En
los días de la ocupación militar de la Universidad, las
actividades colectivas del Consejo Nacional de Huelga
(CNH) se vieron obstaculizadas y sólo se mantenía una
débil coordinación y una presencia pública orientadora
porque habíamos previsto una etapa de dificultades, y
se había decidido nombrar un "Comité Central" encargado
exclusivamente de dar las opiniones políticas del Movimiento
dentro de los más estrictos marcos de los lineamientos
del CNH. En esas condiciones se realizó una reunión el
lunes 23 de septiembre y se decidió trasladar la sede
del CNH a la Escuela de Economía del IPN. Sin embargo,
en esos mismos momentos se estaba produciendo la ocupación
del Casco por lo que la resolución obviamente no pudo
llevarse a efecto.
El problema en esos días era la articulación general y
unitaria de todas las brigadas, porque existían actividades
intensas por zonas, el Casco, Zacatenco, Tlatelolco, el
centro de la ciudad, y en el sur coordinados en recintos
particulares, pero se trataba de unificar organizadamente
la actividad de todos en algunos propósitos concretos,
porque en lineamientos políticos la coincidencia era absoluta:
defender las escuelas, apoyar al rector, exigir la desocupación
de los recintos escolares, y desde luego las demandas
del pliego y la condición del diálogo público. Para el
mitin del 2 de octubre se esperaba conjuntar y reorientar
los esfuerzos de todas las brigadas.
A finales de septiembre ya estaban arribando al país las
delegaciones olímpicas, y desde luego la atención mundial
estaba centrada en los acontecimientos estudiantiles y
la participación de las tropas en acciones represivas.
Los movimientos de solidaridad en Europa adquirieron mayores
dimensiones: en París se realizó un acto en el que participaron
diez mil personas, y en Suecia los estudiantes amenazaron
con ocupar las pistas del aeropuerto para evitar que la
delegación olímpica de su país viniera a México, y anunciaron
su disposición de promover actos semejantes en otros países
de Europa.
En las instalaciones olímpicas la presencia de la policía
y los soldados en funciones de seguridad era excesiva
y se presentaban frecuentes incidentes con los deportistas.
La presencia de corresponsales extranjeros hacía inútiles
los esfuerzos por intentar ocultar la situación, y los
miembros del Comité Olímpico Internacional trataban constantemente
de dar confianza a los turistas asegurando que el clima
político del país era suficientemente bueno para desarrollar
los juegos. Y para completar el cuadro debe decirse que,
aunque nunca se dijo oficialmente mayor cosa al respecto,
y de ninguna manera existió un propósito de sabotear las
olimpiadas, tampoco se aclaró explícitamente este asunto.
En las primeras horas de la noche del lº de octubre, el
doctor Julio González Tejada, director de Servicios Sociales
de la UNAM, estuvo comunicándose con dirigentes universitarios
para informarles que el presidente Díaz Ordaz había nombrado
una comisión integrada por los señores Andrés Caso y Jorge
de la Vega Domínguez, autorizada para actuar de inmediato.
Después de confirmar las noticias, el CNH decidió aceptar
una primera entrevista con ciertas condiciones para asegurar
que la representación era adecuada. La Comisión del CNH
quedó integrada por Gilberto Guevara, de Ciencias, Luis
González de Alba, de Filosofía, y Anselmo Muñoz, de la
ESIME, y la primera reunión se realizó el 2 de octubre
a las 9 de la mañana en la propia casa del rector Barros
Sierra.
La entrevista se efectuó en términos más o menos diplomáticos.
Se trataba de "sondear" hasta dónde se estaba dispuesto
a ceder por ambas partes: la Comisión del CNH planteó
los tres puntos previos al diálogo que se habían hecho
públicos el 28 de septiembre: es decir, la desocupación
inmediata de todos los planteles, la libertad de los detenidos
en el desarrollo del Movimiento y el cese absoluto de
la represión. Como era de esperarse, Caso y De la Vega
declararon que no tenían instrucciones al respecto pero
que consultarían, y en cambio querían saber "cuál era
la verdadera posición del CNH respecto al diálogo público",
pues no podían "comprometer la dignidad de los representantes
gubernamentales en una burda trampa de circo romano".
Por parte del CNH y ante el miedo del gobierno se sugirió,
como ya se había hecho antes, un "diálogo por escrito",
o simplemente un "diálogo de hechos", de manera que el
gobierno tomara medidas concretas respecto a los puntos
señalados, y en reciprocidad el CNH respondería en forma
parecida, con la advertencia de que el gobierno debía
dar los primeros pasos porque ellos eran los agresores.
Se decidió continuar la reunión al día siguiente, a la
misma hora y en el mismo lugar.
