El
6 de julio de 1988 marcó el punto de quiebra del sistema
político mexicano. En aquel entonces, se presentó la alternativa
de un movimiento político nacional que sin plantear un
cambio violento propondría una revolución democrática
y pacífica que retomaría las demandas de justicia y democracia
que quedaron rezagadas desde el movimiento revolucionario
de 1910-1917, y la transición para iniciar un proceso
de liberalización y modernización del régimen político.
A partir de 1988 se hizo más evidente un proceso político
nacional que llevó a la ruptura de los tres grandes pilares
del sistema político mexicano. A saber, el partido de
Estado, el presidencialismo autoritario y el corporativismo.
Asimismo, se dio la coyuntura favorable para generar una
ruptura al seno de la sociedad civil y de la sociedad
política.
El descontento y la movilización social, que se incrementaron
en formas diversas desde la década de los sesenta, específicamente
con el movimiento estudiantil y popular de 1968 (que como
parte de la reacción a la masacre y la represión pasó
por el ensayo de la lucha armada de movimientos guerrilleros
y luchas sociales, sindicales, populares y campesinas),
y la constitución de cientos de organizaciones sociales
y ciudadadanas que se plantearon la lucha por el ejercicio
de sus derechos sociales y políticos en la década de los
ochenta, constituyen el antecedente inmediato que facilitó
la confluencia de un movimiento político que se aglutinó
en torno al Frente Democrático Nacional (FDN).
El proceso electoral de 1988 convirtió las elecciones
presidenciales en el escenario de la lucha ciudadana en
contra del Partido Revolucionario Institucional, de la
representación institucional del sistema de corrupción,
fraude, autoritarismo y represión que se hizo gobierno
a partir de 1940, con el sexenio de Miguel Alemán.
Durante el proceso electoral se dio la ruptura definitiva
de la "Corriente Democrática", que al interior del PRI
representó a la izquierda del régimen que nunca logró
hegemonizar la conducción política del partido de Estado.
Además, se reactivaron los viejos vínculos entre ésta
y los grupos de la izquierda mexicana que se desempeñaron
en los partidos socialistas y las organizaciones políticas
independientes.
La estructuración de lo que se denominó el cardenismo,
como movimiento político nacional, estuvo en condiciones
de promover que la insurgencia civil que derrotaría al
PRI en las urnas se convirtiera en una sublevación considerable
en algunas regiones del país; sin embargo, habrá que reconocer
que la dirección política del movimiento cardenista optó
por la transición pacífica a la democracia.
El gran fraude electoral propició las condiciones para
promover una rebelión contra el régimen que hubiera contado
con legitimidad tanto al interior como al exterior del
país. Con todo, el candidato del FDN, Cuauhtémoc Cárdenas,
optó por inhibir los brotes de insurrección y convocó
a formar un partido político nacional que pudiera organizar
a todos los sectores sociales y políticos que se manifestaron
en las urnas por el cambio.
Finalmente, la institucionalización del movimiento cardenista
en un partido político, el Partido de la Revolución Democrática
(PRD), no logró aglutinar a toda la diversidad de manifestaciones
que convergieron en el FDN, aunque surgió por primera
vez en la historia de México una alternativa política
partidaria de izquierda con capacidad de competencia en
el ámbito electoral.
En el periodo de 1988 a 1998, se consolidaron varios movimientos
sociales y cientos de organizaciones sociales y civiles
que dieron cuerpo a una sociedad civil organizada y disidente.
Las organizaciones surgidas de los sismos de 1985, de
las luchas indígenas y campesinas por la tierra y la sobrevivencia
de sus comunidades, de las luchas universitarias y por
los derechos humanos, destacaron en la constitución de
nuevos actores sociales y políticos que plantearían en
la década de los noventa un nuevo reto para transitar
a un sistema político democrático con justicia y dignidad.
A partir de 1994, con el surgimiento y consolidación de
movimientos y actores sociales como el Ejército Zapatista
de Liberación Nacional, Alianza Cívica, El Barzón, el
Congreso Nacional Indígena y varios miles de organismos
ciudadanos y no gubernamentales integrados en un conjunto
de redes sociales y con movilizaciones, se configuró un
panorama nacional diferente al que existía hasta antes
de 1988.
Con el resurgimiento de los movimientos históricos del
cardenismo en 1988 y del zapatismo en 1994 (que además
retomarían la experiencia de lucha de las últimas décadas,
y de su confluencia con los nuevos actores de la sociedad
civil) se configuró un nuevo bloque político y social
que cambió la correlación de fuerzas y disputa por un
proyecto alternativo de nación.
Estos movimientos políticos nacionales, surgidos en la
última década, tienen el reto de converger, desde la sociedad
civil y la sociedad política, para garantizar el establecimiento
de nuevas condiciones en las relaciones sociales y de
cambio de régimen político que pongan al país en una plataforma
de transición a la democracia para el tercer milenio.