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Análisis

Un tema a discución

El PRI ante los retos de la competencia
Pablo Javier Becerra Chávez Febrero 16 / 1998

¿Podrá sobrevivir el PRI en las nuevas condiciones de competencia que ya se afianzan en el México que mira hacia el año dos mil?, ¿podrá ese partido, que fue construido desde el poder para mantenerse en el poder, asumirse como un competidor más, en igualdad de condiciones frente a otros competidores? Sin lugar a dudas, le costará mucho trabajo, pero, si quiere llegar con posibilidades reales de ganar la presidencia el año dos mil, no tiene más remedio que iniciar su aprendizaje.

Por supuesto, no se trata de una tarea fácil. Desde su nacimiento como Partido Nacional Revolucionario (PNR) en 1929, su primera transformación en Partido de la Revolución Mexicana (PRM) en 1938 y su segunda en el Partido Revolucionario Institucional (PRI) en 1946, este partido siempre fue una extensión del poder presidencial y disfrutó de los recursos materiales y humanos que le brindaban con generosidad los distintos niveles de gobierno, desde el federal hasta el municipal. Este partido nunca fue en realidad un partido en el gobierno, sino más bien un partido del gobierno, que además siempre vivió bajo el manto protector de legislaciones electorales hechas a la medida de sus necesidades.

Durante muchos años, el PRI se constituyó en el único espacio en que resultaba redituable hacer política. Era el escalón necesario para alcanzar la Presidencia de la República, senadurías, diputaciones, gubernaturas y presidencias municipales. Además, era el heredero de la tradición nacionalista revolucionaria y brindaba el cobijo ideológico para la actuación de políticos de diversas tendencias dentro de la ideología de la revolución mexicana que, como se sabe, siempre fue bastante amplia e indefinida. Los partidos opositores eran tolerados como un mal necesario, en ocasiones molesto pero finalmente necesario, para brindar al mundo una imagen de pluralismo coherente con la modernización económica y social del país, pero no eran vehículos eficaces para ocupar espacios importantes en la política nacional. Durante esa época dorada del PRI, su unidad interna dependía del hecho de que solamente él garantizaba el acceso a los altos puestos políticos, tanto de elección como de designación, y para los políticos que no los alcanzaban era preferible disciplinarse en espera de oportunidades futuras que correr la incierta aventura de la escisión.

Pero este panorama comenzó a cambiar a partir de 1988. La escisión de Cuauhtémoc Cárdenas y su corriente democrática del PRI inició un proceso de transformaciones del sistema político y del propio partido gobernante que, a diez años de iniciado, ha rendido ya frutos importantes. La elección federal de 1997 llevó la votación del partido gobernante por debajo del 40% y los dos partidos opositores más relevantes, el PAN y el PRD, mostraron que tienen la capacidad de aumentar su presencia en la Cámara de Diputados gracias a sus triunfos de mayoría y no solamente por la representación proporcional, al punto de permitir la formación de un bloque opositor que supera en legisladores al grupo parlamentario del PRI. Este partido aun conserva la mayoría absoluta en la Cámara de Senadores, pero dicha mayoría ya no es calificada. Estos dos hechos hicieron que por primera vez en su historia la política económica del presidente hubiera debido sortear la posibilidad de ser rechazada en la Cámara baja.

El ámbito de la política local muestra también con toda claridad los cambios producidos en los años recientes. La oposición ocupa ya espacios estratégicos de gobierno en los estados y los municipios. El PAN cuenta ya con los gobernadores de seis estados: Baja California, Chihuahua, Guanajuato, Jalisco, Nuevo León y Querétaro. Gobierna, además 308 municipios, de los cuales quince son capitales estatales, y cuenta con la mayoría en los congresos locales de seis entidades. Por su parte, el PRD gobierna la capital del país, 285 municipios, de los cuales dos son capitales estatales (Colima y Jalapa), y tiene la mayoría en la Asamblea Legislativa del Distrito Federal. Los pequeños partidos PT y PVEM también gobiernan algunos municipios: 24 el primero y 7 el segundo.

De los datos anteriores se desprende una conclusión: los ámbitos de la política nacional y local son ya territorios de una intensa competencia entre tres actores fundamentales, el PRI, el PAN y el PRD. Esta lógica nacional tripartidista aterriza en las entidades, los distritos y los municipios, en bipartidismos regionales, en algunos casos PRI-PAN y en otros PRI-PRD. Cada proceso electoral local se enfrenta a una sana incertidumbre en torno a sus posibles resultados. Las posibilidades de triunfo de los partidos opositores han aumentado considerablemente en la mayor parte de las localidades, aunque por supuesto se conservan algunas entidades, cada vez menos, en que el PRI sigue siendo el partido hegemónico.

Una sensación escalofriante recorre a los priístas de todo el país: ya no basta ser postulado por el otrora partido invencible para ganar. Por el contrario, ahora es muy probable que esa postulación sea la antesala de la derrota. Ahí están los resultados locales de 1997 para ilustrarlo. De siete gubernaturas en juego (incluyendo al D.F.), el PRI perdió cuatro; de 649 gobiernos municipales la oposición se llevó 276, es decir, el 42%; de 228 diputaciones locales el partido gobernante perdió 126, más de la mitad (55%).

Por supuesto, lo anterior no configura una situación catastrófica para el PRI, no al menos si se le considerara como cualquier otro partido en el gobierno en el contexto de un régimen democrático. De hecho, en algunos estados en que el PRI sufrió derrotas severas ha mostrado posteriormente capacidad de recuperación, como por ejemplo en Chihuahua. Sin embargo, el hecho determinante es que a nivel nacional, la dirigencia del PRI no parece haber entendido las señales de los nuevos tiempos. Una de estas señales es que con la nueva situación de competitividad que ha instaurado de manera firme la posibilidad de que el PRI pierda puestos de elección en disputa, ha desaparecido el monopolio que este partido mantuvo por décadas en el terreno de la representación política y eso aumenta los incentivos para que los priístas inconformes busquen opciones de postulación en otros partidos. Hasta ahora el partido que más se ha beneficiado de esta posibilidad ha sido el PRD, que se ha convertido en la opción preferida de los priístas que no encuentran espacios en su propio partido. La dirigencia nacional del PRI sigue actuando como si nada hubiera cambiado y procesa las designaciones de candidatos al viejo estilo, mediante la imposición en espera de que los aspirantes frustrados se disciplinen. En algunos estados sigue funcionando la lógica de la disciplina a toda costa, pero en otros ya no. En 1997 esto ocurrió en Campeche, con Layda Sansores cuyo paso al PRD potenció las posibilidades de este partido en la localidad. En 1998 está ocurriendo en Zacatecas, con la defección de Ricardo Monreal, exsenador y actual vicecoordinador del grupo parlamentario del PRI en la Cámara de Diputados, que seguramente será postulado por el PRD como candidato externo a la gubernatura del estado.

Por supuesto que los retos y dilemas que enfrenta el PRI de cara a la elección federal del año dos mil son enormes. El primero, como ya adelantábamos al inicio de estas notas, es que debe aprender a ser un verdadero partido político que compite por el poder en igualdad de condiciones con los otros partidos, lo cual implica un reto enorme para los gobernadores y funcionarios de alto nivel provenientes de sus filas en el sentido de abstenerse de hacer lo que toda su vida han hecho: trasladar recursos humanos y materiales al partido. En el terreno de las elecciones federales se ha avanzado un buen trecho en este sentido gracias a la reforma electoral de 1996 que dotó al Instituto Federal Electoral de mayores atribuciones en la fiscalización de los recursos de los partidos.

Un segundo gran reto es que el PRI debe aprender a ser oposición ahí en donde el voto de los ciudadanos lo ha colocado en tal situación, lo que es verdaderamente difícil para un partido acostumbrado al carro completo. En lugar de iniciar dicho aprendizaje, lo que hemos presenciado en los meses recientes es el inicio de una auténtica guerra sucia contra los municipios gobernados por la oposición, con la intención de demostrarle a sus respectivas ciudadanías que los gobiernos opositores son ineficientes. Esto ha ocurrido ya en Puebla con la llamada "Ley Bartlett" de asignación de recursos a los municipios y el ejemplo amenaza con extenderse a otros estados.

Durante el año de 1998 se llevarán a cabo procesos electorales en catorce estados de la república, en diez de los cuales estará en disputa la gubernatura. El camino a la elección presidencial del año dos mil pasará por las elecciones locales de los dos años y medio que aun faltan para concretarse aquélla. La lucha dentro del PRI para avanzar posiciones hacia la nominación de la candidatura presidencial ya arrancó. La figura del gobernado de Puebla, Manuel Bartlett, ya destaca en el escenario como una de las probables cartas de los duros. Ya arrecian los pronunciamientos en torno a la necesidad de revisar los candados a las candidaturas introducidos por la XVII Asamblea del partido (haber ocupado puestos de dirección en el partido y algún puesto de elección popular). Ya se han producido algunos ajustes en posiciones importantes del gabinete, como la sustitución de Emilio Chuayffet al frente de la Secretaría de Gobernación por Francisco Labastida, lo que coloca a éste automáticamente en la carrera por "la grande".

Por supuesto, los partidos opositores también están trabajando con los ojos puestos en el año dos mil, pero ya aprendieron también que deben tener los ojos puestos en cada proceso local para aumentar sus posibilidades a futuro. Para el PRD y el PAN resulta de vital importancia acreditar la calidad de su opción con la gestión que sus políticos más importantes realizan en las tareas del gobierno local. Por ello, no es casual que sean Vicente Fox por el PAN y Cuauhtémoc Cárdenas por el PRD las cartas fuerte de estos dos partidos, aunque solamente el primero admite explícitamente estar ya en precampaña. En fin, los procesos electorales de aquí al dos mil serán el laboratorio en el que los partidos se preparen para la elección presidencial. La forma en que se lleven a cabo, en que las autoridades electorales locales se desempeñen y en que el poder central respete sus resultados nos darán una medida de lo que podremos esperar de la primera elección del siglo XXI.