Mientras tanto, el pleno del Consejo estaba reunido en
Zacatenco organizando el mitin de la tarde en un ambiente
de optimismo: se veía que el gobierno había salido derrotado
de la confrontación y aparentemente las pláticas y el
diálogo podrían lograr excelentes resultados.
Ante la proximidad de los Juegos, la presión del CNH ahora
estaría centrada en la libertad de los presos políticos.
Para eso se había coordinado un compromiso en diversas
cárceles del país, para declarar una huelga de hambre
indefinida que debía estallar el 6 ó 7 de octubre, y para
reforzar la huelga de los presos, se había programado
también una huelga de hambre de solidaridad en la Ciudad
Universitaria en la que participarían compañeros del Comité
de Intelectuales, Artistas y Escritores.
En el mitin se tratarían cuatro puntos: un informe y breve
análisis de la situación política del momento a cargo
de Florencio López Osuna; un informe de la solidaridad
internacional y su importancia a cargo de Pepe González
Sierra; las brigadas y sus tareas por David Vega, y las
perspectivas y el anuncio de la huelga de hambre por Eduardo
Valle Espinoza. En esa misma reunión se acordó suspender
la manifestación al Casco de Santo Tomás, pues aunque
no existía nada concreto percibíamos una pronta solución
con el antecedente de que las pláticas ya se habían entablado.
La reunión terminó a las 14:30 horas y llenos de optimismo
salimos a la Plaza de las Tres Culturas.
El mitin del 2 de octubre se desarrollaba en un ambiente
de fiesta. Después de dos semanas, la angustia y la incertidumbre
producidas por la represión empezaban a disminuir y de
nuevo se abrían perspectivas claras para el futuro. En
ese mitin se comprobaría nuestra fortaleza, nuestro buen
estado de ánimo; ahí se haría el recuerdo de los que faltaban
y dolorosamente nos habían abandonado en el Casco y en
las Vocacionales y de los nuevos refuerzos que llegaban.
Era un mitin como cualquier otro de los muchos que habíamos
hecho. Informes, análisis, directivas y orientaciones
del Consejo. Estaba por terminar su intervención el compañero
Vega, de Ingeniería Textil del IPN, cuando se notaron
movimientos de tropas. En efecto, por el lado de la Vocacional
7, desde la calle de San Juan de Letrán, a través de las
ruinas y en dirección a la explanada, se acercaban los
soldados. En esos momentos sobrevolaban la zona dos helicópteros
militares. En la tribuna habían notado a numerosos individuos
sospechosos que cubrían todas las entradas al edificio
Chihuahua, así como las escaleras y pasillos. Algunos
llevaban un pañuelo enrollado o un guante blanco en la
mano izquierda. Eran las 18:10 horas cuando se notó que
avanzaban las tropas sobre el mitin. La señal la dieron
dos luces de bengala verdes disparadas desde un helicóptero.
La tribuna estaba instalada en el corredor del tercer
piso del edificio Chihuahua y desde allí se observaron
claramente los primeros movimientos de los militares.
Los compañeros del Consejo anunciaron a los asistentes
que el Ejército se acercaba y que conservaran el orden.
"Calma compañeros, no corran, calma compañeros" se escuchó
varias veces por los altavoces. Segundos después empezaron
los disparos. Primero unos cuantos balazos e inmediatamente
después varias ametralladoras comenzaron a funcionar violenta
e ininterrumpidamente. La Plaza de las Tres Culturas es
un rectángulo de losa elevado dos o tres metros sobre
el nivel general del piso. Está rodeada por las ruinas
de Tlatelolco al poniente, la Iglesia de Santiago, y atrás
de ella el edificio de la Secretaría de Relaciones Exteriores
por el sur, el edificio de la Escuela Vocacional número
7 del IPN y algunos edificios de viviendas de la unidad
en el norte, y el edificio Chihuahua en el oriente. Sus
accesos principales son dos corredores angostos y una
escalera central de 25 a 30 metros de ancho.
Solamente por el lado norte el desnivel es menor y puede
librarse fácilmente. Cuando empezó el tiroteo la gente
se abalanzó por las escaleras de la plaza, que están situadas
precisamente enfrente del edificio Chihuahua, gritando:
"el Consejo, el Consejo". Se dirigían a las escaleras
del edificio con el único propósito de defender a los
compañeros dirigentes. Ahí los grupos de agentes secretos
y del batallón Olimpia, apostados en las columnas del
edificio, comenzaron a disparar contra la multitud rechazándola
a balazos.
La misma señal de luces verdes movilizó a los agentes
apostados en el edificio. Las entradas y las escaleras
fueron bloqueadas para impedir la salida de los compañeros
del Consejo. Subieron los individuos del guante blanco
hasta el tercer piso y empuñando pistolas y metralletas,
encañonaron a los jóvenes que ahí se encontraban, obligándolos
a pararse de cara a la pared y con las manos en alto.
Algunos compañeros alcanzaron a huir, escaleras arriba
y se refugiaron en departamentos de los pisos superiores,
donde valientemente las personas que los habitaban les
abrían las puertas y los invitaban a pasar para protegerlos
y ocultarlos. Inmediatamente, también desde el tercer
piso, luego que detuvieron a los que ahí se encontraban,
los agentes comenzaron a disparar contra la multitud que
corría tratando de huir o de protegerse. Cientos de personas
vieron a un individuo alto y de traje oscuro que disparaba
desde el tercer piso apuntando su arma contra las personas
que aún se encontraban en la explanada. Fue uno de los
primeros en disparar.
Participaron más de diez mil soldados y policías en la
masacre. Desde los primeros segundos y durante más de
dos horas se disparaban simultáneamente cientos de armas
de todos calibres. La plaza se despejaba rápidamente,
los soldados tenían controladas todas las entradas y obligaban
a la gente a retirarse en unos casos, persiguiéndolas
con disparos y a punta de bayoneta, en otros se les amontonó
expuestos a las balas, formando otros grupos de detenidos.
En unos cuantos minutos la explanada estuvo totalmente
vacía y solamente se veían decenas de muertos, heridos
y soldados. Todos los lugares de acceso y la misma plaza
estaban en manos del Ejército, que además tenía completamente
cercada la unidad. Además un cordón de granaderos y policías
protegían las calles cercanas y desviaban el tráfico de
vehículos y personas.
Apoyando las acciones de la tropa intervinieron inmediatamente
carros de asalto, tanques ligeros y camiones de transporte,
bloqueando las salidas y ocupando posiciones dentro de
la unidad, incluso en la propia explanada de la plaza
colocaron varios tanques. Las ambulancias de la Cruz Verde
del gobierno del DF también estuvieron rígidamente coordinadas
y controladas.
Todas estas acciones iniciales duraron escasos diez minutos
y fue en ese lapso cuando se produjeron la mayor parte,
si no es que la totalidad de las muertes que ocurrieron.1
Después el tiroteo duró más de dos horas. Los soldados
disparaban constantemente ráfagas de ametralladora contra
las ventanas de los edificios cercanos. Los muros y las
fachadas eran barridos sistemáticamente por el fuego de
las armas automáticas. Desde algunos departamentos y pasillos
del edificio Chihuahua se escucharon los gritos de contraseña
de los agentes: "Batallón Olimpia, aquí. Batallón Olimpia
no disparen". "Batallón Olimpia contesten". Después en
los pasillos y corredores solamente se escuchaban los
pasos de las botas militares y de los agentes. A las 20:30
horas empezaron a revisar todos los departamentos en busca
de los compañeros del Consejo que se habían ocultado.
Los sacaban a golpes y a culatazos y los llevaban a un
departamento del quinto piso acondicionado para detenerlos.
Los que fueron aprehendidos en el tercer piso, estuvieron
las dos horas acostados en el suelo protegidas por el
muro-barandal del pasillo que tiene escasamente un metro
de alto, encañonados por los agentes del Batallón Olimpia;
ahí fue herida la periodista Oriana Fallaci que vivió
esa experiencia acompañada y protegida por Manuel Gómez,
el representante del Conservatorio de Música en el CNH.
A las 23 horas empezaron a enviar a los detenidos a las
cárceles y a las 5 horas del día siguiente, salió el último
grupo con destino a la Penitenciaria de Santa Marta Acatitla.
Todos los detenidos en el Chihuahua fueron vejados en
forma salvaje por la tropa y los oficiales, golpeados,
desnudados, atados de manos, insultados de manera soez.
No habiéndoles capturado con armas en la mano, recibieron
un trato que no se da ni a los peores criminales, ni a
los prisioneros de guerra.
Notas
1.
El número de muertos el 2 de octubre en Tlatelolco ha
sido manejado como secreto de Estado. El periódico inglés
The Guardian, citado por Octavio Paz, tras una investigación
cuidadosa estimó la cifra en 325 muertos. La revista Proceso,
núm. 934, 25 de septiembre de 1994, p. 10, dio a conocer
secretos de inteligencia norteamericana que señalan que
el mejor cálculo de la Embajada es que el número (de muertos)
se encuentra entre 150 y 200.
*
El presente texto es un extracto del libro de próxima
aparición: La estela de Tlatelolco; una reconstrucción
histórica del Movimiento estudiantil de 1968 (México,
Grijalbo, 1998). Agradecemos al autor y a la editorial
su autorización para publicarlo en La Brecha.
**
Fue representante de la Escuela Superior de Física y Matemáticas
del Instituto Politécnico Nacional en el Consejo Nacional
de Huelga. Desde 1972 trabaja en cuestiones políticas,
democráticas y revolucionarias desde publicaciones como
Punto Crítico y Corre la Voz