Análisis

EL PRD DE CARA AL DOS MIL.

El Partido de la Revolución Democrática es el partido más joven de nuestro actual sistema de partidos, y, sin embargo, es, al mismo tiempo, representante de dos de las tradiciones más antiguas de la política partidaria del siglo XX mexicano. En efecto, este instituto político, fundado en mayo de 1989, es heredero de la tradición organizativa e ideológica de la izquierda comunista y socialista que pasa por el Partido Comunista Mexicano (PCM, 1919-1981), el Partido Socialista Unificado de México (PSUM, 1981-1987), el Partido Mexicano Socialista (PMS, 1987-1989) y, finalmente, la heterogénea constelación de corrientes y organizaciones de izquierda (maoístas, trotskistas, etc.) que se fusionaron en mayo de 1989 para dar vida al actual PRD. Pero también este partido es heredero de una parte de la historia del Partido Revolucionario Institucional (PRI, 1929-?), partido en el gobierno y del gobierno, y, por tanto, de su ideología de la Revolución mexicana y de sus virtudes y sus defectos organizativos. El PRD sintetiza mucho de lo mejor, pero también de lo peor, de esos dos mundos, y esa doble herencia determina en buena medida las posibilidades y limitaciones de ese partido de cara al año dos mil.

El PRD surgió en 1989 como el partido "que nació el seis de julio de 1988", como le gustaba repetir a Cuauhtémoc Cárdenas, y por ello desde su nacimiento se vio determinado por una doble convicción de sus fundadores: por un lado, la idea de que el candidato de Frente Democrático Nacional había ganado las elecciones y había sido despojado de su triunfo por un gigantesco fraude, y de que, por tanto, el gobierno de Salinas de Gortari era ilegítimo de origen. Por otro lado, en los fundadores del PRD dominaba la idea de que la votación favorable a Cárdenas era resultado de una ruptura histórica del pueblo con el partido de Estado y de que era necesario organizar el nuevo partido para encauzar al pueblo y su candidato a ganar la presidencia en el año 1994. En el horizonte inmediato del partido no había otro objetivo que el de ganar el máximo cargo del poder político en México, por medio de un enfrentamiento sin cuartel con el gobierno usurpador de Salinas.

Por supuesto, es muy entendible que el nuevo partido surgiera con esas percepciones políticas. Para la vieja izquierda, aquella que brindó el sustento organizativo del FDN, constituía un sueño difícil de creer el concretar la posibilidad de convertirse en actores protagónicos de una coyuntura como la abierta en 1988, después de haber sido organizaciones más bien marginales que permanentemente habían vivido con la ilusión de montarse en una "situación revolucionaria". Para los ex priístas de la Corriente Democrática constituía una verdad evidente que ellos habían sido el detonador de la crisis política abierta por el proceso electoral de 1998, momento en el que creyeron acariciar la Presidencia de la República. A ambos grupos les resultaba muy difícil pensar en la necesidad de una estrategia de largo plazo de construcción del partido en diversas áreas del quehacer político, como las elecciones municipales, de congresos locales y gobernadores, por ejemplo. Por el contrario, en los sectores dominantes del PRD se cristalizó la ilusión de que la gran movilización ciudadana del seis de julio de 1988 podía convertirse en un movimiento permanente cuya expresión partidaria sería, evidentemente, el PRD.

De ahí, la noción de partido-movimiento en torno a la cual convergieron los sectores más radicales de la izquierda de origen marxista y los expriístas de la Corriente Democrática.

Provisto de esta concepción estratégica, durante el sexenio del presidente Salinas el nuevo partido se enfrentó a la obstinación gubernamental en su contra, lo que reforzaba permanentemente la apuesta perredista del todo o nada.

El arribo a la presidencia del partido de Porfirio Muñoz Ledo, en 1993, inició un viraje estratégico sustancial: de la idea de ganarlo todo en una elección presidencial, la política del PRD comenzó a orientarse decididamente a disputar cada espacio de poder político, desde los municipios hasta las gubernaturas, y a negociar con otros actores políticos, incluido el gobierno, la elaboración de nuevas reglas del juego para los procesos electorales. Por supuesto, los resultados electorales de 1991 y 1994 fueron convenciendo paulatinamente a la dirección del partido de lo erróneo de su estrategia y de la necesidad de avanzar por un camino más realista de construcción a largo plazo, desplegada en varios planos de la actividad política. En efecto, después de haber estado en condiciones de disputar la presidencia en 1988 bajo las siglas del FDN, el joven PRD obtuvo unos modestos 8% y 16%, respectivamente, en los comicios intermedios de 1991 y los presidenciales de 1994, porcentajes con los que parecía consolidarse en el tercer lugar de las preferencias ciudadanas, a considerable distancia tanto del PAN como del PRI.

