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EL PODER
LEGISLATIVO Y LA TRANSICION DEMOCRATICA |
Del
1º de septiembre al 20 de octubre del presente año
hemos sido testigos de la emergencia de una institución
que durante más de seis décadas de gobiernos postrevolucionarios
había protagonizado el papel de comparsa del poder Ejecutivo
en la tragicomedia de la política mexicana. Fueron suficientes
50 días, menos de dos meses, para que el poder Legislativo,
en particular la Cámara de Diputados, despertara de su
largo letargo y renaciera como una institución vigorosa
que se ha convertido en el centro de la atención y el
debate político nacional.
El
renacimiento del Poder Legislativo va de la mano de la pérdida
de la mayoría absoluta del PRI en la Cámara de
Diputados y de la conformación de un Bloque Opositor
creado ex profeso para integrar, sin el predominio del
partido oficial, los órganos de gobierno de la Cámara
Baja. Así pues, luego de las elecciones del 6 de julio,
la Cámara de Diputados tiene por primera ocasión
en la historia del régimen postrevolucionario la oportunidad
de hacer realidad el principio de separación de poderes
y con ello dar un impulso invaluable a la transición
democrática que atraviesa nuestro país. De la
profundidad de sus acuerdos, publicidad de sus actos y credibilidad
de sus actores dependerá en buena medida los alcances
o limitaciones que esta institución tenga en el cambio
político que vivimos en México. A problematizar
estos tópicos dedicaremos las siguientes líneas.
1.
Las elecciones del 6 de julio y la nueva Cámara de Diputados
Las
elecciones intermedias del 6 de julio determinaron el punto
de ruptura entre la antigua y la nueva Cámara de Diputados.
Por vez primera, el partido oficial no cuenta con la mayoría
absoluta en la Cámara de Diputados y puede perder el
control de la misma. La nueva correlación de fuerzas
a su interior : 239 diputados del PRI y 269 de la oposición
(125 del PRD, 122 del PAN, 8 del PVEM y 6 del PT), ha introducido
elementos novedosos en la vida parlamentaria: desaparece la
Gran Comisión, de naturaleza monopartidista, dado que
ningún partido cuenta con la mayoría absoluta
de diputados y es sustituida por la Comisión de Régimen
Interno y Concertación Política integrada de manera
paritaria por los coordinadores de las fracciones parlamentarias;
se eliminan las prácticas de mayoriteo por parte del
partido oficial y se somete a la negociación de los partidos
representados en la Cámara todos los asuntos que tienen
que ver con sus órganos de gobierno, comisiones de dictamen
y formato del informe presidencial. En esta nueva coyuntura,
la conformación del Bloque Opositor, integrado por diputados
del PAN, PRD, PVEM y PT que en conjunto tienen la mayoría
absoluta, ha resultado fundamental para recuperar autonomía
y credibilidad del Poder Legislativo. En efecto, a raíz
de su integración, este bloque ha conseguido tres triunfos
indudables:
1.
A pesar de las amenazas del PRI de desconocer la instalación
de la LVII Legislatura del Congreso de la Unión, consiguió
que la presidencia de la Mesa Directiva de la Cámara
de Diputados del mes de septiembre quedará en manos de
un opositor, en este caso el diputado perredista Porfirio Muñoz
Ledo. Así, por primera ocasión un diputado de
un partido distinto al del titular del Ejecutivo respondió
el Informe presidencial.
2.
La presidencia de la Comisión de Régimen Interno
y Concertación Política, máximo órgano
de gobierno interno, no quedará en manos de un sólo
partido y será rotatoria entre los partidos representados
en la cámara. En los primeros seis meses, la presidencia
recaerá en el diputado Carlos Medina Placencia, coordinador
de la fracción parlamentaria del PAN.
3.
La
distribución de las 59 presidencias de las Comisiones
y Comités de la Cámara de Diputados se realizó
considerando la proporción de escaños obtenidos
por cada partido. Al PRI le correspondieron 27 comisiones, al
PAN 14, al PRD 14, al PT dos y al PVEM dos. Asimismo, las oposiciones
consiguieron la presidencia de comisiones importantes: Gobernación
y Puntos Constitucionales, y Vigilancia de la Contaduría
Mayor de Hacienda al PAN; y Programación, Presupuesto
y Cuenta Pública, y Educación al PRD.
