más bajos
del mercado. En el caso de México, esto es especialmente
cierto, por ser la frontera entre el Tercer Mundo y la economía
más grande del planeta y por el establecimiento del
TLC. Así mismo, con esta apertura de las economías
en el mundo en desarrollo, pasando de la estrategia de sustitución
de importaciones al neoliberalismo, se genera una competencia
para atraer inversión directa a través de
devaluaciones competitivas y de mantener al sector obrero
maniatado a sueldos de miseria. Esta competencia, por captar
inversión directa ofreciendo a las TNLs costos de
inversión y de operación lo más atractivos
posibles, provoca a su vez un círculo vicioso en
el endeudamiento, ya que las TNLs se llevan la mayor parte
de la plusvalía y poco se queda como demanda agregada
en el mercado. Así, entre el pago de intereses de
deuda y de cierta amortización del principal de las
deudas públicas y privadas, y de las transferencias
de capital de las TNLs a sus matrices por concepto de regalías,
licencias y utilidades, la transferencia de capital es negativa
para los países en desarrollo, en la mayoría
de los casos. En el caso de México, esta tendencia
es todavía mas exacerbada, por su situación
geográfica, con el desarrollo de la industria maquiladora
que actualmente emplea a más de un millón
de trabajadores. Las maquiladoras que después de
cuarenta años de existencia promedian un 2% de contenido
local, a los únicos que benefician en México
son a los gobiernos y a los empresarios de los parques industriales
y de las empresas que maquilan. Con seguridad no hay ejemplo
más ilustrativo de la explotación dickensiana
de la mano de obra mexicana, a manos de TNLs que pagan sueldos
diez o más veces superiores en el Primer Mundo, que
la mano de obra de maquila. Explotación que además
cuenta con la solidaria y patriótica cooperación
de los gobiernos federales, estatales y municipales, quienes
se encargan de proveer todo tipo de incentivos a las empresas
extranjeras, incluyendo garantías para impedir cualquier
actividad sindical.
Esta
última cuestión no debe interpretarse a favor
de la sustitución de importaciones. Indudablemente,
la apertura de mercados obliga a que las empresas se vuelvan
competitivas mientras que una política aislacionista
puede perpetuar el conformismo empresarial. Sin embargo,
el fracaso del modelo de desarrollo estabilizador vía
sustitución de importaciones en México, se
dio no por fallas inherentes al concepto, sino porque era
un modelo hecho para ordeñar la mano de obra y el
mercado por parte de una clase oligárquica que en
compadrazgo con el gobierno tenía el pastel servido
y obtenía grandes ganancias sin gran esfuerzo. Si
no se era eficiente en los procesos, ni en la tecnología,
ni se producía con calidad, se era, y se sigue siendo,
sumamente eficiente en el costo de mano de obra, lo que
permitía obtener buenas utilidades.
Independientemente
de que, por razones geopolíticas, países como
Japón, Corea del Sur y Taiwan gozaron por muchos
años de términos de comercio asimétricos
con Estados Unidos, que jamás ha disfrutado ningún
país de Iberoamérica, los resultados de su
periodo de sustitución de importaciones fue muy distinto.
Japón ha fincado su gran competitividad en la sustitución
de importaciones y luego en su gran poder exportador. Así,
hoy por hoy, Japón sigue siendo, esencialmente, un
exportador de manufacturas e importador de materias primas,
y todavía mantiene una economía muy cerrada
a pesar de la presión estadounidense en sentido contrario.
Su éxito, se ha basado en educar a su capital humano
y en ofrecer sueldos dignos a sus trabajadores, teniendo
como meta el pleno empleo garantizado; lo que les permitió
generar una demanda agregada sobre la que ha estado anclado
el desarrollo de su competitividad industrial. Además,
sus empresas trabajan en cadenas de producción: Los
Keiretsus, con el sólo fin nacionalista de proteger
su fuerza económica y su competitividad. Los Coreanos,
además de emular parcialmente el método japonés,
cuando su modelo de sustitución de importaciones
llego a sus límites, no se abrió ni indiscriminadamente
ni abruptamente. Se ha abierto de una manera selectiva enfocada
a apoyar sobre todo a la industria de exportación;
una industria de exportación local y no transnacional.
