Análisis

¿ LETRAS ARMADAS ?

El EZLN y el indigenismo
Conrado Hernández López* Febrero 15 / 1999

La aparición del EZLN en enero de 1994 ha generado abundante material escrito en el que sobresalen diversos estudios, documentos y reportajes, en los cuales se relaciona la situación social y política de la región de Los Altos con el pronunciamiento armado. Entre el caudal informativo, con obras de muy variada calidad, pueden observarse dos posturas extremas. Por una parte, algunos autores ubican el origen del conflicto en una maquinación preparada por la diócesis de San Cristóbal en complicidad con los grupos de izquierda que arribaron a la zona en la década de los ochenta. Por la otra, militantes y simpatizantes del EZLN y del obispo Samuel Ruiz se apoyan en las investigaciones de prestigiados estudiosos sociales para sostener que el conflicto debe entenderse a partir de la situación histórica, de los conflictos, las luchas, las organizaciones y la participación de los distintos grupos sociales que convergieron en la insurrección zapatista.

En el fondo, los puntos de vista no parecen muy variados. En algunos casos, se cuestiona el origen, la "representatividad" y hasta la validez de los argumentos de los pronunciados; en otros, se descalifica la actitud "intolerante y represiva" del gobierno, a quien se recuerda una larga lista de acusaciones y de reivindicaciones. En ambos casos, se trata de la adopción de perspectivas diferentes sobre los mismos hechos. Por eso, diversos libros que se anuncian con tirajes espectaculares (por ejemplo, La rebelión de las Cañadas de Carlos Tello Díaz) destacan, como fundamental, el trabajo de organización de los grupos de izquierda y la decisiva participación del obispo Samuel Ruiz. En el otro extremo, los simpatizantes del EZLN invocan diversas perspectivas históricas, sociales y políticas, para explicar que el movimiento zapatista es la expresión última de una supuesta "cultura de la resistencia" que, a lo largo de cinco siglos, superando las diferencias étnicas y la represión gubernamental, ha unificado a las diferentes comunidades indígenas hoy rebeldes.

Así, los simpatizantes del EZLN han rastreado la formación de esta cultura política de resistencia indígena que en la época colonial se había manifestado en frecuentes sublevaciones y que, en este siglo, tuvo su culminación en el Congreso Indígena organizado por la diócesis de San Cristóbal en 1974. Los antecedentes han sido documentados por Antonio García León (Resistencia y Utopía) y Thomas Benjamin (El camino a Leviatán y Chiapas, tierra rica, pueblo pobre), quienes estudiaron el surgimiento de los movimientos sociales como respuesta a la formación regional de los grupos de poder. De este modo, en el contexto de la génesis y la consolidación de las élites chiapanecas, con relaciones clientelares entre los poderes regional y central, proyectos económicos antagónicos, miseria generalizada, etcétera, se fueron conformando los elementos para entender cómo en Chiapas se extremaron las condiciones de violencia contra cualquier vía pacífica y legal para el reclamo de justicia y de condiciones de vida dignas. Aquí conviene preguntar: si las comunidades de la cañada se apropiaron del discurso religioso y político a partir de una experiencia colectiva basada en la lucha por la supervivencia, ¿qué permitió la articulación de dos visiones del mundo diferentes como la religiosa y la política? ¿Cómo se ligaron la teología de la liberación con la ideología marxista?

Los protagonistas

A pesar de las perspectivas divergentes, la mayoría de los autores le otorgan los papeles centrales al subcomandante Marcos y a Samuel Ruiz. En Marcos, la genial impostura, Bertrand de la Grange y Maite Rico encuentran que el encumbramiento del líder zapatista siguió el patrón truculento de las prácticas políticas mexicanas, en particular por una "vergonzosa" relación con la prensa.

Por su parte, Samuel Ruiz es el personaje más difícil de caracterizar. Ha sido comparado (por Enrique Krauze) con su lejano antecesor en la diócesis, Bartolomé de las Casas. En realidad, sus semejanzas también pueden equipararse a sus diferencias. Samuel Ruiz es, más bien, un sacerdote militante. Su tradición se arraiga en la de otros antecesores distinguidos de nuestra historia independiente, que empieza con el mismísimo Miguel Hidalgo, el "padre de la patria", por no mencionar a otros clérigos que pueblan nuestro siglo XIX.

Huelga decir que se trata de una tradición mexicana y latinoamericana. La actividad desplegada por el obispo de San Cristóbal, como la describe Enrique Krauze en el primer número de Letras Libres, recuerda muchos pasajes de Los pasos de López de Jorge Ibargüengoitia (cuyo personaje central es Hidalgo). Las Casas era un teórico escolástico y pretendía demostrar, de manera coherente dentro de la doctrina católica, la universalidad de la razón; por ello, era partidario del respeto por las formas de gobierno tradicionales, de evangelizar a partir de la razón y de la promulgación de leyes proteccionistas. Con esos antecedentes en la defensa de los indígenas, no es extraño que el más interesado en que se asocie a su persona con Las Casas sea el propio Samuel Ruiz. Después de todo, Las Casas ha sido sustraído de su época como un símbolo revolucionario en México, al menos desde que fray Servando Teresa de Mier, otro clérigo "conspirador" y fascinado con la ilustración europea, le otorgó esa condición para justificar el derecho a la independencia. El enemigo de Las Casas, una tendencia nacionalista que en el siglo XVI justificaba la apropiación y el despojo, no tiene hoy la importancia que tuvo en su tiempo.

