Me
interesa contextualizar la presente reflexión dentro del
marco de los procesos educativos que se dan en la sociedad
contemporánea, entre los cuales aquéllos que tienen como
agentes a los medios masivos de comunicación parecen jugar
cada día papeles más importantes. Deseo también recordar
al lector que la raíz latina "educare", de la cual deriva
la palabra educar, significa básicamente dirigir o enseñar;
por lo tanto se puede educar por ejemplo, para el desarrollo
de las cualidades del ser humano y para el cultivo de
valores sociales, pero también para el aprendizaje de
conductas lesivas para el propio sujeto o para sus semejantes.
No era la primera vez que me encontraba, sin proponérmelo,
formando parte de una discusión informal y espontánea
entre amigos acerca de la influencia que los medios de
comunicación masiva ejercen sobre todos nosotros ciudadanos
adultos comunes y corrientes , pero de manera particular
sobre nuestros hijos, niños y adolescentes. No se trataba
de la opinión de expertos en alguna de las áreas sociales,
era simplemente la manifestación de un grupo de padres
de familia en torno a un fenómeno social que perciben
cada vez con mayor fuerza como uno más de los problemas
que enfrentan cotidianamente, y que tiene que ver con
el aprendizaje de actitudes y la formación de conductas
no deseables en sus hijos por la influencia de agentes
extrafamiliares , y que se relaciona con otro problema
importante, la desintegración familiar.
En esa ocasión el tema había surgido a propósito de tres
hechos circunstanciales. Uno de nosotros había comentado
una noticia reciente que daba cuenta de algo que estaba
por ocurrir: un par de jóvenes en alguna parte del mundo
iba a tener relaciones sexuales, y el evento iba a ser
difundido en vivo vía Internet. Por otra parte, momentos
antes habíamos escuchado en el radio un corrido interpretado
por un grupo musical cuyo nombre no recuerdo, en el cual
se hace una exaltación de las aventuras de un narcotraficante
real o ficticio, no lo sé. Quizás sea útil referir en
esta parte de mi escrito que ninguno de los presentes
en aquél momento padecemos fobia alguna vinculada con
las relaciones sexuales, ni pertenecemos a congregaciones
o asociaciones defensoras de la moral y de las buenas
costumbres ni, afortunadamente hasta ahora, hemos sufrido
la experiencia de un hijo adicto a las drogas. Es decir,
no acarreamos prejuicios acerca de las experiencias a
que aluden los dos casos anteriores.
El tercer acontecimiento que había inducido a mis amigos
y a mi a platicar sobre la influencia de los medios masivos
de comunicación fue un reportaje presentado en días recientes
en la versión radiofónica del noticiero del periodista
Ricardo Rocha (29 de julio del año en curso). El contenido
se refería a los resultados de unas entrevistas realizadas
a diferentes niños del Distrito Federal, en las cuales
se preguntaba a los pequeños ¿qué era lo que deseaban
ser cuando llegaran a la edad adulta? En tiempos pasados,
no muy lejanos aún, la mayor parte de las respuestas solían
hacer referencia a oficios o profesiones tan convencionales
como policía, bombero, comerciante, doctor, o algo parecido.
En esa ocasión, muchos de los entrevistados rompieron
con el esquema vocacional tradicional: deseaban ser narcotraficantes
o secuestradores. Cuando el reportero les preguntó por
qué deseaban tal cosa, la respuesta de los chiquillos
fue muy simple: " porque a ellos siempre les va bien,
ganan mucho dinero y tienen muchas cosas" Si tales respuestas
causaron asombro entre los que comentábamos la entrevista
de marras, la que dieron a la siguiente pregunta del entrevistador
nos ocasionó una profunda preocupación y desaliento. El
reportero dijo a los niños si no tenían temor de que al
dedicarse a esas actividades podrían ir a prisión, a lo
que contestaron que no, porque con el dinero que iban
a ganar podían pagarle a las autoridades para que no los
metieran a la cárcel, además iban a tener "guaruras" para
que los cuidaran.
No se comentó en nuestra plática, si en el reportaje radiofónico
se había señalado quién o qué había inducido en los pequeños
esa clase de metas, aunque pudiera ser probable que algún
compañero de la escuela o amigo del barrio lo hubiera
hecho; incluso puede ocurrir que los vendedores de drogas
que suelen rondar los planteles educativos induzcan en
los pequeños ese tipo de expectativas como parte de su
negocio. Supusimos además, que difícilmente esos modelos
de conducta delictiva hubieran sido propuestos a los niños
por sus padres o por sus profesores.