En estos países, el capitalismo es resultado de culturas
producto de un sincretismo confusionista, budista, sintoísta,
y de otras religiones regionales que tienen como común
denominador una ética comunitaria, que en términos
económicos se traduce en la búsqueda del pleno
empleo, elemento que además era un objetivo central
del paradigma keynesiano que duró hasta fines de
los 70s.
Si
comparamos esto con México, vemos primero que no
existe un capitalismo de estilo comunitario, sino una adaptación
del capitalismo estadounidense, de aves de rapiña,
con lo cual se trata a la mano de obra como el factor más
explotable. Es por esto que nuestra apertura comercial ha
sido en gran parte abrupta e indiscriminada, sin ningún
tipo de consideración social, ni de competencia,
motivada puramente por intereses de grupo en el poder, que
decidieron insertar a México en la nueva división
internacional del trabajo, bajo el modelo neoliberal como
proveedores de mano de obra 100% explotable al mas ínfimo
costo. Todo esto hecho para asegurar el apoyo estadounidense
para mantenerse en el poder. Así, la sustitución
de importaciones no es intrínsecamente negativa para
el desarrollo. Esta sustitución ha sido una excelente
etapa de desarrollo para varios países Asiáticos
porque se ha aplicado con criterios realmente nacionalistas
y no oligárquicos como en Iberoamérica. El
que el gobierno y gran parte del sector privado denuesten
esta estrategia ,ha sido una simple excusa para imponer
el neoliberalismo por así convenir a sus intereses,
y porque, efectivamente, la sustitución de importaciones
a la mexicana, no podía ni generar gran riqueza ni
redistribuirla mientras el factor laboral siguiese financiando
a la oligarquía nacional. No lo va a hacer tampoco
el neoliberalismo, sólo se le ha dado gusto al imperio
estadounidense, con tal de mantenerse en el poder.
Falacias
de la Competitividad
Como
es lógico, el impulso hacia la competitividad ocurre
de una forma que brinda mínimos beneficios a la mayoría
de la población de los países en desarrollo.
Es incuestionable que en el capitalismo la eficiencia y
la competitividad son de suma importancia. Pero si la eficiencia
significa mantener a los trabajadores de las TNLs en el
Tercer Mundo ganando una décima parte de lo que ganan
sus contrapartes en las "metrópolis", y
sin embargo, las corporaciones obtienen los mismos niveles
de calidad en la producción, entonces el tan cacareado
principio de equilibrio entre la oferta y la demanda, que
argumentan quienes apoyan el neoliberalismo, es una falacia
y una argucia. Esto es cierto no sólo por su carencia
de veracidad científica, como George Soros ha demostrado,
sino también porque los salarios que pagan las TNLs
en el Primer Mundo son diametralmente diferentes de los
que pagan en la periferia por hacer exactamente el mismo
trabajo. El argumento consiste en que si estamos viviendo
en una economía global, ¿no deberíamos
de estar utilizando una sola ecuación global de la
oferta y la demanda? El hecho es que los mercados no operan
en un vacío aislados del resto de las fuerzas sociales.
Y, por lo tanto, es sólo en la periferia, con democracias
incipientes y capitalismo de compadres, donde las corporaciones
tienen el poder para deprimir el costo laboral a su ínfimo
nivel, y subsidiar en la práctica los costos muchos
más altos pagados a los trabajadores que ellos eligen
mantener empleados en los países desarrollados.
Esto
es directamente el resultado de una explotación rapaz
reminiscente de la revolución industrial mediante
una estrategia concebida ex profeso para beneficiar sólo
a los poderosos, sean individuos o sus corporaciones y los
gobiernos nacionales. No es de extrañar, en consecuencia,
que en la teoría del neoliberalismo no haya mención
sobre la distribución de la riqueza, en términos
de permitir que la oferta y la demanda sean manejadas bajo
términos equitativos. Al contrario, la redistribución
de la riqueza representa un anatema en este ethos, pues
hoy por hoy, el viejo adagio de la máxima utilidad
con el mínimo esfuerzo sigue siendo el fin central
del neoliberalismo por lo que el mismo producto no debe
de costar lo mismo producirse en todas partes. Como resultado,
todo mundo pierde excepto las TNLs y sus socios. El trabajador
del Primer Mundo pierde su empleo porque es transferido
a la periferia y ésta permanece bajo una pobreza
abyecta, ganando menos de una décima parte de lo
que solía costar en el "Norte". Así,
nos enfrentamos a una clara estrategia para regresar a la
época de los imperios coloniales del mercantilismo
y del capitalismo rapaz.