Durante los poco más de tres años transcurridos del gobierno del presidente Zedillo se han conjugado dos cambios que han permitido el avance sustancial del PRD hasta convertirse en la segunda fuerza política del país, en virtual empate con el PAN. Por un lado, el cambio de orientación estratégica del partido, comentado anteriormente, reforzado en el tercer congreso nacional de 1995; y por otro lado, el cambio de orientación de la política gubernamental, de una consistente en escamotearle al PRD cualquier triunfo electoral, practicada de manera consistente por el presidente Salinas, a otra de apertura y tolerancia hacia los triunfos opositores que el gobierno actual ha desarrollado hasta la fecha. Esta peculiar combinación ha permitido que el PRD gobierne (a diciembre de 1997) 285 municipios, 23 menos que el PAN, de los cuales dos son capitales de su estado (Colima y Jalapa), y el Distrito Federal, ni más ni menos que la capital del país, en el cual obtuvo un triunfo arrollador en julio de 1997 (aun cuando no llegó al 50% de los sufragios ganó en 38 de 40 distritos locales). En el proceso electoral federal de 1997 llegó al 25.72% de la votación para diputados, levemente por debajo del 26.6% del PAN, pero logró más triunfos de mayoría relativa que este partido (70 contra 64) por lo que conjuntó el segundo grupo parlamentario en la Cámara baja (125 diputados, contra 239 del PRI y 121 del PAN), hecho que le permitió convertirse en el pivote de una coalición parlamentaria opositora que en momentos ha podido ser mayoritaria.

En estos últimos años, el PRD ha aumentado su presencia aun en localidades en que virtualmente no existía en el pasado reciente o era marginal, como Sonora, Campeche y Sinaloa. Por supuesto, en algunos estados su presencia sigue siendo mínima, como Nuevo León (2.9% en 1997), Yucatán (7.4%) o Querétaro (9.4%), pero son menos que en el pasado. En 1997 el partido se constituyó en primera fuerza en tres entidades: Distrito Federal, cuya jefatura de gobierno ganó, Michoacán y Morelos. En otras doce se colocó en segundo lugar, en algunas de ellas a muy corta distancia del primero que invariablemente fue el PRI, como Guerrero, Estado de México (donde la distancia es de unas cuantas décimas) y Tabasco.

Esto significa que en quince entidades, entre las cuales se encuentran los tres padrones electorales más grandes del país (Estado de México, Distrito Federal y Veracruz) la competencia tiene lugar en un formato bipartidista en que los dos referente fundamentales son el PRI y el PRD.

Sin lugar a dudas la dirigencia del PRD ya entendió que la ruta hacia la elección presidencial del año dos mil pasa necesariamente por las elecciones locales de esta segunda mitad del sexenio y está dispuesta a poner toda la carne en el asador. Su candidato natural para la presidencia, Cuauhtémoc Cárdenas, se decidió por fin el año pasado a disputar un puesto intermedio que le puede preparar el camino al dos mil: la jefatura de gobierno del Distrito Federal. Su participación como candidato en una elección intermedia generó un efecto de arrastre favorable a su partido tanto en el propio D.F. como en otras entidades. Su desempeño en la responsabilidad ejecutiva de la capital lo ha colocado en el centro de atención de todo el país y puede proporcionarle una plataforma inmejorable en la ruta de la elección presidencial. Seguramente se debe a ello que Vicente Fox, el gobernador panista de Guanajuato, ha adelantado considerablemente el inicio de su precampaña para lograr la candidatura de su partido y que en el PRI se ha dado ya la luz verde para desactivar los candados impuestos por la XVII Asamblea. La lucha por la sucesión presidencial ya inició y la gran novedad ahora es que no solamente compete al PRI, sino que los partidos de oposición, y de manera relevante el PRD, serán protagonistas decisivos.

Durante el año de 1998 tendrán lugar procesos electorales en catorce entidades del país, en diez de las cuales estarán en juego las gubernaturas respectivas.

Es altamente probable que el PRD mantenga la estrategia de postular a priístas inconformes, como hasta ahora lo sugiere el hecho de que en Zacatecas haya decidido apoyar a Ricardo Monreal, quien a la fecha era vicecoordinador de la diputación priísta, y para Durango y Veracruz suenen los nombres de Máximo Gámiz e Ignacio Morales Lechuga, respectivamente. Sin lugar a dudas, ahí donde el partido del sol azteca postula a algún priísta arrepentido su caudal electoral se ha visto beneficiado, como lo muestra la experiencia reciente, por ejemplo, Layda Sansores en Campeche. Por supuesto, este fenómeno implica un fuerte riesgo para el partido, pues es muy probable que se convierta en plataforma de lanzamiento para políticos ambiciosos que al poco tiempo lo abandonen, como ya ha ocurrido en materia de diputaciones y senadurías. Pero el hecho mismo de que siga ocurriendo esa auténtica fuga por goteo de priístas hacia el PRD es reveladora de un cambio sustancial en la lógica de funcionamiento del sistema de partidos: los priístas disidentes o simplemente inconformes con los métodos de selección de su partido ya tienen a dónde ir. Y no solamente eso: saben que pueden ganar aun desde la oposición, porque el PRI ya no puede brindar garantía de triunfo, lo que no ocurría hace algunos años.

En la medida que la dirigencia priísta siga recurriendo a los métodos tradicionales de imposición de candidatos, seguirá desarrollándose esa fuga por goteo hacia el PRD, o al nuevo Partido del Centro Democrático de Manuel Camacho Solís, siempre y cuando, por supuesto, se le otorgue el registro.

En suma, las elecciones locales de 1998, su desempeño parlamentario en las cámaras de diputados y de senadores y las responsabilidades de gobierno en los 285 municipios que gobierna y en el D.F., constituyen los espacios en que el PRD desarrollará su proceso de construcción como un auténtico partido político nacional de cara al año dos mil. Pero, eso sí, si aspira a avanzar seriamente en ellos, deberá despojarse de su mito fundacional: ganar la presidencia o morir.