Sin
embargo, los avances conseguidos hasta el momento por el Bloque
Opositor, por sí solos, no pueden llevarnos a concluir
que el Poder Legislativo ya afianzó su independencia
con respecto al Poder Ejecutivo y afirmó un nuevo equilibrio
de poderes. Para ello, es necesario que la Cámara Baja
asuma un papel más activo no solamente en lo que respecta
a la conformación de sus órganos internos de gobierno
y dictamen, sino en lo que compete a los nuevos retos y desafíos
que enfrenta la transición democrática.
2.
El papel del Congreso en la transición democrática
La
nueva conformación de la Cámara de Diputados nos
obliga a preguntar: ¿cuáles son las funciones que
tendría que asumir esta instancia en la nueva coyuntura
política abierta por las elecciones del 6 de julio? La
respuesta a esta pregunta no admite equívocos. La LVII
Legislatura tiene la oportunidad histórica de asumirse
como el foro central en la construcción de la legitimidad
del nuevo régimen, el órgano capaz de ganar capacidad
para la toma de decisiones con relación a los problemas
urgentes y el espacio privilegiado para sentar las bases de
un nuevo pacto político que acabe por minar los restos
del antiguo régimen autoritario y comience a edificar
las nuevas instituciones y prácticas democráticas.
Para
llevar a buen puerto estas iniciativas, la Cámara de
Diputados requiere implementar cambios substanciales en su vida
interna y en su relación con los otros poderes, actores
sociales y ciudadanos. Internamente, la Cámara Baja puede
instrumentar nuevas reglas que fortalezcan la actividad legislativa.
Entre otras podrían mencionarse las siguientes: aumentar
la duración de los períodos de sesiones; democratizar
el funcionamiento interno de las comisiones de dictamen y hacerlas
trabajar permanentemente durante los recesos; aumentar el tiempo
legislativo para el desahogo de las iniciativas de los legisladores;
limitar el envío de iniciativas por parte del Ejecutivo
a las primeras semanas del período de sesiones, etcétera.
Hacia lo externo, el Legislativo está en condiciones
de replantear sus relaciones con los otros poderes y fortalecer
sus vínculos con la sociedad y los ciudadanos. Por primera
vez en lo que va del siglo, se empezaría a hacer realidad
la independencia y control del Legislativo sobre el Ejecutivo
a través del uso de facultades de control parlamentario
(por fiscalización, por información, por investigación,
control político, etcétera) que no han sido utilizadas
en nuestra historia legislativa contemporánea dada la
subordinación y complicidad de los diputados priístas
con las autoridades emanadas del mismo partido.
Pero
más allá de sus facultades constitucionales, la
Cámara de Diputados aparece como el espacio natural para
desmantelar las estructuras del viejo régimen autoritario
y diseñar las nuevas reglas del juego político.
Si anteriormente el espacio para la negociación sobre
la reforma del Estado fue el del Ejecutivo con las direcciones
de los partidos, ahora el escenario de esa reforma tendría
que ser el Legislativo. Temas como el nuevo federalismo, la
impartición de justicia, la consecución de la
paz en Chiapas y autonomía de los pueblos indios, la
seguridad pública, entre otros, formarían parte
de esta nueva agenda de reforma democrática del Estado.
Ahora
bien, el nuevo papel y protagonismo del Legislativo en la transición
democrática quedaría sólo en buenas intensiones
si este organismo no es capaz de fortalecer los vínculos
entre el Estado, sociedad y ciudadanos y recuperar credibilidad
en las instituciones y actores políticos. En efecto,
si la nueva Cámara de Diputados no involucra a los ciudadanos
en la cosa pública corre el riesgo de convertirse
en un espacio vacío que sólo será ocupado
por los políticos profesionales. Para evitar este posible
vaciamiento desde arriba, la Cámara de Diputados está
en condiciones de impulsar iniciativas para, por un lado, publicitar
su actividad interna y ejercer austeramente su presupuesto,
y por el otro, democratizar las organizaciones sociales y reconocer
el derecho de los ciudadanos a participar en el proceso legislativo
a través de las figuras del plebiscito, el referéndum
y la iniciativa popular. Esa es la apuesta.