Análisis

LAS CONTRADICCIONES DE LA UNIVERSIDAD PUBLICA

La educación superior: entre la gratuidad y el feudo
María Luisa Bacarlett Pérez* Mayo 16 / 1999

La Edad Media ha pasado a la historia como una de las etapas más oscuras de Occidente. La vida tranquila sólo podía desarrollarse al interior del feudo; afuera, en el bosque, se tornaba insegura y frágil. No había, por tanto, mejor lugar para vivir que bajo el cobijo y la protección de algún señor feudal que, a pesar de su despotismo y paternalismo, brindaba alguna seguridad ante la vida sin ley tras la muralla. Las sociedades feudales eran, pues, un panorama surcado de islotes, de feudos amurallados y de extensas regiones boscosas habitadas por personajes tenebrosos, expulsados de la vida integrada que encerraba el castillo. El conocimiento no escapó a esta condición de encierro; fueron los conventos y las órdenes religiosas los únicos lugares donde el saber encontró espacio, quizá limitado, para su desarrollo.

La película El nombre de la rosa, basada en la novela de Umberto Eco, dibuja con inusitado realismo este estado de cosas: el convento como el único lugar donde, aparte del castillo, no sólo se podía comer bien, sino también como el único lugar donde las bibliotecas tenían derecho de existencia y donde podían dedicársele horas considerables a la lectura y al estudio. Es también el convento, con su vida monacal, el lugar donde toma forma esta división del tiempo organizada y sistemática para realizar ciertas actividades, que será tomada como modelo por un nuevo tipo de sociedad que vendría más tarde: la sociedad moderna. División del tiempo, repartición sistemática de las actividades en el mismo (tiempo para el ayuno, tiempo para el rezo, tiempo para la lectura, para comer, para dormir, etcétera) son algunas costumbres que la sociedad capitalista moderna tomará prestadas a la vida monacal para organizar su propio tiempo y, de paso, hacer de él un parámetro de productividad. Tal esquema no sólo fue retomado por la fábrica, la cárcel, el nosocomio y el ejército, en realidad trascendió a todos los ámbitos, desde la familia hasta la escuela.

Ahora bien, si en el Medioevo el acceso al conocimiento era privilegio de unos cuantos de los habitantes del monasterio y de aquellos pocos hijos de nobles que eran encomendados a algún religioso para su particular educación , con la aparición de las primeras universidades a fines de la Edad Media la instrucción ciertamente no se convirtió en algo a lo que todos tenían acceso, siguió siendo el coto de algunos cuantos privilegiados, aunque tuvo el beneficio de abandonar las murallas monacales. La Modernidad surge con el noble proyecto de enaltecer, por encima de todo, principios que pretendió universales, como la libertad, la igualdad y la autonomía de los individuos; esgrimió, a su vez, una serie de derechos que borraban las diferencias entre los hombres. La educación se presentó entonces como uno de esos derechos que tenía la finalidad de dotar a cualquier persona, independientemente de su origen social, de las herramientas indispensables para forjarse un porvenir, adquirir conocimientos y promover iguales condiciones para competir en la vida laboral y cotidiana. Caso paradójico, las primeras universidades modernas nacen con este noble fin, a saber un criterio igualador, pero al mismo tiempo como lugares de difícil acceso para cualquiera. En realidad, la imagen de la universidad pública es una creación reciente y de escasa tradición en buena parte de los países primermundistas.

En nuestro país, la UNAM es una institución que data de 1910 y que en sus inicios no fue concebida como una institución universitaria de naturaleza gratuita. Imágenes románticas como la de Juárez, que después de haber sido pastor de borregos llegó a ser presidente de la República, han contribuido a forjar este ideal del self-made mexicano que con pocos recursos, pero con mucha capacidad intelectual, llega a donde quiere. La realidad en estos tiempos es tristemente otra; para nadie es un secreto que presentarse a buscar trabajo con un título de la Universidad Autónoma de X es llevar algunos peldaños de desventaja contra quien ostenta orgulloso su título del Tec o de la Ibero.