Comentamos que no era acertado suponer que los infantes
entrevistados se hubieran enterado a través de la lectura
de la prensa, de lo que ha venido aconteciendo en nuestro
país en los últimos tiempos con relación a ciertas actividades
sancionables por la ley y a sus autores, o que por ese
medio hubiesen obtenido suficiente información al respecto
como la que supone la construcción de las fantasías que
manifestaron. Y no es que pensáramos que la noticia periodística
de nuestro país no contenga, en muchos casos, una excesiva
información de la catalogada como "nota roja", ni un tratamiento
sensacionalista de la misma; consideramos simplemente
que la mayoría de los niños no son asiduos lectores de
los diarios, por lo que concluíamos que era muy posible
que además de la información que pudo haberles llegado
por otras vías, la radio, la televisión y el cine hubieran
sido las fuentes que aportaron cuando menos una parte
importante del material informativo con el cual los pequeños
entrevistados conformaron las expectativas de su futuro.
Personalmente creo que la conclusión era acertada en tanto
es bien sabido que una de las características de la agitada
y mediatizante vida cotidiana de finales del Siglo XX,
estriba en el tiempo excesivo que niños, adolescentes,
y adultos dedicamos a atender las transmisiones televisivas.
Es también de sobra conocido el poco espacio que las emisiones
de la televisión convencional, es decir a las que tenemos
acceso sin pago previo (cable o vía satélite), y que son
sin duda las de mayor audiencia en nuestro país, destinan
a programas que buscan la superación personal de su auditorio.
Por otra parte, somos aterrados testigos del incremento
de hechos delictivos que se suceden en nuestra sociedad,
y la consiguiente abundancia de notas rojas que se transmite
por el radio y por la televisión diariamente, y nos basta
echar un vistazo a las carteleras cinematográficas para
percatarnos de la cantidad excesiva de películas en exhibición
que tienen por tema diversas manifestaciones de la violencia
(física, sexual, psíquica, etcétera).
Si los dos primeros eventos que he referido como generadores
de la plática con mis amigos, nos hicieron pensar en la
influencia que podría ejercer en nuestros hijos la existencia
tantas veces señalada por los especialistas de las áreas
de la educación, de dinámicos agentes educativos que se
ubican al margen de los espacios y de las normas de las
instituciones que tradicionalmente habían sido consideradas
como los formativas por excelencia, a saber: la familia
y la escuela, el último de ellos nos enfrentó de manera
brutal a las posibilidades reales de tales agentes educativos.
En oportunidades previas había comentado acerca del fenómeno
de las capacidades educativas de los medios masivos de
comunicación. Mis interlocutores habían sido también amigos
o familiares que poseen una característica común, el ser
madres o padres de familia; hombres y mujeres como usted
o como yo, que se encuentran desempeñando actividades
tan comunes como amas de casa, comerciantes, taxistas,
empresarios medianos y pequeños, pintores, profesionistas,
universitarios docentes o investigadores, etcétera. Adicionalmente
a su estatus de jefes de familia, todos ellos comparten
la opinión de que el radio, la televisión y la cinematografía
son indiscutibles generadores de influencias diversas,
desafortunadamente en nuestro país en muchos de los casos
de índole perniciosa.
En esas ocasiones el disparador de la reflexión había
sido fundamentalmente la abundancia de contenidos relacionados
con violencia, sexo, y consumo de drogas, que se transmiten
bajo diferentes formas y de manera constante a la población
como verdaderas entidades nefastas de disfraces múltiples,
pero aparentemente bajo un mismo signo, la persecución
del lucro económico, cuyos mecanismos y estrategias tocan
a los sentidos y al inconsciente de todos los sujetos
sin discriminación alguna.
Habíamos hablado de esos materiales que se difunden por
el radio como alegorías musicalizadas que conmemoran bien
sea acciones sexuales o hechos delictivos realizadas o
cometidos por chavos "reventados" o por capos de la droga.
También habíamos hecho referencia de los noticieros policiacos
que se transmiten en algunas estaciones radiofónicas,
a diferentes horas del día, y en los cuales los reporteros
acuden de manera más que suficiente a la riqueza descriptiva
en las reseñas de los delitos que dan a conocer.
O por la televisión, asumiendo la forma de concentrados
o clips musicales que suelen ser transmitidos como por
asalto a cualquier hora del día, presentando de manera
inesperada sus mensajes erótico-musicales aderezados con
mensajes subliminales vinculados con un mundo en el que
todo es permitido; o "salamandrizados" como caricaturas,
que tienen por personajes heroicos a sujetos mediocres
y vulgares que se debaten en el transcurrir de la vida
gris del "american way of life" , o a entes que parecen
haber sido engendrados por mentes esquizofrénicas o deliberadamente
malignas, y cuyo accionar gira fundamentalmente en torno
a una tendencia destructiva merced a los poderes suprahumanos
que poseen, introduciendo al niño y al adolescente a un
mundo fantástico en el que los conceptos del bien y del
mal se confunden y se presentan a la manera de Eliphas
Leví como extremos de una misma cuerda, como dos partes
de una misma opción, no como opuestos irreconciliables
y con distinto signo de carácter ético.
