Análisis

El aparente cambio de papeles formativos

Las instituciones educativas y los medios de comunicación
Jorge A. Gómez Treviño Agosto 24 / 1998

Me interesa contextualizar la presente reflexión dentro del marco de los procesos educativos que se dan en la sociedad contemporánea, entre los cuales aquéllos que tienen como agentes a los medios masivos de comunicación parecen jugar cada día papeles más importantes. Deseo también recordar al lector que la raíz latina "educare", de la cual deriva la palabra educar, significa básicamente dirigir o enseñar; por lo tanto se puede educar por ejemplo, para el desarrollo de las cualidades del ser humano y para el cultivo de valores sociales, pero también para el aprendizaje de conductas lesivas para el propio sujeto o para sus semejantes.

No era la primera vez que me encontraba, sin proponérmelo, formando parte de una discusión informal y espontánea entre amigos acerca de la influencia que los medios de comunicación masiva ejercen sobre todos nosotros ciudadanos adultos comunes y corrientes , pero de manera particular sobre nuestros hijos, niños y adolescentes. No se trataba de la opinión de expertos en alguna de las áreas sociales, era simplemente la manifestación de un grupo de padres de familia en torno a un fenómeno social que perciben cada vez con mayor fuerza como uno más de los problemas que enfrentan cotidianamente, y que tiene que ver con el aprendizaje de actitudes y la formación de conductas no deseables en sus hijos por la influencia de agentes extrafamiliares , y que se relaciona con otro problema importante, la desintegración familiar.

En esa ocasión el tema había surgido a propósito de tres hechos circunstanciales. Uno de nosotros había comentado una noticia reciente que daba cuenta de algo que estaba por ocurrir: un par de jóvenes en alguna parte del mundo iba a tener relaciones sexuales, y el evento iba a ser difundido en vivo vía Internet. Por otra parte, momentos antes habíamos escuchado en el radio un corrido interpretado por un grupo musical cuyo nombre no recuerdo, en el cual se hace una exaltación de las aventuras de un narcotraficante real o ficticio, no lo sé. Quizás sea útil referir en esta parte de mi escrito que ninguno de los presentes en aquél momento padecemos fobia alguna vinculada con las relaciones sexuales, ni pertenecemos a congregaciones o asociaciones defensoras de la moral y de las buenas costumbres ni, afortunadamente hasta ahora, hemos sufrido la experiencia de un hijo adicto a las drogas. Es decir, no acarreamos prejuicios acerca de las experiencias a que aluden los dos casos anteriores.

El tercer acontecimiento que había inducido a mis amigos y a mi a platicar sobre la influencia de los medios masivos de comunicación fue un reportaje presentado en días recientes en la versión radiofónica del noticiero del periodista Ricardo Rocha (29 de julio del año en curso). El contenido se refería a los resultados de unas entrevistas realizadas a diferentes niños del Distrito Federal, en las cuales se preguntaba a los pequeños ¿qué era lo que deseaban ser cuando llegaran a la edad adulta? En tiempos pasados, no muy lejanos aún, la mayor parte de las respuestas solían hacer referencia a oficios o profesiones tan convencionales como policía, bombero, comerciante, doctor, o algo parecido. En esa ocasión, muchos de los entrevistados rompieron con el esquema vocacional tradicional: deseaban ser narcotraficantes o secuestradores. Cuando el reportero les preguntó por qué deseaban tal cosa, la respuesta de los chiquillos fue muy simple: " porque a ellos siempre les va bien, ganan mucho dinero y tienen muchas cosas" Si tales respuestas causaron asombro entre los que comentábamos la entrevista de marras, la que dieron a la siguiente pregunta del entrevistador nos ocasionó una profunda preocupación y desaliento. El reportero dijo a los niños si no tenían temor de que al dedicarse a esas actividades podrían ir a prisión, a lo que contestaron que no, porque con el dinero que iban a ganar podían pagarle a las autoridades para que no los metieran a la cárcel, además iban a tener "guaruras" para que los cuidaran.

No se comentó en nuestra plática, si en el reportaje radiofónico se había señalado quién o qué había inducido en los pequeños esa clase de metas, aunque pudiera ser probable que algún compañero de la escuela o amigo del barrio lo hubiera hecho; incluso puede ocurrir que los vendedores de drogas que suelen rondar los planteles educativos induzcan en los pequeños ese tipo de expectativas como parte de su negocio. Supusimos además, que difícilmente esos modelos de conducta delictiva hubieran sido propuestos a los niños por sus padres o por sus profesores.

Comentamos que no era acertado suponer que los infantes entrevistados se hubieran enterado a través de la lectura de la prensa, de lo que ha venido aconteciendo en nuestro país en los últimos tiempos con relación a ciertas actividades sancionables por la ley y a sus autores, o que por ese medio hubiesen obtenido suficiente información al respecto como la que supone la construcción de las fantasías que manifestaron. Y no es que pensáramos que la noticia periodística de nuestro país no contenga, en muchos casos, una excesiva información de la catalogada como "nota roja", ni un tratamiento sensacionalista de la misma; consideramos simplemente que la mayoría de los niños no son asiduos lectores de los diarios, por lo que concluíamos que era muy posible que además de la información que pudo haberles llegado por otras vías, la radio, la televisión y el cine hubieran sido las fuentes que aportaron cuando menos una parte importante del material informativo con el cual los pequeños entrevistados conformaron las expectativas de su futuro.

Personalmente creo que la conclusión era acertada en tanto es bien sabido que una de las características de la agitada y mediatizante vida cotidiana de finales del Siglo XX, estriba en el tiempo excesivo que niños, adolescentes, y adultos dedicamos a atender las transmisiones televisivas. Es también de sobra conocido el poco espacio que las emisiones de la televisión convencional, es decir a las que tenemos acceso sin pago previo (cable o vía satélite), y que son sin duda las de mayor audiencia en nuestro país, destinan a programas que buscan la superación personal de su auditorio. Por otra parte, somos aterrados testigos del incremento de hechos delictivos que se suceden en nuestra sociedad, y la consiguiente abundancia de notas rojas que se transmite por el radio y por la televisión diariamente, y nos basta echar un vistazo a las carteleras cinematográficas para percatarnos de la cantidad excesiva de películas en exhibición que tienen por tema diversas manifestaciones de la violencia (física, sexual, psíquica, etcétera).

Si los dos primeros eventos que he referido como generadores de la plática con mis amigos, nos hicieron pensar en la influencia que podría ejercer en nuestros hijos la existencia tantas veces señalada por los especialistas de las áreas de la educación, de dinámicos agentes educativos que se ubican al margen de los espacios y de las normas de las instituciones que tradicionalmente habían sido consideradas como los formativas por excelencia, a saber: la familia y la escuela, el último de ellos nos enfrentó de manera brutal a las posibilidades reales de tales agentes educativos.

En oportunidades previas había comentado acerca del fenómeno de las capacidades educativas de los medios masivos de comunicación. Mis interlocutores habían sido también amigos o familiares que poseen una característica común, el ser madres o padres de familia; hombres y mujeres como usted o como yo, que se encuentran desempeñando actividades tan comunes como amas de casa, comerciantes, taxistas, empresarios medianos y pequeños, pintores, profesionistas, universitarios docentes o investigadores, etcétera. Adicionalmente a su estatus de jefes de familia, todos ellos comparten la opinión de que el radio, la televisión y la cinematografía son indiscutibles generadores de influencias diversas, desafortunadamente en nuestro país en muchos de los casos de índole perniciosa.

En esas ocasiones el disparador de la reflexión había sido fundamentalmente la abundancia de contenidos relacionados con violencia, sexo, y consumo de drogas, que se transmiten bajo diferentes formas y de manera constante a la población como verdaderas entidades nefastas de disfraces múltiples, pero aparentemente bajo un mismo signo, la persecución del lucro económico, cuyos mecanismos y estrategias tocan a los sentidos y al inconsciente de todos los sujetos sin discriminación alguna.

Habíamos hablado de esos materiales que se difunden por el radio como alegorías musicalizadas que conmemoran bien sea acciones sexuales o hechos delictivos realizadas o cometidos por chavos "reventados" o por capos de la droga. También habíamos hecho referencia de los noticieros policiacos que se transmiten en algunas estaciones radiofónicas, a diferentes horas del día, y en los cuales los reporteros acuden de manera más que suficiente a la riqueza descriptiva en las reseñas de los delitos que dan a conocer.

O por la televisión, asumiendo la forma de concentrados o clips musicales que suelen ser transmitidos como por asalto a cualquier hora del día, presentando de manera inesperada sus mensajes erótico-musicales aderezados con mensajes subliminales vinculados con un mundo en el que todo es permitido; o "salamandrizados" como caricaturas, que tienen por personajes heroicos a sujetos mediocres y vulgares que se debaten en el transcurrir de la vida gris del "american way of life" , o a entes que parecen haber sido engendrados por mentes esquizofrénicas o deliberadamente malignas, y cuyo accionar gira fundamentalmente en torno a una tendencia destructiva merced a los poderes suprahumanos que poseen, introduciendo al niño y al adolescente a un mundo fantástico en el que los conceptos del bien y del mal se confunden y se presentan a la manera de Eliphas Leví como extremos de una misma cuerda, como dos partes de una misma opción, no como opuestos irreconciliables y con distinto signo de carácter ético.

O en las salas de cine como narraciones audiovisuales de las aventuras de prohombres que se presentan una y otra vez con los mismos argumentos primitivos y explosivos, ofreciendo tan sólo la diversidad de su apellido, esto es I, II, III, etcétera, o como historias reales o ficticias que no tienen como argumento otra cosa que la interrelación entre sexo, drogas, alcohol y su secuela de contenidos degradantes de la naturaleza humana, pero todos ellos con redituables ganancias para quienes las exhiben y las producen.

En todas las oportunidades en que hemos reflexionado acerca de los medios masivos de comunicación mis amigos y yo, hemos reconocido sus grandes capacidades como agentes educativos. En todas esas ocasiones hemos considerado que en nuestro país, la radio, la televisión y la cinematografía comerciales, al parecer apuestan a la adoración del mítico becerro de oro a través de la educación para la mediocridad, de forma que salvo excepciones notables, el desarrollo de las cualidades humanas o el cultivo de valores morales y éticos no constituye una tarea que les interese desempeñar.

Ahora bien, indudablemente las reflexiones anteriores son acertadas, pero plantear el problema de la educación de nuestros hijos solamente en función de las posibilidades que los medios masivos de comunicación tienen para ello es, cuando menos, irresponsable. Más allá de explicaciones de carácter histórico-social que aún pudiendo ser verdaderas, busquen apaciguar nuestras conciencias culpando a las circunstancias o a las instituciones públicas nacionales de las deficiencias de nuestro país en términos de la educación de muchos padres de familia, quienes tenemos tal estatus no podemos eludir nuestra obligación de ser los principales educadores de nuestros hijos, incluso antes que los profesores.

Suponer que los medios masivos de comunicación son los únicos culpables del aparente cambio de expectativas vocacionales en muchos de los niños de este país, es aceptar implícitamente que la familia y la escuela han cedido su papel de educadores a tales agentes sociales. En opinión de muchos de mis amigos esto es cierto, y esos medios de comunicación están ganando la batalla educativa a la familia y a las escuelas.

Si lo anterior es verdadero o es falso no es cuestión del presente escrito, en todo caso es un problema que le corresponde enfrentar a la sociedad a través de las instancias especializadas. Lo que resulta evidente, es que los medios masivos de comunicación han incrementado de manera extraordinaria su capacidad real como formadores de actitudes y conductas en la sociedad en general y en los individuos en lo particular, y que si se está dando un desplazamiento de las instituciones educativas tradicionales por los agentes que he mencionado, mucho tiene que ver el propio desempeño de las primeras. Es cierto que actualmente la dinámica individual y social que implica la sobrevivencia al interior del modelo de vida que se nos ha impuesto, obliga cada vez más a la ocupación productiva de los dos cónyuges fuera del hogar, con lo que su permanencia al lado de sus hijos es cada vez menor. Es también verdad que los esquemas educativos escolares tradicionales, en lo general han sido incapaces de satisfacer las expectativas de mejoría social que el egresado ha construido a partir de su formación universitaria.

Muchas otras cosas se podrían decir con relación a esto, sin embargo, a mis amigos y a mí, siempre nos quedan preguntas cuya respuesta no atinamos a encontrar, por ejemplo:

- Si los padres de familia nos percatamos del problema ¿por qué no implementamos medidas para resolverlo?

- Si las autoridades gubernamentales tienen el poder legal para hacerlo ¿por qué no existe una reglamentación eficiente para el control de las transmisiones o para la admisión a los espectáculos?

- Conociendo las enormes potencialidades educativas de los medios, ¿por qué el Gobierno federal no regula las concesiones de manera que realmente aquéllos destinen por ley, tiempos suficientes en horarios convenientes, para la transmisión de programas que eduquen para la superación personal y social?

- Si los medios salen ganando con la educación para la mediocridad el país lo hace con un pueblo culto e inteligente, entonces ¿por qué no intervenimos en este sentido?

- El incremento de la educación para la desintegración individual y social a la que estamos aludiendo ¿es puramente circunstancial? es decir, ¿se da sólo como resultado de eventos fortuitos concomitantes que le favorecen?

- ¿Etcétera?, ¿etcétera?, ¿etcétera?

- Sin duda el lector tendrá muchas y más interesantes preguntas al respecto.