Por el contrario, la llamada "globalización" implica en nuestros días nuevos problemas y requiere soluciones acordes.

Desafortunadamente, el terreno parece poco propicio para las soluciones razonables. El otro protagonista del conflicto, el gobierno, ve con alarma la promoción internacional del zapatismo, alienta la formación de grupos antagónicos y aplica una política xenófoba. La militarización, justificada en la seguridad de las poblaciones, no pudo evitar una matanza (no muy lejos de un destacamento), ni que continuaran otras formas de violencia, otras derivaciones de la guerra iniciada en enero de 1994. Frente a la actitud gubernamental, una de las estrategias del zapatismo para prolongar la guerra ha sido su relación con la prensa (elogiada o condenada, según el caso). De una guerra armada se pasa a una guerra publicitaria (con comunicados, desplegados y conferencias de prensa) y a una paz caracterizada por brotes aislados de violencia en los que todos esconden la mano. Una guerra de papel en la que, como en todas las guerras, se ha reducido el campo de batalla a dos posturas extremas.

Con una mentalidad de guerra, para los simpatizantes del zapatismo, referir lo absurdo o lo poco atinado de alguna decisión o comentario de Marcos se interpreta como una traición, porque tiende a darle armas al enemigo (que son los que no están con nosotros). En la zona de guerra, así sea publicitaria, nada más natural que negar el acceso a los medios identificados con el enemigo. En cambio, se fomenta una imagen idealizada de los dirigentes y de la lucha del EZLN. Y éste, fascinado por la recepción entusiasta, no muestra ningún interés por negociar directamente con quien puede ayudar a soluciones concretas (aunque no puedan ser tan ambiciosas), con el gobierno, sino con quien puede dar un reflejo complaciente de la postura zapatista: una supuesta "sociedad civil", a la que dirige mensajes, quejas y exageraciones. Por eso, como lo ha señalado Luis González de Alba, las preguntas de la próxima Consulta Nacional sobre los Acuerdos de San Andrés tienen mucho de obvio y predecible (con preguntas como: "¿deben participar los indígenas en el desarrollo de México?"). Se reducen, en el fondo, a enarbolar la vieja bandera indigenista, una nueva versión del viejo mito del "buen salvaje" que quería ver en las prácticas de los indígenas las virtudes de que carecían los corrompidos europeos.

Las incongruencias de la guerra

En la guerrilla zapatista pueden verse diversas incongruencias, que no parecen tales para sus partidarios y simpatizantes. En principio, el EZLN declaró la guerra al gobierno y, a los pocos meses, pasó a encabezar los reclamos de una población indígena interesada en reivindicar sus derechos, como quedó de manifiesto en los Acuerdos de San Andrés Larráinzar. De este modo, la reforma en materia indígena pasó a formar la bandera casi única del EZLN y el obstáculo principal para una salida negociada. Sin embargo, si el interés era la defensa y el bienestar de los indígenas, algo sospechoso debería verse en el hecho de que fueran indígenas quienes protagonizaron los hechos tristemente célebres en Acteal, que fueron a su vez la culminación de una constante serie de agresiones. El panorama en Los Altos, como ha visto con agudeza Juan Pedro Viqueira, se ha hecho más complicado y su solución no puede limitarse a algo que potencialmente puede provocar mayores conflictos, como lo es conciliar los derechos civiles con los "usos y costumbres" indígenas.

Es obvio que el respeto por las diferencias debe darse en el contexto de un irrestricto respeto por los derechos humanos universales, pero resulta increíble que no se argumente cómo el respeto de los "usos y costumbres" puede solucionar las diferencias sociales y demográficas que están en la raíz de los problemas actuales. ¿Quién va a definir, en principio, cuáles son los verdaderos "usos y costumbres"? ¿No es por ejemplo un excelente argumento para justificar las expulsiones masivas? También es indiscutible que es un recurso inmejorable para garantizar la supervivencia de las élites locales y preservar su poder. Además, es indiscutible que los gobiernos de la revolución fomentaron una política criminal apoyados en las complicidades locales. Juan Pedro Viqueira opina que no es posible determinar hasta qué punto las prácticas comunitarias no son sino una invención conformada en todos los años de dominación colonial y, en especial, en complicidades fomentadas en este siglo.

De ahí la justificación de que la explosión demográfica, la carencia de tierras de cultivo y la miseria crearon un caldo de cultivo propicio para los proyectos redencionistas del obispo Ruiz a través de los catequistas y los grupos de izquierda. Pero la situación actual es distinta. Según el número 12 de la revista Cuicuilco, muchas congregaciones religiosas se conforman como grupos cerrados que ejercen un estricto control sobre algunos medios, tierras y actividades (como en las cooperativas) y generalmente están controlados por el PRI (pero también por el Partido Cardenista y el PRD). La pluralidad y los antagonismos locales pueden convertir la propuesta de respeto por los usos y costumbres en un arma para mantener los vicios del pasado en un ambiente de violencia. Principalmente, convertir el respeto de las "tradiciones" como bandera política implica el inconveniente de que nada tiene que ver son la solución de los actuales problemas.

La problemática de Los Altos no puede reducirse a conceder una legislación aparte para las comunidades indígenas, basada en el respeto de los "usos y costumbres". Y es increíble que esta propuesta haya sido aceptada, de una manera u otra, por todos los involucrados. En el siglo XIX, en la guerra de castas en Yucatán y en las repetidas sublevaciones de los pueblos de la Sierra de Alica, que comandaba Manuel Lozada, tenían demandas concretas y limitadas: por un lado, Jacinto Pat, líder maya rebelde, reclamaba en 1848 la abolición de las contribuciones personales de los indios y el respeto por su propiedad ejidal; por el otro, Manuel Lozada exigía en 1861 que los tribunales resolvieran los reclamos específicos de tierras "lo más presto posible". Las demandas concretas para ciertas comunidades, una constante en las rebeliones indígenas del pasado, han sido sustituidas por el reclamo de una legislación indígena para todo el país y que se proclama acorde con otras demandas generales como "justicia, libertad, democracia, dignidad".

Otro principio fundamental

Sin embargo, las divergencias entre los protagonistas tampoco son muy profundas. Si los diferentes partidos políticos y el gobierno tienen coincidencias en varios puntos importantes de los acuerdos de San Andrés (especialmente en el reconocimiento de que las comunidades indígenas requieren una legislación aparte), ¿qué es lo que imposibilita una salida negociada? Se ha dicho que uno de los objetivos del EZLN es ganar tiempo en vista a las elecciones del 2000, pero ¿ganar tiempo para qué? Para un nuevo gobierno y una nueva negociación, ¿qué se obtendría en concreto?, ¿el tiempo ayudaría a solucionar un problema que se ha hecho cada vez más complejo?

En la actualidad, se reconoce que el EZLN cometió errores inexplicables; o más bien comprensibles en el contexto de no despojar de sustento político a su lucha. Por ejemplo, al boicotear las elecciones y ceder el poder en sus propios territorios a los priístas garantizaba la agudización de un conflicto alentado por el gobierno bajo el pretexto de proteger a la "legalidad". Pero los errores se pagan caros y la situación política y social en Los Altos se ha hecho más complicada al involucrar a diferentes grupos, creencias e intereses. Por eso, no es extraño que muchos indígenas, decepcionados o cansados, abandonen las filas del zapatismo, ni que, ante esta actitud, el EZLN argumente que el gobierno quiere minar sus bases (¿qué otra cosa esperaba en una guerra prolongada por otros medios?). La diversidad es, en buena medida, un reflejo de la situación actual del propio país. ¿Cómo puede solucionarse semejante problemática con el respeto de los "usos y costumbres"? En más de un sentido se ha llegado a un callejón sin salida. Y la solución propuesta equivale, entre otros ejemplos, a lo que vulgarmente se conoce como "echarle más leña al fuego".

Con todo, convendría destacar otra coincidencia importante. La lucha de toda la vida de Bartolomé de las Casas fue demostrar que el indio tenía "razón" y entendimiento para aceptar la religión y para autogobernarse a través de instituciones civiles y religiosas. En nuestros días, salvo opiniones sin relevancia, nadie pone en duda que los indios tienen las mismas capacidades y los mismos límites que el resto de los seres humanos. Si bien nuestro contexto es muy diferente al que vivió el dominico, es necesario conceder que los indígenas son capaces de asumir su participación en los cambios que actualmente vive el país y por luchar por algo que no tiene nada de romántico, pues empieza con su propia supervivencia. Los indios, como apunta Juan Pedro Viqueira, "son capaces de comprender situaciones inéditas, de juzgarlas, de actuar con base en razones y no sólo por instinto o por tradición, de debatir sobre los valores morales propios y ajenos, y de distanciarse y criticar las prácticas de su sociedad. Su cultura no es una cárcel que determinaría todas sus ideas y todos sus comportamientos". El EZLN debería comprender que en el proceso de apertura y reconocimiento mutuo, ubicar y plantear el origen de los problemas concretos sería una buena manera de comenzar a buscar en serio soluciones de mayor alcance. No con un antagonismo ocupado en discutir los términos en la redacción de unos acuerdos que, parecieran no darse cuenta, apuntan a mantener el mismo estado de cosas contra el que dicen rebelarse.

* Estudiante del Doctorado en Historia de El Colegio de México.