O en las salas de cine como narraciones audiovisuales
de las aventuras de prohombres que se presentan una y
otra vez con los mismos argumentos primitivos y explosivos,
ofreciendo tan sólo la diversidad de su apellido, esto
es I, II, III, etcétera, o como historias reales o ficticias
que no tienen como argumento otra cosa que la interrelación
entre sexo, drogas, alcohol y su secuela de contenidos
degradantes de la naturaleza humana, pero todos ellos
con redituables ganancias para quienes las exhiben y las
producen.
En todas las oportunidades en que hemos reflexionado acerca
de los medios masivos de comunicación mis amigos y yo,
hemos reconocido sus grandes capacidades como agentes
educativos. En todas esas ocasiones hemos considerado
que en nuestro país, la radio, la televisión y la cinematografía
comerciales, al parecer apuestan a la adoración del mítico
becerro de oro a través de la educación para la mediocridad,
de forma que salvo excepciones notables, el desarrollo
de las cualidades humanas o el cultivo de valores morales
y éticos no constituye una tarea que les interese desempeñar.
Ahora bien, indudablemente las reflexiones anteriores
son acertadas, pero plantear el problema de la educación
de nuestros hijos solamente en función de las posibilidades
que los medios masivos de comunicación tienen para ello
es, cuando menos, irresponsable. Más allá de explicaciones
de carácter histórico-social que aún pudiendo ser verdaderas,
busquen apaciguar nuestras conciencias culpando a las
circunstancias o a las instituciones públicas nacionales
de las deficiencias de nuestro país en términos de la
educación de muchos padres de familia, quienes tenemos
tal estatus no podemos eludir nuestra obligación de ser
los principales educadores de nuestros hijos, incluso
antes que los profesores.
Suponer que los medios masivos de comunicación son los
únicos culpables del aparente cambio de expectativas vocacionales
en muchos de los niños de este país, es aceptar implícitamente
que la familia y la escuela han cedido su papel de educadores
a tales agentes sociales. En opinión de muchos de mis
amigos esto es cierto, y esos medios de comunicación están
ganando la batalla educativa a la familia y a las escuelas.
Si lo anterior es verdadero o es falso no es cuestión
del presente escrito, en todo caso es un problema que
le corresponde enfrentar a la sociedad a través de las
instancias especializadas. Lo que resulta evidente, es
que los medios masivos de comunicación han incrementado
de manera extraordinaria su capacidad real como formadores
de actitudes y conductas en la sociedad en general y en
los individuos en lo particular, y que si se está dando
un desplazamiento de las instituciones educativas tradicionales
por los agentes que he mencionado, mucho tiene que ver
el propio desempeño de las primeras. Es cierto que actualmente
la dinámica individual y social que implica la sobrevivencia
al interior del modelo de vida que se nos ha impuesto,
obliga cada vez más a la ocupación productiva de los dos
cónyuges fuera del hogar, con lo que su permanencia al
lado de sus hijos es cada vez menor. Es también verdad
que los esquemas educativos escolares tradicionales, en
lo general han sido incapaces de satisfacer las expectativas
de mejoría social que el egresado ha construido a partir
de su formación universitaria.
Muchas otras cosas se podrían decir con relación a esto,
sin embargo, a mis amigos y a mí, siempre nos quedan preguntas
cuya respuesta no atinamos a encontrar, por ejemplo:
- Si los padres de familia nos percatamos del problema
¿por qué no implementamos medidas para resolverlo?
- Si las autoridades gubernamentales tienen el poder legal
para hacerlo ¿por qué no existe una reglamentación eficiente
para el control de las transmisiones o para la admisión
a los espectáculos?
- Conociendo las enormes potencialidades educativas de
los medios, ¿por qué el Gobierno federal no regula las
concesiones de manera que realmente aquéllos destinen
por ley, tiempos suficientes en horarios convenientes,
para la transmisión de programas que eduquen para la superación
personal y social?
- Si los medios salen ganando con la educación para la
mediocridad el país lo hace con un pueblo culto e inteligente,
entonces ¿por qué no intervenimos en este sentido?
- El incremento de la educación para la desintegración
individual y social a la que estamos aludiendo ¿es puramente
circunstancial? es decir, ¿se da sólo como resultado de
eventos fortuitos concomitantes que le favorecen?
- ¿Etcétera?, ¿etcétera?, ¿etcétera?
- Sin duda el lector tendrá muchas y más interesantes
preguntas al respecto.