La
Edad Media ha pasado a la historia como una de las etapas
más oscuras de Occidente. La vida tranquila sólo podía
desarrollarse al interior del feudo; afuera, en el bosque,
se tornaba insegura y frágil. No había, por tanto, mejor
lugar para vivir que bajo el cobijo y la protección de
algún señor feudal que, a pesar de su despotismo y paternalismo,
brindaba alguna seguridad ante la vida sin ley tras la
muralla. Las sociedades feudales eran, pues, un panorama
surcado de islotes, de feudos amurallados y de extensas
regiones boscosas habitadas por personajes tenebrosos,
expulsados de la vida integrada que encerraba el castillo.
El conocimiento no escapó a esta condición de encierro;
fueron los conventos y las órdenes religiosas los únicos
lugares donde el saber encontró espacio, quizá limitado,
para su desarrollo.
La película El nombre de la rosa, basada en la
novela de Umberto Eco, dibuja con inusitado realismo este
estado de cosas: el convento como el único lugar donde,
aparte del castillo, no sólo se podía comer bien, sino
también como el único lugar donde las bibliotecas tenían
derecho de existencia y donde podían dedicársele horas
considerables a la lectura y al estudio. Es también el
convento, con su vida monacal, el lugar donde toma forma
esta división del tiempo organizada y sistemática para
realizar ciertas actividades, que será tomada como modelo
por un nuevo tipo de sociedad que vendría más tarde: la
sociedad moderna. División del tiempo, repartición sistemática
de las actividades en el mismo (tiempo para el ayuno,
tiempo para el rezo, tiempo para la lectura, para comer,
para dormir, etcétera) son algunas costumbres que la sociedad
capitalista moderna tomará prestadas a la vida monacal
para organizar su propio tiempo y, de paso, hacer de él
un parámetro de productividad. Tal esquema no sólo fue
retomado por la fábrica, la cárcel, el nosocomio y el
ejército, en realidad trascendió a todos los ámbitos,
desde la familia hasta la escuela.
Ahora bien, si en el Medioevo el acceso al conocimiento
era privilegio de unos cuantos de los habitantes del monasterio
y de aquellos pocos hijos de nobles que eran encomendados
a algún religioso para su particular educación , con la
aparición de las primeras universidades a fines de la
Edad Media la instrucción ciertamente no se convirtió
en algo a lo que todos tenían acceso, siguió siendo el
coto de algunos cuantos privilegiados, aunque tuvo el
beneficio de abandonar las murallas monacales. La Modernidad
surge con el noble proyecto de enaltecer, por encima de
todo, principios que pretendió universales, como la libertad,
la igualdad y la autonomía de los individuos; esgrimió,
a su vez, una serie de derechos que borraban las diferencias
entre los hombres. La educación se presentó entonces como
uno de esos derechos que tenía la finalidad de dotar a
cualquier persona, independientemente de su origen social,
de las herramientas indispensables para forjarse un porvenir,
adquirir conocimientos y promover iguales condiciones
para competir en la vida laboral y cotidiana. Caso paradójico,
las primeras universidades modernas nacen con este noble
fin, a saber un criterio igualador, pero al mismo tiempo
como lugares de difícil acceso para cualquiera. En realidad,
la imagen de la universidad pública es una creación reciente
y de escasa tradición en buena parte de los países primermundistas.
En nuestro país, la UNAM es una institución que data de
1910 y que en sus inicios no fue concebida como una institución
universitaria de naturaleza gratuita. Imágenes románticas
como la de Juárez, que después de haber sido pastor de
borregos llegó a ser presidente de la República, han contribuido
a forjar este ideal del self-made mexicano que con pocos
recursos, pero con mucha capacidad intelectual, llega
a donde quiere. La realidad en estos tiempos es tristemente
otra; para nadie es un secreto que presentarse a buscar
trabajo con un título de la Universidad Autónoma de X
es llevar algunos peldaños de desventaja contra quien
ostenta orgulloso su título del Tec o de la Ibero.
Ofertadas para que usted "se coma al mundo", las nuevas
universidades privadas se ajustan al espíritu de los tiempos,
hacen gala de preparar a la gente dentro de los derroteros
jugosos y rentables de lo que Weber llamaba la "racionalidad
instrumental", el lugar del pensamiento práctico, útil
y antiespeculatorio, con pocas posibilidades de conflictividad
intelectual y garantizando decisiones automáticas, arregladas
más hacia los fines que hacia los valores.
A la par de la proliferación de estos nuevos feudos del
saber está el deseo ya añejo por desaparecer del mapa
a una serie de carreras que sirven de muy poco (en términos
de productividad económica) y, en cambio, sí absorben
mucho presupuesto. Un adiós apresurado a las humanidades
se dibuja en el horizonte sin saber de qué manera se podría
emplear a todos aquellos que de ahora en adelante estudiarán
computación, administración y economía.
Quizá la crisis de las humanidades se instala dentro de
una crisis más profunda y más basta: la que tiene lugar
en la universidad misma. En muchos sentidos, la universidad
no ha dejado de ser un feudo, y si hacemos caso a lo que
nos dice Umberto Eco, en La nueva Edad Media, este proceso
no sería único ni privativo de ella; de hecho, todo estaría
en un proceso de feudalización en el que los hogares,
las empresas y las oficinas se amurallan como forma de
aislamiento ante un exterior inseguro y precario. Las
universidades, las públicas y las privadas, no sólo se
amurallan físicamente, quizá lo más importante es el proceso
de exclusión que llevan a cabo, la selección entre aquellos
que pueden accesarlas y aquellos que no y que tendrán
que vivir fuera de ellas buscando otros recintos o simplemente
intentando sobrevivir en la precariedad del afuera. Privilegio
para unos cuantos que, si bien se conforman como élite
ilustrada, no por ello tienen garantizada la supervivencia
ni una vida laboral segura. La UNAM no es ajena a este
proceso, si bien tiene entre sus principales ideales el
lograr una educación para todos y, apegándose a sus fuentes
modernas, lograr ser una vía de supresión de diferencias,
la máxima casa de estudios no sólo nunca ha sido gratuita,
tampoco ha sido el lugar donde todos puedan estudiar independientemente
de su situación económica, social o cultural. Es paradójico
esperar que la UNAM pueda ser gratuita cuando en realidad
nunca lo ha sido: ya en 1936 un semestre de licenciatura
costaba 37.5 salarios mínimos, en 1948 era de 22.5, mientras
que en 1961 fue de 7.5 (salarios mínimos correspondientes
al año en cuestión).
Dando por descontado universidades bien amuralladas y
con finos mecanismos de selección-exclusión (la mayoría
de ellos de tipo económico), que pueden cobrar por un
semestre de 24 a 26 mil pesos semestrales en licenciatura
como es el ITESM o la Universidad Anáhuac, en nuestro
país habría universidades públicas que, lejos de cobrar
veinte centavos, llegan a los 2,300 pesos en el caso de
la Autónoma de Aguascalientes y 1,332 en la de Chihuahua.
Teniendo en cuenta que la primera se encuentra en el área
geográfica C, donde se pagan los salarios mínimos más
bajos del país (29.70 pesos), su costo en salarios mínimos
sería de 77.44 semestrales; mientras que para la segunda,
ubicada en el área geográfica A, donde se pagan los salarios
mínimos más altos (34.45), su costo equivaldría a 38.66
salarios mínimos. No dejan de ser interesantes los casos
de la Autónoma de Guadalajara y la de Guerrero, que estando
en dos entidades dramáticamente distintas, son al mismo
tiempo las dos universidades más baratas del país: 40
y 20 pesos respectivamente, es decir, 1.25 salarios mínimos
para la primera y 0.84 para la segunda. Un caso igual
de paradójico es el de la Autónoma de Chiapas, que a pesar
de estar en uno de los estados más pobres del país cobra
315 pesos un semestre, 275 más que lo que cobra la de
Guadalajara.
La decisión de elevar las cuotas en la UNAM a 20 salarios
mínimos para la licenciatura ha sido sin duda un acto
arbitrario y mal ejemplo de consulta y diálogo por parte
de las autoridades universitarias; la decisión de los
estudiantes de irse a huelga reclamando la gratuidad de
la educación no carece de motivos; pero a este debate
debiera precederle uno en el que se discutieran los costos
de la universidad pública en México y su relación con
la situación económica nacional. No deja de ser desconcertante
que en las entidades federativas más golpeadas por la
pobreza la educación sea más cara que en las ciudades
más prósperas del país, una especie de revisión de los
costos de la universidad pública a nivel nacional se torna
urgente ante la poca correspondencia que existe entre
dicho costo y las condiciones económicas y sociales de
las diferentes regiones del país.
La poca correspondencia entre uno y otro factor no hace
más que profundizar la brecha entre quienes pueden ir
a la universidad y aquellos que no, construyendo grandes
feudos que sólo cobijan a los que pueden saltar la muralla.
Esta necesidad se hace más apremiante en tanto los diferentes
costos de las universidades públicas se instalan en un
país donde la mayor parte de su población ocupada no gana
más de dos salarios mínimos. Así, una familia de Aguascalientes
que intentara mandar a uno de sus hijos a la UAA y que
percibe dos salarios mínimos, tendría que invertir 20
por ciento de su ingreso diario (sin contar cuadernos,
pasajes y libros) y sobrevivir con 48 pesos al día, lo
que hace poco probable que su hijo pueda convertirse en
universitario. En muchos sentidos, la universidad sigue
siendo un coto vedado para la mayor parte de los mexicanos,
y más concretamente para la mayor parte de la población
ocupada (63.22 por ciento) que no gana más de dos salarios
mínimos. Así, el proyecto que impulsaba una educación
para todos ha sido un fracaso. La educación, y sobre todo
la superior, es un espacio al que pueden llegar unos pocos,
que no sólo cuentan con las posibilidades académicas para
hacerlo, sino que también reúnen una serie de requisitos
económicos, históricos y sociales. Sigue siendo una pequeña
minoría la que puede acceder a las aulas universitarias,
y una élite aún más pequeña la que puede estudiar posgrados
y especializaciones.
A la masa de 40 millones de pobres que el gobierno reconoce
en el país, habría que sumarle otros tantos millones que
por falta de cupo y oportunidades, o porque simplemente
está fuera de su horizonte social, jamás cursará una carrera
universitaria. Se dirá: ¿para qué estacionar a tanta gente
que al final no encontrará trabajo y que estudiará cosas
seguramente poco útiles? Se dirá: no vale la pena cuando
el país necesita manos ágiles y cerebros dóciles para
hacerlo progresar; un país que se perfila, desde hace
muchos años, como el lugar ideal de la maquila, la manufactura
mal pagada y la mano de obra barata.
La universidad, que en un inicio, con el nacimiento de
la Modernidad misma, se presentó como fuente de libertad
e igualdad entre los hombres, hoy cumple una función que
quizá siempre fue la suya: diferenciar, marcar por grado
y tipo de estudios y por la escuela de donde se venga.
Al mismo tiempo, más que impulsar la idea de una educación
para todos, jerarquiza y excluye, selecciona y conforma
élites ilustradas, muchas de ellas con pocas posibilidades
de enrolarse productivamente en el campo laboral. La lucha
por la educación gratuita no deja de ser válida, pero
más allá de esta necesidad de ámbito local, debería de
darse una discusión que ponga sobre la mesa el costo de
las universidades en el país y su relación con la realidad
económica del mismo y de sus diferentes entidades.
La UNAM, así como todas las instituciones de educación
superior públicas y privadas, no muestran más que las
mismas contradicciones que ostenta la universidad desde
su creación. La universidad moderna nunca pudo desprenderse
de su raíz premoderna, quizá nunca tuvo como fin la educación
para todos, ya que desde su creación fue un elemento jerarquizador
y accesible a unos cuantos.
Así, las universidades de hoy son, en muchos sentidos,
nuevos feudos que protegen por algunos años de la vida
precaria e insegura del exterior a sus beneficiarios y
que deja fuera a una mayoría que jamás podrá accesarla.
Fuentes: Catálogo de carreras 1998 ANUIES; Censo de población
1990.
* Maestra en Filosofía de la Ciencia,
Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa.