Análisis

En defensa de los procedimientos democraticos

La ciudadanización del IFE: avance de la democracia
Alejandra Altamirano Medina / Abril 11 1999

Las elecciones son uno de los rasgos más sobresalientes de las democracias pluralistas modernas no sólo porque constituyen el mecanismo idóneo a través del cual se expresa la voluntad ciudadana, sino también porque permiten el procesamiento pacífico y civilizado de las controversias políticas y la formación de mayorías y minorías político-electorales.

Sin embargo, el proceso electoral por sí mismo no garantiza la vigencia de un auténtico régimen democrático. En efecto, regímenes autoritarios bien pueden convivir, y han convivido, con mecanismos electorales. En consecuencia, para que las elecciones sean un expediente que contribuya al fortalecimiento de la democracia deben asegurar la efectiva competencia entre distintas ofertas políticas, lo cual sólo es posible, entre otras cosas, mediante el establecimiento de procedimientos, instituciones y autoridades que aseguren plena imparcialidad y equidad entre los contendientes.

En México, el régimen emanado de la revolución de 1910 se distinguió por permitir, e incluso alentar, la existencia y participación legal de otras opciones partidistas aparte de la gubernamental, y por celebrar periódicamente elecciones para renovar los poderes públicos. Sin embargo, las elecciones estuvieron lejos de ser democráticas. La inequidad en las condiciones de competencia y la parcialidad con que se manejaron durante décadas las instancias electorales, impidieron, la mayor de las veces, la efectiva competitividad electoral entre los partidos y la conformación de mecanismos que aseguraran respeto al mandato ciudadano expresado en las urnas.

El sistema electoral mexicano se caracterizó por privilegiar la hegemonía de un solo partido político, el oficial, en detrimento de la credibilidad en los propios procesos electorales. Esta hegemonía se mantendría gracias a diversos mecanismos no democráticos. La vinculación orgánica entre el partido oficial y el Estado, que le permitió a aquél el acceso a enormes recursos económicos, materiales y humanos, y la existencia de autoridades e instancias electorales comprometidas con los poderes públicos, impidieron la celebración de elecciones competitivas e imparciales.

Esta anomalía pudo ser mantenida durante varias décadas. El amplio respaldo social con que contaron algunos de los gobiernos postrevolucionarios, así como la debilidad de los partidos de oposición, posibilitaron, entre otras cosas, la instauración de reglas del juego que favorecieron el predominio de un solo partido político. Sin embargo, esta hegemonía no tardaría en entrar en crisis. En efecto, el proceso de modernización económica, que introdujo cambios importantes en la estructura social, así como el paulatino desdibujamiento de un Estado eficaz y próspero, propiciaron la aparición de una amplia pluralidad social, política y cultural que ya no podía ser reducida a los estrechos márgenes de participación que el gobierno proponía y alentaba.

Como respuesta a la creciente irritación social que comenzaba a radicalizarse, sobre todo a raíz de los penosos sucesos ocurridos durante 1968, y a la amenaza de que la oposición prácticamente desapareciera, el régimen optó por una apertura gradual y controlada para abrir canales institucionales de expresión a la inconformidad. Esta estrategia permitió al gobierno mantener el control del cambio político sin poner en riesgo la hegemonía del partido oficial. Por ello, más que garantizar una efectiva democratización de los comicios, el reformismo electoral iniciado en 1977 buscó enfrentar las recurrentes crisis coyunturales. Así, el régimen concedió gradualmente ciertos espacios a la oposición, pero sin modificar su esencia autoritaria y hegemónica.

Sin embargo, esta estrategia liberalizadora pronto evidenciaría sus propias limitaciones. El formidable reto que planteó el controvertido proceso electoral de 1988, el cual no sólo amenazó la continuidad del régimen sino también la estabilidad política y la paz social, orilló al gobierno entrante a plantear un nuevo marco normativo para celebrar los comicios en nuestro país. La crisis postelectoral de ese año, además de reflejar los límites de la estrategia aperturista, enfatizó la urgencia por modificar la integración de los órganos electorales. En efecto, a partir de ese año la demanda democratizadora esgrimida por la oposición y por amplios grupos de la sociedad se centró en la necesidad inaplazable de conformar organismos y autoridades electorales plenamente imparciales.

A pesar de la realización de las reformas electorales de 1990 y 1993, que modificaron en grados nunca antes vistos la composición de los órganos electorales, no se logró afirmar plenamente la credibilidad en la instancia electoral. Esta incredulidad quedó plasmada en la serie de interinatos y protestas postelectorales que se desplegaron durante buena parte del sexenio de Carlos Salinas.

Con todo, el entonces presidente había logrado una notable recuperación del voto priísta y una gran aceptación social hacia su gestión, con lo cual la crítica opositara, en esta ocasión, no alcanzó la resonancia que había tenido en 1988. Sin embargo, los difíciles acontecimientos que acompañaron al término del sexenio (aparición de un grupo armado en Chiapas, secuestros a prominentes empresarios y el asesinato de Luis Donaldo Colosio, candidato priísta a la presidencia de la República) obligaron al gobierno a pactar en 1994 una nueva reforma electoral.

A diferencia de las reformas anteriores que habían sido aprobadas únicamente por el PRI y el PAN, la reforma electoral de 1994 contó con el aval de las tres fuerzas políticas más importantes del país. La clave de su evidente éxito fue que introdujo un nuevo diseño en la integración de los órganos electorales que, por mucho, contribuyó a fortalecer la imparcialidad y transparencia de los mismos: la ciudadanización.

Con esta reforma se inauguró un momento nuevo en la integración de la máxima instancia electoral. Por vez primera ciudadanos no identificados con algún partido político se erigieron como el componente decisivo al interior del Consejo General del IFE al contar con seis de los 11 votos totales de este cuerpo colegiado. Este dato no resulta menor si recordamos que durante décadas las instancias encargadas de la vigilancia y la organización electoral se encontraban dominadas por el gobierno y el partido oficial.

Vista en perspectiva histórica, la ciudadanización de los órganos electorales en nuestro país representa un momento clave para comprender el rumbo de nuestra transición política, ya que ésta marcó una ruta para consolidar el expediente electoral como fórmula democrática de expresión, participación y representación ciudadanas. Baste recordar que el proceso electoral del 21 de agosto de 1994 no sólo se distinguió por su elevada competitividad y participación, sino, sobre todo, por introducir elementos novedosos para garantizar una elección más limpia, creíble y equitativa.

En efecto, el proceso electoral de 1994 dejó un importante legado para el entramado institucional del país: acentuó la confianza, de partidos y ciudadanos, en el expediente electoral como mecanismo democrático para dirimir pacíficamente las diferencias; acercó a los partidos políticos que desde entonces privilegiaron el diálogo y la negociación como la fórmula idónea para la construcción de acuerdos; modificó sustancialmente la geografía electoral del país, la cual reveló la presencia y arraigo de tres partidos políticos con alcance nacional; y elevó la competitividad de los comicios mediante el fortalecimiento de las campañas electorales.

Con dicho precedente, entre diciembre de 1994 y agosto de 1996 se discutieron y negociaron los puntos básicos para una nueva reforma electoral. Entre los aspectos fundamentales de este nuevo ordenamiento electoral conviene destacar los siguientes:

1. El retiro definitivo del poder Ejecutivo de la máxima instancia electoral, de tal forma que el secretario de Gobernación deja de participar al interior del Consejo General del IFE. Bajo esta nueva normatividad, el Consejo General queda integrado de la siguiente manera: un consejero presidente y ocho consejeros electorales, con derecho a voz y voto, mismos que son designados por la mayoría calificada de la Cámara de Diputados a propuesta de los grupos parlamentarios.

2. Se crea la figura de secretario ejecutivo en sustitución del director y del secretario generales.

3. Se establece la posibilidad de que los consejeros electorales conformen comisiones para supervisar el trabajo de las direcciones ejecutivas del instituto. Con dicha medida se intentó atenuar la distancia entre las áreas ejecutivas y legislativa, brecha que había motivado fuertes críticas por parte de los consejeros ciudadanos en 1994.

4. Se establece el derecho constitucional de que gozan los ciudadanos para afiliarse libre e individualmente a cualquier partido político.

En cuanto a los partidos políticos, el nuevo ordenamiento establece la desaparición del registro condicionado y la disminución del número de afiliados para alcanzar el registro definitivo. Asimismo, se eleva de 1.5 a 2 por ciento el umbral mínimo necesario para que un partido pueda conservar su registro y prerrogativas. Por lo que corresponde al financiamiento, se establece el principio de que los recursos públicos prevalezcan sobre los de origen privado y se determina que un 30 por ciento de los primeros se distribuya de manera igualitaria, mientras que el 70 por ciento restante se otorgue de acuerdo a la votación obtenida en la elección inmediata anterior.

Otra de las novedades de la reforma electoral de 1996 fue la desaparición del Colegio Electoral para la calificación de la elección presidencial. En este tenor, el Tribunal Federal Electoral se integra al poder Judicial y se constituye como la máxima instancia jurisdiccional en materia electoral. En lo que se refiere al sistema de representación, se mantiene la estructura de 300 diputados de mayoría relativa y 200 de representación proporcional, pero se eleva el umbral mínimo para que los partidos tengan derecho a la asignación de estos últimos: de 1.5 a 2 por ciento.

Como podemos observar, la reforma electoral de 1996 representó una vuelta de tuerca al proceso iniciado en 1994. En efecto, la profundización de la ciudadanización ha significado el paulatino establecimiento de una normatividad electoral en donde cada vez tienen menos cabida la duda y la sospecha. Por lo anterior, hoy más que nunca me parece pertinente hacer un balance justo y equilibrado de las implicaciones que han tenido las reformas electorales recientes, más aún si las pensamos a la luz de las carencias y limitaciones del pasado. En este marco, adquieren su verdadera relevancia las controversias en las que se han visto envueltos recientemente los ahora consejeros electorales. En efecto, en los últimos días hemos sido testigos de una ola de "críticas" hacia el IFE ciudadanizado que buscan desprestigiar y confrontar a sus miembros. Todo comenzó cuando el diputado Enrique Ibarra, representante del PRI ante el IFE, abandonó el Consejo General de dicho instituto, pretextando la parcialidad e ilegalidad en la que actuaban sus integrantes. Posteriormente, el 16 de marzo el mismo personaje regresó a las sesiones del consejo a declarar la guerra contra cuatro consejeros electorales: Jesús Cantú, Jaime Cárdenas, Alonso Lujambio y Emilio Zebadúa. En particular, el representante tricolor presentó una demanda por responsabilidad administrativa respaldada por los representantes del PT y PVEM en contra de los mencionados consejeros, la cual hasta el momento no ha tenido ninguna respuesta de las instancias correspondientes.

Esta guerra sucia contra el Consejo General del IFE corre el riesgo de erosionar irreversiblemente la confianza y credibilidad que esta instancia se ha ganado a pulso entre partidos y ciudadanos. Por ello, me parece fundamental reestablecer las coordenadas de la discusión: no se trata de defender a priori una institución que, para bien o para mal, ha demostrado su eficacia, sino reconocer que a nadie conviene desandar el camino que muchos ciudadanos venimos construyendo: el del cambio pacífico y civilizado a través de la vía electoral.