Ofertadas para que usted "se coma al mundo", las nuevas universidades privadas se ajustan al espíritu de los tiempos, hacen gala de preparar a la gente dentro de los derroteros jugosos y rentables de lo que Weber llamaba la "racionalidad instrumental", el lugar del pensamiento práctico, útil y antiespeculatorio, con pocas posibilidades de conflictividad intelectual y garantizando decisiones automáticas, arregladas más hacia los fines que hacia los valores.

A la par de la proliferación de estos nuevos feudos del saber está el deseo ya añejo por desaparecer del mapa a una serie de carreras que sirven de muy poco (en términos de productividad económica) y, en cambio, sí absorben mucho presupuesto. Un adiós apresurado a las humanidades se dibuja en el horizonte sin saber de qué manera se podría emplear a todos aquellos que de ahora en adelante estudiarán computación, administración y economía.

Quizá la crisis de las humanidades se instala dentro de una crisis más profunda y más basta: la que tiene lugar en la universidad misma. En muchos sentidos, la universidad no ha dejado de ser un feudo, y si hacemos caso a lo que nos dice Umberto Eco, en La nueva Edad Media, este proceso no sería único ni privativo de ella; de hecho, todo estaría en un proceso de feudalización en el que los hogares, las empresas y las oficinas se amurallan como forma de aislamiento ante un exterior inseguro y precario. Las universidades, las públicas y las privadas, no sólo se amurallan físicamente, quizá lo más importante es el proceso de exclusión que llevan a cabo, la selección entre aquellos que pueden accesarlas y aquellos que no y que tendrán que vivir fuera de ellas buscando otros recintos o simplemente intentando sobrevivir en la precariedad del afuera. Privilegio para unos cuantos que, si bien se conforman como élite ilustrada, no por ello tienen garantizada la supervivencia ni una vida laboral segura. La UNAM no es ajena a este proceso, si bien tiene entre sus principales ideales el lograr una educación para todos y, apegándose a sus fuentes modernas, lograr ser una vía de supresión de diferencias, la máxima casa de estudios no sólo nunca ha sido gratuita, tampoco ha sido el lugar donde todos puedan estudiar independientemente de su situación económica, social o cultural. Es paradójico esperar que la UNAM pueda ser gratuita cuando en realidad nunca lo ha sido: ya en 1936 un semestre de licenciatura costaba 37.5 salarios mínimos, en 1948 era de 22.5, mientras que en 1961 fue de 7.5 (salarios mínimos correspondientes al año en cuestión).

Dando por descontado universidades bien amuralladas y con finos mecanismos de selección-exclusión (la mayoría de ellos de tipo económico), que pueden cobrar por un semestre de 24 a 26 mil pesos semestrales en licenciatura como es el ITESM o la Universidad Anáhuac, en nuestro país habría universidades públicas que, lejos de cobrar veinte centavos, llegan a los 2,300 pesos en el caso de la Autónoma de Aguascalientes y 1,332 en la de Chihuahua. Teniendo en cuenta que la primera se encuentra en el área geográfica C, donde se pagan los salarios mínimos más bajos del país (29.70 pesos), su costo en salarios mínimos sería de 77.44 semestrales; mientras que para la segunda, ubicada en el área geográfica A, donde se pagan los salarios mínimos más altos (34.45), su costo equivaldría a 38.66 salarios mínimos. No dejan de ser interesantes los casos de la Autónoma de Guadalajara y la de Guerrero, que estando en dos entidades dramáticamente distintas, son al mismo tiempo las dos universidades más baratas del país: 40 y 20 pesos respectivamente, es decir, 1.25 salarios mínimos para la primera y 0.84 para la segunda. Un caso igual de paradójico es el de la Autónoma de Chiapas, que a pesar de estar en uno de los estados más pobres del país cobra 315 pesos un semestre, 275 más que lo que cobra la de Guadalajara.

La decisión de elevar las cuotas en la UNAM a 20 salarios mínimos para la licenciatura ha sido sin duda un acto arbitrario y mal ejemplo de consulta y diálogo por parte de las autoridades universitarias; la decisión de los estudiantes de irse a huelga reclamando la gratuidad de la educación no carece de motivos; pero a este debate debiera precederle uno en el que se discutieran los costos de la universidad pública en México y su relación con la situación económica nacional. No deja de ser desconcertante que en las entidades federativas más golpeadas por la pobreza la educación sea más cara que en las ciudades más prósperas del país, una especie de revisión de los costos de la universidad pública a nivel nacional se torna urgente ante la poca correspondencia que existe entre dicho costo y las condiciones económicas y sociales de las diferentes regiones del país.

La poca correspondencia entre uno y otro factor no hace más que profundizar la brecha entre quienes pueden ir a la universidad y aquellos que no, construyendo grandes feudos que sólo cobijan a los que pueden saltar la muralla. Esta necesidad se hace más apremiante en tanto los diferentes costos de las universidades públicas se instalan en un país donde la mayor parte de su población ocupada no gana más de dos salarios mínimos. Así, una familia de Aguascalientes que intentara mandar a uno de sus hijos a la UAA y que percibe dos salarios mínimos, tendría que invertir 20 por ciento de su ingreso diario (sin contar cuadernos, pasajes y libros) y sobrevivir con 48 pesos al día, lo que hace poco probable que su hijo pueda convertirse en universitario. En muchos sentidos, la universidad sigue siendo un coto vedado para la mayor parte de los mexicanos, y más concretamente para la mayor parte de la población ocupada (63.22 por ciento) que no gana más de dos salarios mínimos. Así, el proyecto que impulsaba una educación para todos ha sido un fracaso. La educación, y sobre todo la superior, es un espacio al que pueden llegar unos pocos, que no sólo cuentan con las posibilidades académicas para hacerlo, sino que también reúnen una serie de requisitos económicos, históricos y sociales. Sigue siendo una pequeña minoría la que puede acceder a las aulas universitarias, y una élite aún más pequeña la que puede estudiar posgrados y especializaciones.

A la masa de 40 millones de pobres que el gobierno reconoce en el país, habría que sumarle otros tantos millones que por falta de cupo y oportunidades, o porque simplemente está fuera de su horizonte social, jamás cursará una carrera universitaria. Se dirá: ¿para qué estacionar a tanta gente que al final no encontrará trabajo y que estudiará cosas seguramente poco útiles? Se dirá: no vale la pena cuando el país necesita manos ágiles y cerebros dóciles para hacerlo progresar; un país que se perfila, desde hace muchos años, como el lugar ideal de la maquila, la manufactura mal pagada y la mano de obra barata.

La universidad, que en un inicio, con el nacimiento de la Modernidad misma, se presentó como fuente de libertad e igualdad entre los hombres, hoy cumple una función que quizá siempre fue la suya: diferenciar, marcar por grado y tipo de estudios y por la escuela de donde se venga. Al mismo tiempo, más que impulsar la idea de una educación para todos, jerarquiza y excluye, selecciona y conforma élites ilustradas, muchas de ellas con pocas posibilidades de enrolarse productivamente en el campo laboral. La lucha por la educación gratuita no deja de ser válida, pero más allá de esta necesidad de ámbito local, debería de darse una discusión que ponga sobre la mesa el costo de las universidades en el país y su relación con la realidad económica del mismo y de sus diferentes entidades.

La UNAM, así como todas las instituciones de educación superior públicas y privadas, no muestran más que las mismas contradicciones que ostenta la universidad desde su creación. La universidad moderna nunca pudo desprenderse de su raíz premoderna, quizá nunca tuvo como fin la educación para todos, ya que desde su creación fue un elemento jerarquizador y accesible a unos cuantos.

Así, las universidades de hoy son, en muchos sentidos, nuevos feudos que protegen por algunos años de la vida precaria e insegura del exterior a sus beneficiarios y que deja fuera a una mayoría que jamás podrá accesarla.

Fuentes: Catálogo de carreras 1998 ANUIES; Censo de población 1990.

* Maestra en Filosofía de la Ciencia, Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa.