Análisis

LOS SUCESOS DE TLATELOLCO

Los sucesos de Tlatelolco*
Raúl Álvarez Garín** Septiembre 28 / 1998

En los días de la ocupación militar de la Universidad, las actividades colectivas del Consejo Nacional de Huelga (CNH) se vieron obstaculizadas y sólo se mantenía una débil coordinación y una presencia pública orientadora porque habíamos previsto una etapa de dificultades, y se había decidido nombrar un "Comité Central" encargado exclusivamente de dar las opiniones políticas del Movimiento dentro de los más estrictos marcos de los lineamientos del CNH. En esas condiciones se realizó una reunión el lunes 23 de septiembre y se decidió trasladar la sede del CNH a la Escuela de Economía del IPN. Sin embargo, en esos mismos momentos se estaba produciendo la ocupación del Casco por lo que la resolución obviamente no pudo llevarse a efecto.

El problema en esos días era la articulación general y unitaria de todas las brigadas, porque existían actividades intensas por zonas, el Casco, Zacatenco, Tlatelolco, el centro de la ciudad, y en el sur coordinados en recintos particulares, pero se trataba de unificar organizadamente la actividad de todos en algunos propósitos concretos, porque en lineamientos políticos la coincidencia era absoluta: defender las escuelas, apoyar al rector, exigir la desocupación de los recintos escolares, y desde luego las demandas del pliego y la condición del diálogo público. Para el mitin del 2 de octubre se esperaba conjuntar y reorientar los esfuerzos de todas las brigadas.

A finales de septiembre ya estaban arribando al país las delegaciones olímpicas, y desde luego la atención mundial estaba centrada en los acontecimientos estudiantiles y la participación de las tropas en acciones represivas. Los movimientos de solidaridad en Europa adquirieron mayores dimensiones: en París se realizó un acto en el que participaron diez mil personas, y en Suecia los estudiantes amenazaron con ocupar las pistas del aeropuerto para evitar que la delegación olímpica de su país viniera a México, y anunciaron su disposición de promover actos semejantes en otros países de Europa.

En las instalaciones olímpicas la presencia de la policía y los soldados en funciones de seguridad era excesiva y se presentaban frecuentes incidentes con los deportistas. La presencia de corresponsales extranjeros hacía inútiles los esfuerzos por intentar ocultar la situación, y los miembros del Comité Olímpico Internacional trataban constantemente de dar confianza a los turistas asegurando que el clima político del país era suficientemente bueno para desarrollar los juegos. Y para completar el cuadro debe decirse que, aunque nunca se dijo oficialmente mayor cosa al respecto, y de ninguna manera existió un propósito de sabotear las olimpiadas, tampoco se aclaró explícitamente este asunto.

En las primeras horas de la noche del lº de octubre, el doctor Julio González Tejada, director de Servicios Sociales de la UNAM, estuvo comunicándose con dirigentes universitarios para informarles que el presidente Díaz Ordaz había nombrado una comisión integrada por los señores Andrés Caso y Jorge de la Vega Domínguez, autorizada para actuar de inmediato. Después de confirmar las noticias, el CNH decidió aceptar una primera entrevista con ciertas condiciones para asegurar que la representación era adecuada. La Comisión del CNH quedó integrada por Gilberto Guevara, de Ciencias, Luis González de Alba, de Filosofía, y Anselmo Muñoz, de la ESIME, y la primera reunión se realizó el 2 de octubre a las 9 de la mañana en la propia casa del rector Barros Sierra.

La entrevista se efectuó en términos más o menos diplomáticos. Se trataba de "sondear" hasta dónde se estaba dispuesto a ceder por ambas partes: la Comisión del CNH planteó los tres puntos previos al diálogo que se habían hecho públicos el 28 de septiembre: es decir, la desocupación inmediata de todos los planteles, la libertad de los detenidos en el desarrollo del Movimiento y el cese absoluto de la represión. Como era de esperarse, Caso y De la Vega declararon que no tenían instrucciones al respecto pero que consultarían, y en cambio querían saber "cuál era la verdadera posición del CNH respecto al diálogo público", pues no podían "comprometer la dignidad de los representantes gubernamentales en una burda trampa de circo romano".

Por parte del CNH y ante el miedo del gobierno se sugirió, como ya se había hecho antes, un "diálogo por escrito", o simplemente un "diálogo de hechos", de manera que el gobierno tomara medidas concretas respecto a los puntos señalados, y en reciprocidad el CNH respondería en forma parecida, con la advertencia de que el gobierno debía dar los primeros pasos porque ellos eran los agresores. Se decidió continuar la reunión al día siguiente, a la misma hora y en el mismo lugar.

Mientras tanto, el pleno del Consejo estaba reunido en Zacatenco organizando el mitin de la tarde en un ambiente de optimismo: se veía que el gobierno había salido derrotado de la confrontación y aparentemente las pláticas y el diálogo podrían lograr excelentes resultados.

Ante la proximidad de los Juegos, la presión del CNH ahora estaría centrada en la libertad de los presos políticos. Para eso se había coordinado un compromiso en diversas cárceles del país, para declarar una huelga de hambre indefinida que debía estallar el 6 ó 7 de octubre, y para reforzar la huelga de los presos, se había programado también una huelga de hambre de solidaridad en la Ciudad Universitaria en la que participarían compañeros del Comité de Intelectuales, Artistas y Escritores.

En el mitin se tratarían cuatro puntos: un informe y breve análisis de la situación política del momento a cargo de Florencio López Osuna; un informe de la solidaridad internacional y su importancia a cargo de Pepe González Sierra; las brigadas y sus tareas por David Vega, y las perspectivas y el anuncio de la huelga de hambre por Eduardo Valle Espinoza. En esa misma reunión se acordó suspender la manifestación al Casco de Santo Tomás, pues aunque no existía nada concreto percibíamos una pronta solución con el antecedente de que las pláticas ya se habían entablado. La reunión terminó a las 14:30 horas y llenos de optimismo salimos a la Plaza de las Tres Culturas.

El mitin del 2 de octubre se desarrollaba en un ambiente de fiesta. Después de dos semanas, la angustia y la incertidumbre producidas por la represión empezaban a disminuir y de nuevo se abrían perspectivas claras para el futuro. En ese mitin se comprobaría nuestra fortaleza, nuestro buen estado de ánimo; ahí se haría el recuerdo de los que faltaban y dolorosamente nos habían abandonado en el Casco y en las Vocacionales y de los nuevos refuerzos que llegaban. Era un mitin como cualquier otro de los muchos que habíamos hecho. Informes, análisis, directivas y orientaciones del Consejo. Estaba por terminar su intervención el compañero Vega, de Ingeniería Textil del IPN, cuando se notaron movimientos de tropas. En efecto, por el lado de la Vocacional 7, desde la calle de San Juan de Letrán, a través de las ruinas y en dirección a la explanada, se acercaban los soldados. En esos momentos sobrevolaban la zona dos helicópteros militares. En la tribuna habían notado a numerosos individuos sospechosos que cubrían todas las entradas al edificio Chihuahua, así como las escaleras y pasillos. Algunos llevaban un pañuelo enrollado o un guante blanco en la mano izquierda. Eran las 18:10 horas cuando se notó que avanzaban las tropas sobre el mitin. La señal la dieron dos luces de bengala verdes disparadas desde un helicóptero.

La tribuna estaba instalada en el corredor del tercer piso del edificio Chihuahua y desde allí se observaron claramente los primeros movimientos de los militares. Los compañeros del Consejo anunciaron a los asistentes que el Ejército se acercaba y que conservaran el orden. "Calma compañeros, no corran, calma compañeros" se escuchó varias veces por los altavoces. Segundos después empezaron los disparos. Primero unos cuantos balazos e inmediatamente después varias ametralladoras comenzaron a funcionar violenta e ininterrumpidamente. La Plaza de las Tres Culturas es un rectángulo de losa elevado dos o tres metros sobre el nivel general del piso. Está rodeada por las ruinas de Tlatelolco al poniente, la Iglesia de Santiago, y atrás de ella el edificio de la Secretaría de Relaciones Exteriores por el sur, el edificio de la Escuela Vocacional número 7 del IPN y algunos edificios de viviendas de la unidad en el norte, y el edificio Chihuahua en el oriente. Sus accesos principales son dos corredores angostos y una escalera central de 25 a 30 metros de ancho.

Solamente por el lado norte el desnivel es menor y puede librarse fácilmente. Cuando empezó el tiroteo la gente se abalanzó por las escaleras de la plaza, que están situadas precisamente enfrente del edificio Chihuahua, gritando: "el Consejo, el Consejo". Se dirigían a las escaleras del edificio con el único propósito de defender a los compañeros dirigentes. Ahí los grupos de agentes secretos y del batallón Olimpia, apostados en las columnas del edificio, comenzaron a disparar contra la multitud rechazándola a balazos.

La misma señal de luces verdes movilizó a los agentes apostados en el edificio. Las entradas y las escaleras fueron bloqueadas para impedir la salida de los compañeros del Consejo. Subieron los individuos del guante blanco hasta el tercer piso y empuñando pistolas y metralletas, encañonaron a los jóvenes que ahí se encontraban, obligándolos a pararse de cara a la pared y con las manos en alto. Algunos compañeros alcanzaron a huir, escaleras arriba y se refugiaron en departamentos de los pisos superiores, donde valientemente las personas que los habitaban les abrían las puertas y los invitaban a pasar para protegerlos y ocultarlos. Inmediatamente, también desde el tercer piso, luego que detuvieron a los que ahí se encontraban, los agentes comenzaron a disparar contra la multitud que corría tratando de huir o de protegerse. Cientos de personas vieron a un individuo alto y de traje oscuro que disparaba desde el tercer piso apuntando su arma contra las personas que aún se encontraban en la explanada. Fue uno de los primeros en disparar.

Participaron más de diez mil soldados y policías en la masacre. Desde los primeros segundos y durante más de dos horas se disparaban simultáneamente cientos de armas de todos calibres. La plaza se despejaba rápidamente, los soldados tenían controladas todas las entradas y obligaban a la gente a retirarse en unos casos, persiguiéndolas con disparos y a punta de bayoneta, en otros se les amontonó expuestos a las balas, formando otros grupos de detenidos. En unos cuantos minutos la explanada estuvo totalmente vacía y solamente se veían decenas de muertos, heridos y soldados. Todos los lugares de acceso y la misma plaza estaban en manos del Ejército, que además tenía completamente cercada la unidad. Además un cordón de granaderos y policías protegían las calles cercanas y desviaban el tráfico de vehículos y personas.

Apoyando las acciones de la tropa intervinieron inmediatamente carros de asalto, tanques ligeros y camiones de transporte, bloqueando las salidas y ocupando posiciones dentro de la unidad, incluso en la propia explanada de la plaza colocaron varios tanques. Las ambulancias de la Cruz Verde del gobierno del DF también estuvieron rígidamente coordinadas y controladas.

Todas estas acciones iniciales duraron escasos diez minutos y fue en ese lapso cuando se produjeron la mayor parte, si no es que la totalidad de las muertes que ocurrieron.1 Después el tiroteo duró más de dos horas. Los soldados disparaban constantemente ráfagas de ametralladora contra las ventanas de los edificios cercanos. Los muros y las fachadas eran barridos sistemáticamente por el fuego de las armas automáticas. Desde algunos departamentos y pasillos del edificio Chihuahua se escucharon los gritos de contraseña de los agentes: "Batallón Olimpia, aquí. Batallón Olimpia no disparen". "Batallón Olimpia contesten". Después en los pasillos y corredores solamente se escuchaban los pasos de las botas militares y de los agentes. A las 20:30 horas empezaron a revisar todos los departamentos en busca de los compañeros del Consejo que se habían ocultado. Los sacaban a golpes y a culatazos y los llevaban a un departamento del quinto piso acondicionado para detenerlos.

Los que fueron aprehendidos en el tercer piso, estuvieron las dos horas acostados en el suelo protegidas por el muro-barandal del pasillo que tiene escasamente un metro de alto, encañonados por los agentes del Batallón Olimpia; ahí fue herida la periodista Oriana Fallaci que vivió esa experiencia acompañada y protegida por Manuel Gómez, el representante del Conservatorio de Música en el CNH. A las 23 horas empezaron a enviar a los detenidos a las cárceles y a las 5 horas del día siguiente, salió el último grupo con destino a la Penitenciaria de Santa Marta Acatitla.

Todos los detenidos en el Chihuahua fueron vejados en forma salvaje por la tropa y los oficiales, golpeados, desnudados, atados de manos, insultados de manera soez. No habiéndoles capturado con armas en la mano, recibieron un trato que no se da ni a los peores criminales, ni a los prisioneros de guerra.

Notas

1. El número de muertos el 2 de octubre en Tlatelolco ha sido manejado como secreto de Estado. El periódico inglés The Guardian, citado por Octavio Paz, tras una investigación cuidadosa estimó la cifra en 325 muertos. La revista Proceso, núm. 934, 25 de septiembre de 1994, p. 10, dio a conocer secretos de inteligencia norteamericana que señalan que el mejor cálculo de la Embajada es que el número (de muertos) se encuentra entre 150 y 200.

* El presente texto es un extracto del libro de próxima aparición: La estela de Tlatelolco; una reconstrucción histórica del Movimiento estudiantil de 1968 (México, Grijalbo, 1998). Agradecemos al autor y a la editorial su autorización para publicarlo en La Brecha.

** Fue representante de la Escuela Superior de Física y Matemáticas del Instituto Politécnico Nacional en el Consejo Nacional de Huelga. Desde 1972 trabaja en cuestiones políticas, democráticas y revolucionarias desde publicaciones como Punto Crítico y Corre la Voz