Análisis

La otra violencia

¿Militarización de México?
José Luis Piñeyro Enero 5 / 1998

En los últimos dos años se ha hablado de forma insistente de la paulatina militarización del país. Esta percepción parte de varias situaciones más o menos recientes. Primero, la masiva presencia militar permanente en Chiapas de mediados de 1994 en adelante después de la rebelión zapatista y la situación de paz armada prevaleciente, donde se calcula que están acuartelados cerca de 40 mil efectivos militares dedicados a acciones de patrullaje, instalación de retenes móviles, otorgamiento de labor social, recopilación de información, entre otras. Segunda, la campaña castrense antinarcóticos que cambia de estados y zonas geográficas según la estación de año y las nuevas zonas de cultivo y tránsito de drogas detectadas, campaña que implica un despliegue que recién informó la cancillería mexicana abarca a 20 mil soldados.

Una tercera situación son las movilizaciones de tropas debido a la aparición del Ejército Popular Revolucionario a mediados de 1996, movilizaciones que comprenden la entidades de Guerrero, Oaxaca, Morelos, Estado de México y Puebla, presencia militar provisional pero masiva estimada en contingentes de 10 mil soldados, lo cual combina soldados de la zona militar respectiva con fuerzas especiales de contraguerrilla. Por último, la presencia militar se detecta también en un aspecto selectivo y cualitativo mediante la asignación de altos y medianos mandos en más de 20 corporaciones policíacas estatales, el Instituto Nacional de Combate a las Drogas, la policía judicial federal y en algunas penitenciarías y aeropuertos, como respuesta a la corrupción e ineficiencia de dichas corporaciones y al escandaloso aumento de la delincuencia profesional y ocasional a nivel nacional así como del narcotráfico internacional.

Existen posiciones a favor de la participación militar en las corporaciones de seguridad pública . Se argumenta que se ha contribuido a la disminución de los delitos y de la presencia de delincuentes, aumentando así la seguridad pública y además se plantea que algunos sectores sociales solicitaron dicha presencia.

Asimismo, se afirma que la participación de uniformados en mandos policíacos altos e intermedios disminuye considerablemente la corrupción e ineficiencia de las policías, que el entrenamiento militar a la policía capitalina elevará su capacidad técnica y operativa y la imbuirá de actitudes y valores positivos como la honestidad, la disciplina, el espíritu de servicio y que la sustitución de más de dos mil policías capitalinos es provisional al igual que todo el proceso descrito. Incluso, se arguye que los mandos castrenses acuden a los puestos sin su tropa y armamento, la cual queda en los cuarteles y además que el titular de todos es una autoridad civil, el presidente de la República, el regente capitalino, los gobernadores de los estados según cada caso.

Las posiciones contrarias a la creciente participación militar plantean que los militares no están educados ni capacitados para el trato con el público, pues la mentalidad castrense está conformada, entre otros aspectos, para actuar en un caso concreto bajo la visión de amigo o enemigo, órdenes y no contraórdenes, lo cual ha provocado violaciones a los derechos humanos en las campañas contraguerrilleras y antinarcóticos, sobre todo en las áreas rurales.

Se agrega, por un lado, que el recurso a los uniformados es anticonstitucional y, por otro, que se les expone a medios supercorruptores como los del multimillonario narcotráfico y el del atractivo crimen organizado. En fin, en pocas palabras, los militares están desempeñando funciones que no les corresponden legalmente y no convienen ni a la sociedad ni al propio instituto armado.

Ahora bien, de momento hablar de militarización de la economía y la política en México como proceso global consolidado es muy prematuro. Sin embargo, cabe destacar que sí ha habido aumentos sustanciales en el presupuesto militar, en el número de efectivos incorporados y en las compras externas de armamento durante el último lustro. También existe la tendencia política a privilegiar soluciones de fuerza sobre la negociación a nivel macro o regional como en Chiapas y otros estados como Guerrero y Oaxaca y a nivel micro con el trato a diversos movimientos socio-políticos urbanos y rurales.

Por otro lado, el carácter legal o ilegal del uso de los uniformados depende del tipo de interpretación que se haga del articulado constitucional respecto a las atribuciones presidenciales y de las funciones de las Fuerzas Armadas y de las propias leyes orgánicas de las mismas. Igualmente, el carácter legítimo o ilegítimo de dicho uso para las diversas clases y sectores sociales de la nación dependerá de los resultados concretos y de los intereses económico-político defendidos por las acciones militares.

Por ejemplo, la expansiva criminalidad profesional y ocasional, la profunda corrupción y prepotencia policíacas y el corrosivo círculo narcotráfico-drogadicción son situaciones que preocupan y atentan cotidianamente contra el ciudadano en su seguridad física o familiar y en sus propiedades. El argumento de que estos fenómenos son problemas de seguridad nacional, aparece claro e incuestionable, pero no tanto cuando se pretenden solucionar solo con métodos de poder discrecionales o incluso arbitrarios al margen de cualquier contraloría social y sin tocar las raíces de donde se nutren los fenómenos mencionados.

Con otras palabras, el uso discrecional del poder presidencial de las Fuerzas Armadas sin instancias de supervisión, por ejemplo, del poder Legislativo u otras instancias legales y legítimas, se presta a no saber hasta donde la participación militar obedece a criterios de seguridad nacional o de mera seguridad gubernamental. Se requiere supervisar el funcionamiento de los cuerpos policíacos, el entrenamiento de policías por militares, renovar a fondo las instancias de procuración y administración de justicia del poder Judicial de donde son liberados con relativa facilidad importantes e influyentes narcotraficantes y delincuentes y son condenados otros de menor jerarquía. Asimismo, resulta imprescindible atacar las causas o raíces económico-sociales de la inseguridad pública nacional, no solo con llamados a aumentar la fortaleza moral (exaltación de los valores patrios, religiosos, familiares) sino también con el reforzamiento de la fuerza material como es el empleo masivo remunerador y permanente y no de minisalarios y provisional-electoral, la medicina social curativa-hospitalaria y no solo preventiva de vacunas, aspirinas y urgencias, la vivienda familiar digna y accesible y no reducida y cara, la educación profesional y técnica de calidad y no solo de cantidad. Si la tendencial militarización de la vida política de México y en especial de los cuerpos policíacos no parte de articular la fuerza moral y material de la nación, con o sin militarización o con policías militarizados, la guerra contra la inseguridad pública y por la estabilidad política estará perdida, aunque se ganen algunas batallas de la misma.

Deja mucho que desear la reunión realizada a principios de año sobre Seguridad Pública Nacional donde participaron todos los gobernadores, los titulares de Defensa, Marina y Gobernación, entre otros secretarios, y el propio presidente de la República. Las acciones tácticas para fortalecer la seguridad pública estuvieron dirigidas a tres rubros. Mayores asignaciones monetarias multimillonarias (2,400 millones de pesos) para elevar la profesionalización policíaca y judicial así como su equipamiento y la seguridad en carreteras.

Actualización jurídica para la definición de nuevos delitos y leyes correspondientes así como los criterios de selección del personal judicial. Mayor coordinación de los cuerpos policiacos estatales para enfrentar el hampa en estados circunvecinos a la ciudad capital y al conjunto de la federación.

Si bien resulta básico, el otorgar más dinero, lograr una mejor coordinación y delimitar una nueva tipificación jurídica no es suficiente apostarle a medidas técnicas, monetarias y legales como únicos conductores prácticos de la estrategia nacional de seguridad pública. Si no se remueven las raíces materiales mencionadas y no se convoca a la participación ciudadana, la estrategia tendrá resultados magros, provisionales y hasta contraproducentes para los propios militares quienes descuidarán otras labores y deteriorarán su imagen pública.

La militarización mediante el uso y abuso de las fuerzas armadas (institución básica del Estado mexicano) puede llevar al desgaste de la seguridad del Estado, lo cual considerando la desgastada seguridad moral y material de la nación, difícilmente llevaría a una solución a fondo de los problemas planteados sino a un agravamiento de los mismos, generándose así mayores espacios de ingobernabilidad. Considerando la magnitud del problema, el solo concurso de las secretarías de Estado y el poder presidencial no son suficientes, se requiere de la renovación del poder Judicial y de la participación del poder Legislativo así como de la sociedad civil en sus múltiples organizaciones y manifestaciones (laicas, religiosas, educativas, empresariales), de otra manera, la tendencia a la militarización, ciertamente, se acelerará y no para bien de la nación y del Estado.