- Principios
de Justicia Social y Democracia.
La
iniquidad nunca se elige mientras que la coexistencia sí.
El
capitalismo es el sistema menos imperfecto de coexistencia
en nuestra sociedad postmoderna. Su virtud más importante,
en su sentido más llano, es la oportunidad del individuo
de libremente desarrollar sus talentos y ganarse la vida con
ellos, en sintonía con la naturaleza humana. Pero los
valores capitalistas no pueden prevalecer sobre los valores
democráticos y el valor moral de la solidaridad humana,
porque la gente no goza de las mismas oportunidades ni compite
bajo términos de equidad. Este es el principio central
de este ensayo. La iniquidad ha sido una condición
humana desde el inicio de su historia. Además, las
personas no eligen las condiciones socioeconómicas
ni políticas donde nacen. Esto es una realidad insoslayable.
Sin embargo, si nosotros aspiramos a una coexistencia pacífica,
no podemos permitir una visión darwiniana del capitalismo,
donde la supervivencia económica del más apto
prevalezca. Porque si rechazamos la solidaridad humana y la
coexistencia pacífica entonces sólo podremos
esperar un conflicto sin tregua así como la destrucción
humana. Uno de los errores constantes en la historia de las
sociedades humanas es que tendemos, demasiado fácilmente,
a reclamar poseer la verdad última. Y en ese proceso
hemos estado muy predispuestos a movernos a los extremos con
fatales consecuencias. Por lo que, a pesar de lo imperfecto
que la teoría económica capitalista y nuestro
pensamiento colectivo sobre las ideas de desarrollo social
puedan ser, deberemos reconocer que tomar los mejores conceptos
de ambas nos aproximarían, de la manera más
sensata, a la concepción mejor balanceada sobre el
camino correcto hacia el desarrollo social.
Desafortunadamente,
después de la caída del bloque soviético,
hemos experimentado un endurecimiento del capitalismo comparable
a aquel de la revolución industrial. Por tanto debemos
de encontrar la forma de eliminar todos sus efectos negativos
creando un balance entre una economía de mercados abiertos
y las responsabilidades sociables, insoslayables, que cada
gobierno, cada multinacional y cada organización económica
o política debe de tener. Sin embargo, la mayor parte
de estas responsabilidades sociales han sido abandonadas en
pos de acrecentar ininterrumpidamente la riqueza de los accionistas
de las corporaciones, quienes demandan cada vez mayores dividendos
a expensas del trabajo humano, sin ningún escrúpulo.
Y, por supuesto, no se piensa, ni por un instante, en la redistribución
de la riqueza. Por lo tanto, junto con una rehabilitación
de la democracia, los esfuerzos claves deberán ser
concentrados en la redistribución ya que al redistribuir
la riqueza, el trabajo y el capital se beneficiarán
conjuntamente, fortaleciendo aún más el valor
del mercado.
La
Redistribución de la Riqueza es la Llave para Alcanzar
la Justicia Social.
Que
redistribuir la riqueza es la única solución
real y permanente es incuestionable, y por tanto, debemos
concentrarnos en cómo redistribuirla. Muchos gobiernos,
incluyendo el mexicano, destinan presupuestos a mitigar la
pobreza. En muchos casos, lo hacen con medidas de corte auténticamente
populista y manipuladoras del voto ciudadano de aquellos en
mayor desgracia económica. Así, los gobiernos
priístas que tanto han criticado los subsidios y han
reducido al mínimo el nivel de protección social
para los más desposeídos, por considerarlos
contrarios al paradigma neoliberal, condicionan por otro lado
e hipócritamente, la asistencia social al monopolio
electoral de la intención de voto de los agraciados.
