Análisis

EL JUICIO CRITICO DE LA OPINION PUBLICA

El regreso de Salinas y el juego sucio de los medios
César Cansino* Junio 20 / 1999

En menos de una semana tuvieron lugar dos acontecimientos que hicieron resurgir con nueva fuerza el controvertido tema del papel de los medios en un país que como el nuestro busca insertarse entre las naciones democráticas del orbe. Ciertamente, tanto el brutal asesinato del locutor Paco Stanley como el regreso del ex presidente Salinas de Gortari a México admiten muchas lecturas y remueven muchos escombros de la política en nuestro país. Sin embargo, una de las cosas que más ha llamado la atención es la participación de los medios electrónicos, y sobre todo de las cadenas televisivas, en el tratamiento de ambas informaciones. En efecto, parece ganar terreno la percepción de que el manejo que de ambos hechos hicieron tanto Televisa como Televisión Azteca fue manipulador, irresponsable, amarillista, oportunista y tendencioso. Aunque hay que señalar que en esta ocasión tocó a Televisión Azteca ser el objeto de las críticas más insistentes.

Los más enardecidos con la actitud de las televisoras han retomado la vieja querella sobre la necesidad de reglamentar las prácticas informativas de los medios. Sin embargo, antes de arribar a conclusiones fáciles alentadas por el coraje y la impotencia, me parece que hay que ponderar los diversos aspectos involucrados en este asunto. Mi posición es que por más irresponsables que sean los medios en la inducción de conductas mediante mensajes calculados, por más abyectas que sean sus intensiones en la manipulación que los alienta, y por más tendenciosa que sea su posición, reglamentar a los medios atenta contra un derecho esencial irrenunciable: la libertad de expresión. Además, si han de reconocerse plenamente nuestros derechos, nos corresponde a los ciudadanos emitir nuestro juicio sobre la credibilidad de cada emisora y eventualmente sancionarla con nuestro repudio. Sobre este punto, tengo la convicción de que cada vez más televidentes en México sintonizan los noticieros televisivos más que para informarse de los acontecimientos, para ver cómo cada noticiero trata los temas más controvertidos, cómo introduce contenidos tendenciosos y cómo busca manipular a la opinión pública.

Según esta apreciación, los únicos que siguen creyendo que pueden manipular a la opinión pública de manera arbitraria, burda e indiscriminada son los propios medios. En la realidad, la sociedad emite permanentemente su juicio sobre los acontecimientos más importantes a pesar de los propios medios y sus intenciones, pues dispone de muchos otros circuitos de socialización para definir sus posiciones. Así, por ejemplo, Televisión Azteca difícilmente podrá sacudirse ya el estigma de amarillista y tendencioso que le ha colocado la opinión pública después de su grotesca posición informativa con respecto al asesinato de Paco Stanley y el regreso de Carlos Salinas de Gortari a nuestro país. Dicho de otra manera, ya nadie o muy pocos creen en la neutralidad y objetividad de esta televisora, cuyo origen es tan oscuro como sus verdaderas intensiones. Algo similar puede decirse de Televisa, aunque aquí es perfectamente conocida la complicidad de esta emisora con el gobierno y con los intereses oficiales.

Poco hay que decir sobre el tratamiento específico que Televisión Azteca hizo de los dos acontecimientos que hemos referido, pues han sido ampliamente discutidos y expuestos en diversos espacios de reflexión. En el caso del asesinato de Paco Stanley resultó indignante sobre todo que se haya utilizado este hecho como pretexto para inculpar al gobierno del D.F., y en particular al ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, por la inseguridad que padecemos. Asimismo, resultó excesiva la tentativa de "beatificar" a un personaje del que no se sabía con certeza su pasado. Obviamente, la condena de la brutal ejecución debía hacerse con energía, pero el tratamiento tan amarillista de la noticia expuso a Televisión Azteca en sus propias contradicciones y excesos.

Con respecto a la llegada de Salinas de Gortari a México, la desconfianza no se hizo esperar. ¿Por qué precisamente Televisión Azteca tuvo la exclusiva de la entrevista al ex mandatario?, ¿por qué dedicó tantas horas a comentar la noticia?, ¿acaso esta emisora está pavimentando el terreno para el regreso definitivo de Salinas a México, en medio del gran malestar que produce su presencia entre los mexicanos?, ¿tan fuertes son los favores que esta emisora le debe al ex presidente como para intentar lo imposible: limpiar su imagen tan deteriorada? El asunto es sumamente delicado y pone nuevamente en cuestión la credibilidad de Televisión Azteca. En mi opinión, las complicidades del pasado han llevado a esta emisora a intentar limpiar la imagen de Salinas de Gortari para propiciar su regreso al país. Para ello, la estrategia ha atacado dos aspectos: a) colar algunas opiniones favorables a la gestión del ex mandatario y confundir de esta manera a la opinión pública, y b) invitar al grupo Nexos, que tantos favores le debe a Salinas, para elogiarlo públicamente tal y como lo hizo durante todo su sexenio. Obviamente, las cabezas de este grupo 3Ž4 y que se convirtieron en los ideólogos del salinato3Ž4 han terminado tan desprestigiados públicamente que prefieren encomendar a sus delfines, que nadie conoce, la tarea de defender a Salinas. Así ocurrió con la transmisión de una emisión especial de Televisión Azteca dedicada a analizar el regreso de Salinas.

A pesar de las expectativas de Televisión Azteca en este punto, la sociedad mexicana ya emitió su juicio sobre Salinas de Gortari y difícilmente un medio tan cuestionado como ese podrá coadyuvar a modificarlo. Otra cosa muy distinta es apelar a la normatividad vigente para permitir o no su estancia en el país o para proceder a un juicio político en su contra.

En síntesis, el asunto de los medios en México aún debe discutirse a profundidad. Con el ánimo de contribuir a ese debate, expongo a continuación algunas ideas sueltas. Tradicionalmente, los medios de comunicación en México, y sobre todo los medios electrónicos, han funcionado bajo una lógica de control propia de los regímenes no democráticos. En efecto, durante décadas, el Estado mexicano concibió a los medios de manera instrumental. La adecuada manipulación y control de la información era un mecanismo estratégico para un régimen que no admitía el disenso ni la oposición. En la actualidad, al igual que las instituciones y las reglas del juego políticos, los medios están en transición, lo cual significa básicamente que han alcanzado mayor independencia respecto del Estado, son más plurales y en algunos casos hasta críticos.

Sin embargo, no puede decirse que los medios en general hayan abandonado por completo la lógica de control y manipulación que predominaba en el pasado. Así, por ejemplo, los medios electrónicos, y en particular la televisión de cobertura nacional, muestran grandes rezagos, sobre todo si se contrastan con los medios escritos. En ocasiones, el manejo de la información que hacen algunos noticieros de la televisión comercial es tan tendencioso y parcial que nos hace dudar de su pretendida neutralidad y autonomía respecto del Estado. Ciertamente, por necesidad, los medios son más cuidadosos que en el pasado. Ser estigmatizados como oficialistas, parciales y poco objetivos, les traería enormes perjuicios, pues hoy la sociedad es más plural y demanda que los medios reflejen esa pluralidad. La imagen que proyecta un medio es entonces importante para mantener e incrementar su audiencia y ser competitivo. Pero esta necesidad del mercado no ha impedido que algunos medios hagan su propio juego político, es decir, que tomen partido por determinados intereses. En todo caso, lo que ha cambiado son las formas en que los medios juegan políticamente. Si la sociedad demanda neutralidad e imparcialidad, la manipulación de la información tiene que ser lo suficientemente sutil y encubierta 3Ž4 los especialistas dirían subliminal3Ž4 que no despierte suspicacias al tiempo que sea efectiva.

En síntesis, en un país en transición los medios también tenderán a modificarse no sólo porque se flexibilizan los controles tradicionales que la dominación autoritaria imponía previamente, sino también porque empiezan a funcionar cada vez más con una lógica de mercado. Un creciente interés político por parte de la sociedad no puede ser subestimado por los medios preocupados siempre en capturar la mayor audiencia posible. Sin embargo, eso no significa que los medios en general asuman el compromiso de informar objetivamente a la sociedad y, en ese sentido, de contribuir a la conformación de una opinión pública interesada y cada vez más involucrada en el acontecer nacional. Por el contrario, para algunos medios sigue siendo prioritario moldear a la opinión publica de acuerdo a las propias preferencias de los dueños del medio en cuestión. El desafío de estos medios está entonces en no arriesgar su credibilidad sin renunciar a su propio juego político.

Pero si la manipulación informativa es cada vez más sutil se requiere más perspicacia para denunciarla. Y no sólo eso. También se requiere audacia, pues quien cuestiona a los medios puede ser fácilmente presa de ellos. Es como una pelea dispareja. Cualquier cosa que un analista político diga en contra de los grandes consorcios que controlan la comunicación puede ser usado en su perjuicio. La marginación, la descalificación y hasta el juicio legal pueden ser las consecuencias de tal atrevimiento. Quizá por eso muy pocos periodistas incursionan en el tema. Me parece que hay que correr el riesgo. Con todo, el juicio crítico a la actuación de los medios no puede llevarnos a exigir su reglamentación. A los medios toca definir un código de ética y a la sociedad en su conjunto denunciar y eventualmente castigar con la indiferencia su falta de credibilidad.

* Director de La Brecha.