De este modo, los programas especiales de ayuda social, como
Solidaridad o el Progresa, dirigidos a complementar el gasto
familiar, son manejados con todo tipo de artimañas
propagandísticas y manipuladoras a favor del PRI. Sin
embargo, aún en los casos en que las redes de protección
social, destinadas a amparar a los más desprotegidos,
sí son aplicadas de una manera ética, profesional
y con verdadera vocación de asistencia, éstas
no pueden resolver en nada el problema de la pobreza. Todos
los programas de ayuda social en el mundo, sea que vengan
de Naciones Unidas, de otros organismos o de los propios gobiernos,
no pueden disminuir la pobreza porque no están dirigidos
a atacar los elementos que la generan. Lo único que
pueden hacer todos estos programas, es mitigar el sufrimiento
de la pobreza. Son mitigadores de ella, no eliminadores de
la misma o redistribuidores de riqueza. Que dichos programas
son necesarios dadas las condiciones actuales, es evidente;
pero ésta no es ninguna solución aunque muchos
gobiernos pretendan hacer creer que a través de estas
acciones están cumpliendo con su responsabilidad de
abatir la pobreza. El problema de la pobreza en el sistema
capitalista es endémico; y sólo manteniendo
un balance entre los factores de la producción y controlando
los excesos de quienes detentan el poder, mediante acciones
concretas para redistribuir la riqueza, es posible eliminar
la pobreza. Si la estructura económica de un país
genera demasiada pobreza, la única manera de disminuirla
es modificando las estructuras de producción económica.
Dicho de otra manera, la única forma es hacer que quienes
tienen mucho tengan menos y los que posean menos, tengan más.
Si en un país como México se genera tal reconcentración
de la riqueza hasta el grado que buen número de nuestros
millonarios ingresan al club de los hombres más ricos
del mundo, mientras se acrecienta la pobreza de la mayoría,
es evidente que existe una relación increíblemente
injusta entre los factores de capital y trabajo, donde la
mayor parte del valor agregado generado por los trabajadores
se lo lleva el capital. En el neoliberalismo, el término
de laissez faire se ha manipulado para maliciosamente argumentar
que todo se debe dejar a las libres fuerzas del mercado porque
una mano invisible hará que toda la riqueza que se
genere se filtre de arriba hacia abajo, por fuerza de gravedad,
y baje en cascada. Es lo que George Bush llamaba the trickle
down economy, la economía por goteo, cuando se sabe
perfectamente, a partir del keynesianismo del Nuevo Trato,
que la única manera de redistribuir la riqueza es a
través de la muy visible mano del estado, que deberá
actuar como agente regulador. Invariablemente, en la historia
del capitalismo de los últimos doscientos cincuenta
años, se ha comprobado que cuando el gobierno se abstrae
de intervenir en la economía, la iniquidad entre ricos
y pobres se dispara. Por eso, la riqueza no se puede dejar
a las leyes de gravedad porque quienes detentan el poder económico
saben muy bien que no depende de eso, sino de su voluntad
de ceder la parte que justamente corresponde al factor trabajo
por la plusvalía de su labor. Esto, el pago de un salario
digno, con el que se puede vivir dignamente, valga la redundancia,
se logra sólo con un gobierno democrático que
se sienta responsable de rendir cuentas a toda la sociedad
civil. Por eso, la riqueza no se distribuye en cascada sino
desde la base en el momento mismo en que el trabajo y el capital
generan riqueza. En México, no está de más
repetir que no hay una democracia sin ambages y que los gobiernos
de los últimos dieciocho años no han hecho otra
cosa más que, con plena convicción, tomar las
medidas económicas que les permiten mantenerse en el
poder. Por supuesto, Maquiavelo los comprendería. Así,
los gobiernos tienen plena conciencia de que la brecha se
ha ensanchado tanto que ya se ha formado un "Cuarto Mundo"
de cincuenta millones de mexicanos que viven en la pobreza
más abyecta. En veinte años nuestros gobiernos
autocráticos y sectarios nos han hecho retroceder cien
años situándonos en una realidad con un grado
de disparidad social tan dramática como en el porfirismo.
Como consecuencia, debe quedar claro que no hay verdadera
solución a la pobreza más que la redistribución
de la riqueza. Todas las demás opciones, o son mitigadores
de la pobreza o soslayan el origen de la misma.
Debido
a que no hay otra solución verdadera a la creciente
pobreza en el mundo capitalista más que la redistribución
de la riqueza, las corporaciones y las instituciones financieras
internacionales deben de ser influenciadas para que amplíen
sus perspectivas para que el capital humano reciba un valor
justo. Si todos los sectores de la sociedad se comprometieran
a la redistribución mencionada estaríamos reduciendo
la brecha entre ricos y pobres al tiempo que generaríamos
un mercado mucho más fuerte. Sin embargo, las corporaciones
y los accionistas no ven mérito, para sus propias ambiciones,
en cobrar menores márgenes de utilidad de mercados
con muchos más consumidores disfrutando de un buen
poder de compra, que márgenes más altos de mercados
raquíticos con clases medias que están desapareciendo.
De hecho, las TNLs están mucho más interesadas
en el Tercer Mundo por la posibilidad de explotar al máximo
a su fuerza laboral, que por la posibilidad de desarrollar
nuevos mercados para sus productos o servicios. Su objetivo
es maximizar utilidades en sus mercados del Primer Mundo colapsando
los costos de producción en sus fábricas del
Tercer Mundo. Es evidente que todos sus pensamientos están
dominados por intereses cortoplacistas. Desde que el control
de las TNLs pasó de los altos ejecutivos a los inversionistas
institucionales en los mercados de valores éstas se
rigen por expectativas inmediatas de modo que no hay espacio
para pensar visionaria y solidariamente porque redistribuir
la riqueza y crear un mercado substancialmente mayor, con
seguridad, tomaría toda una generación y un
compromiso sostenido.
La
globalización es tan perniciosa que muchas organizaciones
dedican toda su energía a mitigar sus efectos negativos,
pero el mitigarlos no elimina un orden injusto. En su lugar,
es con los organismos financieros internacionales donde está
la oportunidad de cambiar este orden, a nivel macroeconómico,
y hacer que estos cambios ocurran más pronto que por
cualquier otro medio. En el mundo ya no tenemos mucho tiempo
que perder, en términos de sufrimiento humano, antes
de que se tomen verdaderas acciones para cambiar el status
quo. Al mismo tiempo, a nivel microeconómico, es con
las multinacionales donde podemos lograr los mejores avances
al forzarlas a compensar de una manera justa a sus trabajadores
en el mundo en desarrollo.
Ganancias
comparativas en costos laborales deben balancearse con ganancias
comparativas en justicia social.
A
nivel macroeconómico, el primer paso hacia la justicia
social es detener la política que los organismos de
Bretton Woods, o los bancos regionales de desarrollo ejercen
al condicionar sus créditos a la aceptación,
por parte de los países prestatarios, de la apertura
de sus mercados. En su lugar debe de implantarse el condicionamiento
en función del grado de desarrollo social, de la erradicación
de la pobreza y del imperio del estado de derecho anclado
en instituciones democráticas. Dicho de otra manera,
la globalización económica (la aplicación
de las mismas normas de mercado) no puede estar por encima
de la globalización democrática (la aplicación
de las mismas normas de desarrollo social y democracia en
todas partes). Este es el reto de la globalización
del fin del milenio.
Para
lograr esta meta, debemos pensar en la estructura moral de
las sociedades que se precian de ser democráticas y
recordar que los valores monetarios no pueden imponerse a
los valores sociales. El retroceso en el desarrollo social
actual existe porque los valores humanos han sido reemplazados
por el culto al dinero en forma universal. Por eso la posibilidad
de redistribuir la riqueza es cuestión de tener capital
moral en términos de solidaridad humana ya que el individualismo
exacerbado, a la larga, no beneficia a nadie. En México,
persiste el espejismo de que en el Primer Mundo, sobre todo
en los Estados Unidos, la riqueza material sigue aumentando
gracias a la apertura económica. Esto es una falacia
total. Además de que la apertura económica ha
sido mucho más selectiva y discriminatoria que la que
han emprendido en México los tres últimos gobiernos,
en el "coloso del norte" la pobreza está
aumentando y la brecha entre ricos y pobres se está
ensanchando. Sucede que múltiples estudios de reconocido
valor muestran que dentro del Primer Mundo, son los países
anglosajones, los que han liderado el neoliberalismo mundial
y donde más se ha acrecentado la disparidad entre ricos
y pobres. ¡Eh aquí! en el corazón del capitalismo
a ultranza, que la pobreza está aumentando a la par
que se forman grandes oligopolios transnacionales. Los reportes:
The State of Working America 98-99 (Situación Laboral
de EEUU) del Economic Policy Institute (EPI) en Washington;
y el Reporte de Desarrollo 1998 del Banco Mundial, muestran
tendencias de empeoramiento en la distribución de la
riqueza en los Estados Unidos e Inglaterra, mucho más
acentuadas que en el resto del Primer Mundo. La pobreza está
aumentando a partir de la imposición del neoliberalismo.
No podemos comenzar a avanzar en materia de redistribución
de la riqueza mientras no aseguremos un medio ambiente democrático.
La razón por la cual los países en desarrollo
caen presas de la globalización es porque sus gobiernos
no están sostenidos en la legitimidad que emana de
sus electores. En su lugar, existen parodias de democracia
y dictaduras controladas por élites de capitalismo
sectario de compadrazgos. Es importante en consecuencia, obligar
a los organismos financieros internacionales a expandir su
condicionamiento a la existencia de un ambiente verdaderamente
democrático y de justicia social. Sólo así
las sociedades pueden exigir y obtener avances significativos
en justicia social y alcanzar la redistribución de
la riqueza. Partiendo de la premisa de que la solidaridad
humana, arraigada en los valores democráticos, es la
única forma de coexistencia pacífica y de progreso
social, debemos de mudarnos del neoliberalismo hacia un capitalismo
democrático y sostenible; lo que no es otra cosa más
que un enfoque balanceado, donde el trabajo, el capital y
el medio ambiente se beneficiarán equitativamente,
aumentando el valor económico de los mercados y la
calidad de vida de las sociedades democráticas.
A
nivel microeconómico, como se ha ya citado, se debe
obligar a las transnacionales a pagar salarios justos a sus
trabajadores en el Tercer Mundo. Este debe de ser el paso
inmediato tanto de los gobiernos como de sus sociedades civiles.
La brecha que existe entre los salarios que las TNLs pagan
en el Primer Mundo y lo que pagan en el Tercer Mundo es tan
enorme, que si se aumentaran estos últimos varias veces,
aún así disfrutarían de un ahorro en
costos enorme.
A
simple vista suena fácil decir esto más no el
hacerlo. Sin embargo, tanto los gobiernos como sus sociedades
civiles poseen instrumentos de coerción para obligar
a las TNLs a dejar de pagar salarios de miseria. Más
dado que este ensayo parte del hecho de que la injusticia
social está aumentando porque la democracia no está
funcionando, su propuesta va dirigida a las sociedad civiles
porque, por ahora, no se puede contar con sus gobiernos. Estos,
como he dicho, son los primeros interesados en, e instrumentos
de, la globalización neoliberal; y las sociedades civiles
tienen que tomar las riendas de su propio destino y detener
este proceso. Afortunadamente, la injerencia directa de las
sociedades civiles en la conducción de sus países
no es una situación excepcional. A la par que ha avanzado
el neoliberalismo se han movilizado múltiples sectores
de las sociedades en oposición a las medidas de los
gobiernos. Esto se ha dado en todos las esferas del acontecer
civil; desde los procesos electora-les y de justicia social
hasta los de responsabilidad ambiental y de derechos humanos.
Ha sido el deterioro de los mecanismos democráticos
o, simplemente, de la nunca consolidación de ellos,
como es el caso de México, que han surgido las llamadas
Organizaciones No Gubernamentales o ONGs. Estos movimientos
han surgido tanto en el Primer Mundo como en el Tercer Mundo
para subsanar los grandes huecos de responsabilidad abierto
por los gobiernos y detener muchas políticas que son
abiertamente antisociales y antidemocráticas. La decadencia
y prostitución de los sistemas democráticos
en favor de los centros de poder capitalistas domésticos
e internacionales se ha vuelto un problema mundial mayor.
Por esta razón, la segun-da parte de este ensayo sugiere
cómo abordar al neoliberalismo enfocándose en
uno de sus principales actores y benefactores: las empresas
transnacionales y en los únicos organismos capaces
de movilizar a la sociedad y lograr el cambio: las ONGs.
Parte
II. Globalizar la Riqueza.
1.
Objetivos mínimos
Para
lograr contrarrestar el creciente deterioro social que se
genera a través de la globalización de los mercados
en favor de las TNLs, es necesario definir los objetivos que
las ONGs que decidan involucrarse en esta labor deban fijarse.
Considero que para revertir la tendencia a utilizar la mano
de obra de los países en desarrollo con el sólo
objeto de maximizar utilidades al explotar su trabajo, los
siguientes objetivos deben ser incorporados:
Alcanzar
la redistribución de la riqueza en los países
del Tercer Mundo al comprometer a las corporaciones transnacionales
a incrementar sustancialmente los salarios, las prestaciones
y las condiciones de trabajo en todas sus operaciones en
esta región.
Lograr
la redistribución de la riqueza en el Tercer Mundo
comprometiendo a los mismos fines a todos los proveedores
de materias primas, bienes intermedios y productos terminados
para las TNLs en los países anfitriones.
Influir
en las instituciones financieras multilaterales para que
condicionen de manera efectiva, los financiamientos para
los países en desarrollo, al establecimiento de una
real democracia y al apoyo de las demandas de incremento
de los salarios, las prestaciones y las condiciones de trabajo
ofrecidas por las TNLs, que hacen los movimientos laborales
en favor de la justicia social de sus agremiados.
Contribuir
de forma sustancial a un desarrollo democrático y
sostenible al lograr la eliminación gradual en la
brecha de salarios, prestaciones y condiciones de trabajo,
en un plazo razonable, entre los países en desarrollo
y los desarrollados mediante la aceptación por parte
de las TNLs de su parte de responsabilidad social.
2.
El Escenario del Problema Clásico
Como
se menciona en la primera parte, existe una brecha enorme
entre los salarios, prestaciones y condiciones de trabajo
que las TNLs ofrecen en los países desarrollados y
los países en desarrollo. Esto sucede porque éstos
últimos sufren de líderes que se benefician
personalmente de las inversiones hechas por las TNLs, mediante
la práctica de un capitalismo de amigotes. Con la liberación
de los mercados, las TNLs venden sus productos tanto en los
países anfitriones como en el resto de los mercados
donde tienen distribución, incluyendo a su mercado
doméstico, al mismo precio o a un precio muy similar.
Éstas alcanzan la máxima eficiencia cuando el
proceso de manufactura en las operaciones que tienen en los
países en desarrollo están a la par en calidad
y en eficiencia de producción, en línea con
las normas que utilizan en su operación doméstica,
pero con un costo de mano de obra dramáticamente menor.
Antes
de la liberalización de los mercados, la mayoría
de las operaciones de las TNLs en los países anfitriones
estaban destinadas a atender a sus mercados locales. La legislación
local no permitía otra opción. Desde la posguerra
y hasta los años 70s, la estrategia de desarrollo en
muchos países se basaba en la industrialización
a través del cierre de las economías y de la
sustitución de importaciones. En muchos países,
la legislación para la inversión extranjera
estaba diseñada a forzar a las TNLs a entrar en coinversiones
con empresas locales bajo condiciones de participación
minoritaria. Esto fue especialmente cierto en las industrias
de energía, minería y automotriz, consideradas
estratégicas para la seguridad nacional o para el desarrollo.
Por supuesto se hicieron excepciones con aquellas empresas
que ya tenían tiempo de estar establecidas en algunos
países con el control del 100% de las acciones. En
ese entonces, el argumento de las TNLs para justificar la
gran diferencia entre los salarios de sus casas matrices y
los de la periferia era que los precios de sus productos en
esta última tenían una relación directa
con el costo local de producción, las condiciones de
mercado para los productos de la competencia y el costo de
vida en esos mercados, de tal manera que los márgenes
que ellos obtenían eran proporcionales a los que recibían
en sus mercados matrices. Con la liberalización de
los mercados las TNLs comenzaron a utilizar sus operaciones
en los países en desarrollo para satisfacer la demanda
en muchos de sus mercados desde unos pocos centros de manufactura,
pero ahora comercializando con precios a la par o muy similares
en todas partes. En consecuencia, sus márgenes de ganancia
se maximizaron al mantenerse bajos los costos laborales y
otros costos de producción. Adicionalmente, muchos
países en desarrollo, con el fin de atraer a las TNLs,
les ofrecieron y siguen haciéndolo, incentivos como
la exención de impuestos durante varios años
o el subsidio de los servicios de agua, electricidad y de
infraestructura, apoyando así aún más
la maximización de utilidades.
La
situación resultante es una en la que las TNLs se llevan
todo el beneficio económico. A menudo los salarios
que pagan son superiores al salario mínimo en los países
anfitriones y éstos salarios siguen manteniendo a los
trabajadores en una pobreza abyecta. Mientras que la calidad
de vida de un trabajador de Detroit provee los medios básicos
para vivir dignamente y disfrutar de un nivel básico
de confort, un trabajador del mundo en desarrollo, que labora
para la misma empresa haciendo exactamente el mismo trabajo
con el mismo nivel de calidad y destreza, vive en una ciudad
de cartón, sin drenaje ni agua potable ni electricidad
directa y legal. Debido a esto, el gran diferencial en los
costos laborales del Tercer Mundo es agregado al margen de
utilidad, reteniendo así la parte que debería
de haber proveído a los trabajadores con un nivel de
vida mucho más cercano al que disfrutan sus contrapartes
en Detroit. El caso más obvio es, por supuesto, la
frontera de México y Estados Unidos, donde miles de
plantas de ensamble emplean a trabajadores mexicanos por salarios
equivalentes a U.S. $0.60 a $0.70/hora, mientras que las corporaciones
pagan de U.S. $5.50 a $8/hora por el mismo trabajo del lado
estadounidense. En países asiáticos como China
el salario por hora puede llegar a los increíbles niveles
de $0.20/hora. Alguien me dijo recientemente que en Haití
están pagando U.S. $010/hora. El caso extremo sucede
cuando los gobiernos, al competir para atraer a las TNLs,
inducen devaluaciones competitivas para sostener el nivel
de exportaciones y para mantener los salarios y otros costos
de manufactura muy bajos y deslumbrar a las TNLs.
El
tradicional alegato de las transnacionales, de sus socios
comerciales y de los gobiernos federales y estatales, de que
las TNLs pagan salarios superiores a los de las empresas domésticas
no son, en lo absoluto aceptables. Las TNLs sistemáticamente
buscan el ambiente más "amigable" para alcanzar
la máxima eficiencia y están consciente y premeditadamente
buscando los países donde puedan obtener los costos
más bajos de mano de obra, explotando aún más
una situación de por sí injusta. En este caso,
como ciertamente es el de México, las justificaciones
a nivel doméstico a favor de los salarios de las TNLs
son de un cinismo, maldad y traición increíble,
a la luz del nivel de aberrante pobreza al que se condena
a nuestros obreros.
Como
se muestra en la siguiente tabla, los empleos con alto nivel
de especialización se sitúan claramente por
arriba del salario mínimo, pero muy por debajo de un
salario digno. Por ejemplo, el salario promedio de manufactura
en México en 1997 fue de U.S. $1.75/hora incluyendo
prestaciones, equivalente a tres salarios mínimos (el
salario mínimo en ese entonces era aproximadamente
de U.S. $0.58/hora).
Comparación
Internacional de Costos de Compensación
por hora para Trabajadores de Producción en Manufactura
en el G7 y en Países en Desarrollo Seleccionados (3)
|
País
o Región
|
1975
|
1980
|
1985
|
1990
|
1993
|
1994
|
1995
|
1996
|
1997
|
|
(
En Dólares EUA)
|
|
Estados
Unidos
|
6.36
|
9.87
|
13.01
|
14.91
|
16.51
|
16.87
|
17.19
|
17.70
|
18.24
|
|
Canada
|
5.96
|
8.67
|
10.94
|
15.84
|
16.43
|
15.85
|
16.04
|
16.66
|
16.55
|
|
México
|
1.47
|
2.21
|
1.59
|
1.58
|
2.40
|
2.47
|
1.51
|
1.54
|
1.75
|
|
Hong
Kong REA (1)
|
0.76
|
1.51
|
1.73
|
3.20
|
4.29
|
4.61
|
4.82
|
5.14 | | |